Amanecer Comechingones - Junio 2013

Era la primera vez que yo corría esta carrera organizada por Daniel Estefanía en El Durazno, diminuta localidad cordobesa próxima a Yacanto de la cual está a unos siete km por camino de ripio. Yacanto está sobre la ruta asfaltada. Yacanto, o Yacanto de Calamuchita –tal su nombre completo- no debe ser confundido con San Javier y Yacanto, localidad también cordobesa pero que está ubicada al oeste de las sierras de los Comechingones. En San Javier y Yacanto es que suele tener sede una carrera que he corrido en todas sus ediciones, la Half Mision organizada por “Guri” Aznares. La zona y la sierra toman el nombre “Comechingones” de un pueblo autóctono que habitaba esta región. En Wikipedia hay dos versiones sobre de donde viene el término “comechingón” pero ninguna de ambas tiene que ver con comer ninguna cosa. El chingón no es un fruto ni alimento, dicho en otras palabras. Pero yo en mi desvarío fantasioso, siempre me cuento que el Comechingón es como un Yeti pero de estas sierras y que “Chingón” es “hombre blanco” en cordobés. Por lo que, le digo a la gente, es peligroso salir a caminar por la sierra porque el Comechingón te puede devorar.
Llegamos con Carina Ottaviano, mi pareja pero que no corre solo me acompaña y me apoya que no es poco, en micro el viernes por la mañana. La carrera era el sábado. Primer error, porque aunque el servicio que adquirimos era el mejor posible, no es cama full y por tanto no dormí bien, cuando como todo corredor sábado, la noche -2, o sea la segunda previa es la más importante en lo que respecta a dormir adecuadamente. Si en la última no se goza de un notable sueño, vaya, no es lo ideal pero se sobrevive. La penúltima es lo fundamental. Segundo error fue no haber ido en auto a un lugar tan apartado del mundo civilizado. El micro que nos llevaba desde Buenos Aires –en el que también viajaba Dasha Jomich, que corría la distancia de 63 km (Se corrían todas estas distancias: 7, 15, 28, 42 y 63 km) nos dejó en Santa Rosa de Calamuchita, de ahí hubo que esperar dos horas a que un micro local nos llevara a Yacanto y de ahí tomar un taxi a nuestra posada que quedaba a cuatro km del centro de Yacanto. Estábamos aislados del mundo y solo nos salvaría de la debacle la amabilidad de dos colegas amigos, Douglas y Pachi, como ya se irá enterando Ud. estimado lector y seguidor fiel de mis andanzas por los senderos del mundo, a medida que estas líneas vayan progresando.
En el mismo grupo de cabañas donde nos alojábamos nosotros, sabíamos que estarían Pablo Lapaz, Jorge Xavier, ambos viejos amigos míos de varias carreras. Junto con ellos Carlos Douglas Hernández, Alejandro "Highlander" Scuoteguazza (¡este sí que parecía el Comechingón!), Víctor Trillas, Ruben Beledo y Sebastián ”Estebita” Paulós, joven colega y debutante en los 42 km, todos uruguayos venidos especialmente para esta carrera. Pero los celulares no tenían adecuada cobertura y no nos podíamos llamar. Arrancamos con Carina hacia el pueblo a pie, y por supuesto el primer vehículo que pasó, un amable señor local, nos dio un aventón como dirían los mexicanos o un ride como dirían los americanos.
Disfrutábamos de un almuerzo bajo el sol cordobés en el centro de Yacanto cuando pudimos hacer uso de la tecnología y llamar a mis compatriotas, que generosos y raudos, sabiendo que no tenía yo auto y aunque ellos ya habían ido a El Durazno a retirar su kit, volvieron solamente para que yo retirara el mío. Luego de eso y antes de dejarnos en nuestra posada, nos llevaron a un almacén a comprar vituallas para no tener que salir ni a cenar ni a desayunar todo lo cual era imposible sin auto. Cuando le agradecimos el gran favor a Carlos Douglas, que era el dueño del auto y quien nos hizo de chofer, Douglas me dijo: “Vos no recordás, pero vos me hiciste a mí un favor mucho mayor”. Douglas estaba magnificando sobremanera una simple gauchada mía, que no había consistido más que en enviar un mail a alguien, nada comparable a llevarme a El Durazno por un difícil camino de ripio con muchísimo desnivel. Pero prueba de que en nuestra comunidad corredora, todo el mundo está siempre dispuesto a ayudar a un colega en aquello en que le sea posible y siempre terminará recibiendo ese favor de vuelta, de otro corredor, en otra circunstancia. Así es esta tribu de solidaria y esta es una de las razones más fuertes para transformarse en atleta: disfrutar de lo bueno del ser humano antes de que la desconfianza y la inseguridad nos tornaran bichos hostiles.
Nueva casualidad, nos encontramos con Francisco “Pachi” Somoza y Carina Wainstein, su mujer, en el almacén. Al igual que con los uruguayos, no funcionó el celular pero funcionó el azar. Increíble. Como Pachi y Carina corrían como yo, 42 km, distancia cuya partida era a las 7 de la mañana, al día siguiente nos fuimos con ellos. Es claro que los uruguayos se ofrecieron a llevarnos, pero ellos corrían 63 km (todos menos Estebita que como dije corría los 42) y comenzaban a las 6, por lo que ir con ellos implicaba dormir una hora menos.
Carina (la de Pachi, no la mía, no compartimos pareja, somos tipos serios, ché) corría por primera vez 42 km –ya había corrido 21- y Pachi corría esta vez junto a ella, por lo que fueron tranqui. Yo corro UTMB en 70 días por lo que decidí correr sin matarme. No tenía tabla de tiempos, porque la organización no me envió los datos para hacerla (ya haré evaluación de la organización más adelante) por lo que carecía de algo básico para mí, lo que yo llamo PCT (Process Control Tool). Pero bueno, me dije, muchos años corriste sin PCT ni GPS ni nada Berni y todo bien, vermouth with french fries, como diría Tato y “vamo palante” como diría el bolivariano.
Me habían pintado el circuito como guaaaau en lo que concierne al paisaje. Pues déjeme que le diga que sí, que es bonito, pero ni más ni menos que lo es el paisaje al otro lado de la sierra de los Comechingones o sea en San Javier Yacanto y tanto como lo es en Salta, Jujuy o la Patagonia –tal vez menos que en el Norte o la Patagonia-. A mí me había parecido inútil largar tan temprano cuando la mayoría estábamos alojados tan lejos –la capacidad “hotelera” de El Durazno es una posada y media docena de cabañas, tomadas todas con meses de anticipación. Para que se haga Ud. una idea, amable y paciente lector (si será paciente Ud. que solo quiere saber quiénes corrieron y cómo nos fue y yo le doy vueltas dos o tres páginas antes de ir al grano) en El Durazno no hay corriente eléctrica, o mejor dicho, conexión a la red nacional (corriente hay, porque cuando se prenden los generadores circulan electrones, vio). Pero a la hora de largar la carrera, cuando ya podíamos apagar las linternas de cabeza y sobre los filos de las primeras sierras explotaban los rojos y carmines que son como la vanguardia del sol, que los sigue minutos después, entendí por qué Estefanía larga la carrera antes del amanecer, sin estricta necesidad técnica: para que disfrutemos de esa luz de amanecer, tan amada por los fotógrafos y toda persona sensible. Decisión plenamente justificada. El tiempo no pudo acompañar más: fresco pero jamás frío, ni siquiera a la largada, sin sol rajante ni lluvia ni viento.
Yo venía tranqui y disfrutando de la vida hasta el km 30 en que atravesamos un bosque lleno de troncos de árboles derribados por un reciente tornado. Iba caminando y me hinchaba los testículos, los huevos, los cataplines o los cojones, eso de pasar un árbol por abajo, saltar el segundo y sentarse arriba del tercero para sortear el obstáculo que cada uno imponía. Así que MOY (Mi Otro Yo), que como Ud. sabe es el Comandante en Jefe del PEL (Pequeño Ejército Loco) en el que yo tengo el orgullo de revistar con grado de Coronel, se me acerca y me dice: “Mira tío, o te pones a correr o esta tortura no se acabará en horas, pues faltan 13 km”. Así que subí un cambio y salí del bosque. A poco me enganché con Fernando, un corredor rosarino con quien corrimos juntos toda la distancia restante, y lo hicimos muy bien, alternando algo de caminata con trote corto como hicimos con Guillermo Sivori en Sables o con Sebastián Castaño y Rodrigo Gerardin en Patagonia Run.
Terminé en 6.38.13 (40 / 96 en la general) y como teníamos que esperar a Pachi y Carina un tiempo que yo sabía sería de algunas horas, me dediqué a hacer tres cosas que amo en la vida: disfrutar de la compañía de Carina (la mía), charlar con mil corredores y comer. Hablando de Sebastián Castaño, me lo crucé en ese rato, le metió 6.18 a los 42 km corriendo con su hermano. Pensar que en Patagonia Run corrió como nosotros y hoy lo hace ya mucho mejor que yo. Así pasa con los corredores más jóvenes que uno, hay que asumir, qué se le “vasé”. Pero a mí me cuesta. Yo no quiero que me gane nadie, ni jóvenes ni veteranos, ni conocidos ni desconocidos.
Gustavo Tosco, con quien corrí una vez la Half Mision, corría los 63 km (que fueron en realidad 56 km) y lo hizo como siempre apoyando con su esfuerzo la tarea comunitaria del Banco de Alimentos. En esta ocasión juntó más de 4500 litros de leche para que esa entidad pueda distribuir entre los necesitados. Uno de los muchos que le donó litros de leche a Gustavo fue uno de los corredores mencionados en estas líneas. Pero es claro que no daré su nombre porque sé que no le gustaría. Gustavo Tosco se crió de niño exactamente en estas sierras por lo que la conoce como nadie y tiene con ellas una relación muy entrañable. Un primo suyo está enterrado a metros de donde se largó la carrera.
Pablo Lapaz y Ruben Beledo llegaron casi juntos en espectaculares 8.54 para los 63 km (56)-. Fue el mejor tiempo en esa distancia de todos mis conocidos. Ruben entró quinto y con ello hizo podio en su categoría (los podios son de cinco aquí). Notable carrera hizo también Juan Cazarre en 42 km, con poco más de 6.02, lo que le permitió salir cuarto en su categoría (45-49). Cuál no sería mi sorpresa al enterarme que yo había ganado en la mía, que era 50+, no 55-59. Esto le da un poquito más de mérito, pues no era el menor de la categoría como hubiera sido el caso con una definición de categoría típica de carrera de calle (55-59). Es la primera vez que gano una carrera. He salido segundo y tercero varias veces pero nunca primero. Claro que no hay que agrandar la cosa tampoco: había solo 13 personas en mi categoría y el segundo estuvo a apenas 4 min de mi tiempo. El tercero, a solo 2 min del segundo, o sea, fue más un triple empate que una victoria mía clara o indiscutible.  Pachi y Carina llegaron sobre el final de la carrera de 42 km lo que era previsible pues como dije Carina corría la distancia en montaña por primera vez. Y felizmente, al igual que todos mis amigos, llegaron enteros y en una pieza.
Ud. sabe cómo son los corredores de parcos. En la ceremonia de premiación subieron al palco decenas (hay como diez categorías por distancia, cada una tiene un podio de cinco personas, y se duplican para hombres y mujeres). Ninguno dijo una palabra. No es el caso de este servidor que donde ve un escenario y un micrófono está haciendo payasadas y discursos como si fuera político en campaña. Muchos tienen miedo escénico, yo por el contrario amo el subir a un escenario frente a un público, cualquiera que sea. Me di el gusto de hacer un discursito que tenía pensado desde hace no menos de diez años, pero que nunca pude hacer porque nunca había salido primero ni tenido al segundo tan cerca, circunstancias imprescindibles para que la línea argumental del discurso tuviera lógica y sentido. ¿Que qué dije? Ahhh, no. Eso es otro precio. Para saberlo tendría que haber estado allí. Hay cosas que quedan para los que a los hechos han asistido de cuerpo presente.
Al día siguiente, ya partiendo –volvimos en el auto de Pachi a Buenos Aires, no en micro- nos encontramos en la puerta de la posada, en donde esperábamos que Pachi nos pasara a buscar con su auto, con Roberto Fúsaro, gran corredor y amigo cuya trayectoria atlética es de tal magnitud que si me pongo a contarla esto no toma tres páginas sino treinta. Había corrido los 56 km en 9.09.
Vamos finalmente a evaluar la organización: Daniel Estefanía es un corredor muy bueno –corrió “conmigo” la edición 2012 del UTMB- además de entrenador de corredores (coordina el Endurance Team) en su provincia, Córdoba. Afable, siempre está dispuesto a contestar cualquier duda de un corredor, cliente o colega en buen tono. La carrera de 42 km (2600 m DVA) tenía tres puestos de abastecimiento, lo que hace uno cada menos de 12 km que es lo máximo razonable que se puede pedir. En el puesto del medio había torta fritas, mate cocido (no boludo, ni uno ni otro estaban calientes, ¿Qué te crees que es esto, un Mediterranee?) y agua, en los otros dos manzanas, bananas, naranjas, frutas secas agua y barras de cereales. Nada para quejarse aunque si uno compara con Patagonia Run, queda muy corto y atrás, pero no por falencia de Estefanía sino porque Patagonia Run puso en la Argentina el listón muy arriba, a la altura del UTMB en calidad de puestos de abastecimiento, un nivel desconocido en el país. Patagonia Run es organizada por TMX, un grupo de corredores serios que organizaron la primera edición del The North Face (TNF) Challenge en Argentina. TNF es también quien patrocina el UTMB. Si bien TNF ahora pasó la organización de su carrera al Club de Corredores, TMX se quedó con el estándar de calidad que exige TNF y lo sigue aplicando. Esa es la razón por la que Patagonia Run y UTMB son como son: es el nivel que TNF exige a quien le organiza una carrera. Comparo Amanecer Comechingones con Patagonia Run y no con el Columbia Cruce de los Andes, que también está al nivel de la mejor organización posible, porque el Cruce es multietapa y esto la hace “competir” en otra liga. Sus requerimientos logísticos son infinitamente mayores y simplemente no pueden compararse con carreras de una etapa. Al cruce hay que compararlo con Sables, Racing the Planet o la Transalpina.
Tampoco había en Amanecer Comechingones la cantidad de personas de la organización que había en Patagonia Run, útiles en caso de un accidente. Ni había posta médica siquiera en la salida / llegada (si la había ni yo ni mis amigos la vimos y suele ser algo muy evidente). Finalmente, no me mandaron el track con lo que no pude hacer tabla de tiempos. El Club de Corredores o TMX siempre me lo mandan. La tabla de tiempos que yo hago con el Track (o la “data” altimétrica, que es lo mismo a estos efectos) no solo me sirve a mí, la usan muchos colegas pues tiene un mecanismo de adaptación al ritmo de cada uno. Y funciona. Y un detalle final: faltando días dijeron que la distancia exacta de la versión de 42 serían 43,5. Fueron 41,9 porque a último momento hicieron un pequeño recorte del que no avisaron. A mí esas cosas me parece que habría que evitarlas. Si hay que hacer una modificación, pues se avisa por mail a todos los corredores, caso contrario uno corre con una idea equivocada. Esto en modo alguno quiere decir que estuvo mal organizada, solo que tiene “room for improvement” (margen para mejorar). Yo la volvería a correr y no diría esto si me hubiera parecido mal organizada. Pero eso sí, si uno la va a correr hay que quedarse en El Durazno (lo que implica realizar las reservas cuatro o cinco meses antes de la carrera) e ir con auto. Inviable ir en micro.

La Misión 12 de diciembre 2012

Sediento, dolorido, hambriento, reventado,
con ampollas enormes maldecir su suerte.
Sentirse solo, vital, difunto, fuerte,
lesionado, valeroso, orgulloso y acabado.

Hallar en La Misión la propia senda,
sentir que nunca estuvo uno más vivo.
Tocar la gloria, beber leyenda,
sentirse satisfecho, saberse un obsesivo.

No darse por vencido ante un calambre
Olvidar lo sensato, amar el daño.
De toda caída levantarse.

Creer que la vida en la carrera cabe
Dejar el chupi, los choris, la manada.
Ser misionero es esto. Quien lo probó lo sabe.

Estos versos que escribí para una edición anterior de La Misión continúan plenamente vigentes. La décima edición de esta competencia, una de las más duras de la Argentina si no la más dura, volvió este año a Villa La Angostura,(800 msnm en adelante VLA) sur de la provincia de Neuquén, Patagonia Argentina. “la villa”, como se la conoce en forma abreviada, está sobre la orilla norte del lago Nahuel Huapi, en cuya orilla sur está ubicada la más conocida internacionalmente ciudad de Bariloche.
VLA sufrió mucho los últimos 18 meses, a consecuencia de la erupción del volcán Puyehue, en junio de 2011. El Puyehue queda al otro lado de la frontera, en territorio chileno, y la villa fue la ciudad Argentina más afectada. Toneladas de ceniza volcánica se abatieron durante semanas y meses sobre sus calles, su gente, sus techos y sus autos. Todo era gris, todo quedó enterrado.  La foto adjunta muestra cómo estaba la esquina céntrica de VLA.
Muchos no tuvieron la espalda económica para aguantar y abandonaron la localidad. Los lugareños se abocaron durante todo este tiempo a limpiar y limpiar y hoy la villa luce espléndidamente, pues la ceniza ha terminado siendo una suerte de fertilizante que ha potenciado la vegetación, haciéndola explotar en una fiesta de verdes, amarillos y violetas.
La carrera es lo que se llama una ultramaratón de montaña. Consta de unos 155 km y unos 7550 mt de desnivel vertical acumulado (DVA). Comenzó el miércoles 12 de diciembre al mediodía (o sea el 12-12-12- a las 12). El pronóstico del tiempo era muy malo los días previos pero mejoró mucho faltando pocas horas para el comienzo de la competencia y no terminó por suerte siendo un inconveniente serio.
Corrí toda la carrera, desde la línea de largada a la de llegada con Claudio Rosso y Sergio Moya. Yo lo había conocido en serio a Sergio el La Misión 2011, cuando nos hicimos amigos. Hasta entonces era solo un nombre más en una lista de distribución. Esto mismo pasó con Claudio este año. La relación que se establece en dos o tres días de total convivencia en la montaña genera un vínculo muy sólido. El primer obstáculo o cerro fue el Bayo (1750 msnm en la cumbre, aunque no hicimos cumbre, llegamos cerca pero no a la cumbre), que pasamos en horas de la tarde. Mucho viento y frío, pero tolerable. A la noche llegamos al segundo cerro, el O´Connors (1870 msnm). Este fue muy duro, con nevisca, viento y muy baja temperatura. La carrera estaba muy señalizada, tal vez haya sido –y sin tal vez- la más señalizada que he corrido en mi vida. Este es otro cambio importante que ha tenido esta competencia y que no a todos agrada por igual. Pasó de ser una carrera de orientación a una del tipo “tubing”, o sea, unas en la que se entra en una punta y se sale en la otra sin posibilidad alguna de extraviarse, algo que siempre ocurría inexorablemente al menos una vez durante la carrera. Uno normalmente considera que una carrera está muy  bien señalizada si estando en una marca, puede divisar la siguiente. Esto ya es 100 % señalización. Pues en esta carrera yo llegué a contabilizar siete marcas observables desde aquella en la que estaba parado, o sea, muchísimas. La Misión espira a posicionarse como la carrera hermana del Ultra Trail del Monte Blanco, su versión sudamericana. Por eso la eliminación de la orientación y el agregado de cantinas de las que luego hablaremos.
Pese a esto, nosotros tres nos perdimos en la cumbre del O´Connors. Y cometimos un error tremendo, que pudo habernos costado muy caro: no dejamos a nadie –éramos una docena de corredores extraviados juntos- quieto, parado, en la última señal encontrada. Esto hizo que a las tres de la madrugada y con frío tremendo deambuláramos sin rumbo por la montaña con el riesgo de hipotermia que esto implica. Pero de alguna manera alguien divisó una señal y retomamos el camino. (las señales son reflectivas, se ven de noche). Durante el tiempo en que estuvimos perdido yo me caí aparatosamente llevándome puesto (argentinismo por “arrastrar en la caída”) a otro colega. Sergio temió lo peor, me contaría luego, perdidos y con un fracturado. Pero mi cuerpo ya es de goma y no pasó nada, aparte del papelón, claro, y el obligado pedido de disculpas al colega.
Algo más ocurrió en el O´Connors. Antes de iniciar el ascenso hay un puesto de control, donde había fuego y donde muchos dormían. Nosotros nos alejamos del fuego para evitar el efecto “aburguesamiento” que el confort produce. Pero como subir de noche solo una montaña como esa es complicado, los representantes de la organización allí presentes juntaban a los corredores solos con algún grupo antes de iniciar la subida. A nosotros nos “adjudicaron” a uno, de nombre Ariel, a quien extraviamos en el ascenso. Se imaginará Ud. el enorme complejo de culpa que nos agarró a los tres. Por suerte, nos lo encontramos más adelante en la carrera, sano y salvo. Este párrafo le permitirá a Ud. amigo lector, valorar cabalmente lo que paso a contarle: dos corredoras y amigas, Ximena Bertie y María Belen Rodriguez atravesaron el O´Connors solas. Entiéndame bien, cada una por su cuenta, en total soledad. Cojones, tío, que tienen algunas mujeres, que son capaces de hacer lo que yo no osaría.
Yo debo confesarlo algo de mi vida privada para que Ud. entienda cabalmente lo que sigue. Yo duermo de 21.30 a 6.00 todas las noches, prácticamente sin excepción. En vacaciones llego a dormir 10 hs non stop. Mis dos amigos, Claudio y Sergio duermen menos y por tanto querían aprovechar esa condición para ganar tiempo no durmiendo en dos ocasiones como yo hice el año pasado y como hace una gran cantidad de corredores, sino solo una vez. Esto implicaba pasar de largo la primera noche. Separarme de tan buenos compinches hubiera sido un enorme error por lo que me propuse dominar la somnolencia. Ud. no se hace una idea de cuan dura fue la batalla contra las ganas de dormir, batalla que libré desde las 21.00 hasta aproximadamente las 6.00 del día siguiente. Pero lo logré. Yo nunca había pasado más de 24 hs corriendo sin dormir. Y precisaba superar esa marca si quería volver al Ultra Trail del Monte Blanco (UTMB), como pienso hacer en agosto, pues en esa carrera uno debe correr 40 hs sin dormir. Claudio y Sergio me permitieron descubrir que sí, que puedo hacerlo y es una de las muchas cosas que tengo para agradecerles. Así como que se hayan bancado el paso atontado, titubeante que yo tenía cuando el malvado diablillo del sueño parecía que iba a vencer la batalla.
A las  5.30 de la mañana del jueves 13 llegamos a la primera de las dos cantinas que hay en la carrera. En estas cantinas le venden a uno hamburguesas –que no compramos- y le entregan una pequeña bolsa con comida que uno se haya mandado a sí mismo. Yo tenía allí frutas, comida liofilizada, barras, geles, Gatorade en polvo, jugo de naranja y alguna cosa más. Comimos eso, tomamos unos cafés y seguimos sin dormir. Amanecía para entonces y allí me vino lo que sería mi último ataque de sueño. Le dije a Claudio y Sergio que lamentablemente iba a tirar mis huesos en una parada de colectivo –en ese tramo se andaba por carretera asfaltada- pues no daba más. Al momento de ingresar a la parada cambié de idea y seguimos juntos, supongo que porque el angelito sensato que todos llevamos dentro consiguió convencerme.
Al final de esta jornada encaramos el cerro Piedritas (1800 msnm), donde las condiciones meteorológicas no eran malas en lo que respecta a temperatura o lluvia –no hacía frío ni llovía- pero donde el viento era muy fuerte, con rachas que podían voltearlo a uno si no usaba adecuadamente los bastones para fijarse al suelo com cuadrúpedo. Estimo que tenían 100 km/hr sin exagerar. Recién al otro lado del Piedritas encendimos nuestras linternas, y ya  se veía el hermoso lago Traful cuya orilla estaba la segunda cantina. En esta sí paramos a dormir. Aquí cometimos el segundo gran error (el primero fue el extravío en el O´Connors). Dormimos 3.5 hs lo que no está mal ni es exagerado en demasía (2.5 también hubieran estado ok) pero nos detuvimos un total de 6 hs lo que significa que pusimos 2.5 hs para cenar antes de dormir y desayunar luego de levantarnos. Demasiado tiempo, todo eso se puede hacer en una hora.
En todo momento, usando los datos de la tabla impresa de tiempos que llevaba Sergio y la información de mi GPS así como la unidad de procesamiento de mi marote, yo calculaba la distancia recorrida y la faltante al próximo destino, y les informaba el “ETA” (Estimated time of arrival) a donde fuera que estuviéramos apuntando en ese momento. Ocupar la cabeza haciendo cuentas es un pasatiempo que suelo usar.
En la cantina de Traful se produjo una situación que luego se repetiría en la calle en VLA y en el hotel donde me alojo. Desconocidos se me acercaron para agradecerme lo que –decían ellos, me cuesta creer sea cierto- habían aprendido de mis mails sobre temas de carreras de aventura. También encontramos varios corredores también ignotos para nosotros, usando la planilla de tiempos que preparamos con Sergio Moya. Para qué le voy a mentir, todo esto fue una caricia a la autoestima y una sensación de satisfacción difícil de describir en palabras.
Partimos de Villa Traful en la tercera y última jornada. Aquí lo destacable fueron los interminables cruces de río de agua fría que tuvimos, que entumecían los pies, y cerca del final el ascenso al cerro Buol (1800 msnm), en cuya cumbre había un filo muy castigado por viento y nevisca. Yo había olvidado mis guantes de montaña en la cantina de Traful,-luego los recuperé- por lo que la travesía por el filo del Buol pintaba mal. Surgió allí la generosidad de Claudio que me prestó sus guantes finos –él como otros corredores lleva dos pares, uno de sky grueso y otro más fino para ponerse debajo de los anteriores- Él me dijo que eran sus guantes de back up, pero en realidad eran parte de su equipamiento de protección contra el frío que generosamente cedió para disminuir el frio que iban a enfrentar mis manos.
Al otro lado descendimos al Cajón Negro que conduce a la ciudad de VLA, donde llegamos luego de 52.22 hs. Poco antes de llegar comenzó a llover, algo que no nos afectó para nada a nosotros tres. Pero esa lluvia fue tormenta en la montaña y muchos estaban allí aún. Esos la pasaron peor, pero nosotros no tuvimos condiciones meteorológicas terribles. Mi equipo siendo uno de los más livianos de la carrera, si no el más liviano, respondió magníficamente bien, nunca pasé frío serio, nada que me pusiera en riesgo de hipotermia. La mochila, la linterna, la bolsa, todo fue de diez. The perfect gear como me gusta llamarlo a mí. Llegamos en la posición 122 de 377 corredores que partieron (32 percentile) y en la posición 11 de 57 en la categoría (19 percentile). Abandonaron 113 corredores (30 %)
Los podios de las categorías así como los dos generales, tuvieron esta vez una nutrida presencia de extranjeros, síntoma de que la carrera está ganando presencia en el mundo. Norberto Gonzalez, amigo de muchos de nosotros, se convirtió en el único septuagenario en haber completado esta carrera (tiene 71 años, ya la había completado el año pasado). Entre los resultados de mis amigos más cercanos, el más notable fue el de Eduardo Arroyo, que se metió entre los de elite, terminando en la posición 24 de la general con 34 hs. La  mejora de Eduardo respecto del año pasado es tan tremenda que francamente no creo tenga paralelo en ningún otro corredor.
Faltando unos 50 mt para nuestro arribo a la línea de llegada tomamos una pose adecuada para que las fotos salieran lindas, algo que los fotógrafos notaron y por lo cual nos sacaron decenas de fotos. Entre ellas hay, claro, varias de los tres llegando orgullosos al fin de la odisea. Pero yo no elegí ninguna de esas fotos para concluir estas líneas sino la que sigue. Porque esas fotos hablan de gloria. Esta que incluyo, en cambio, habla de equipo.

Raid de los Andes 10 de mayo 2013

Raid. (Del ingl. raid).
1. m. Prueba deportiva en la que los participantes miden su resistencia y la de los vehículos o animales con los que participan recorriendo largas distancias.
2. m. Incursión militar, generalmente aérea.

Esto dice el diccionario de la Real Academia Española como definición de “raid”. Una excelente elección de vocablo la que hizo el Club de Corredores porque la competencia cabe perfectamente en la primera acepción.
Esta carrera tuvo su primera edición en 2012 y ya entonces el paisaje y la cultura de los lugares donde tiene lugar me atrajo mucho, pero no pude participar ese año pues exactamente esos días estaba corriendo la Maratón des Sables en Marruecos.
Así que este año no quise perdérmela. Esencialmente consta de tres etapas con un total de 60 km. Dos etapas tienen lugar en la provincia de Jujuy y en 2012 la tercera se corrió en Salta. En este año 2013 tuvo lugar en el mágico San Pedro de Atacama, Puna de Atacama, o sea, Chile. Toda la región que va de Salta a la Quiaca forma parte de ese enorme plateau sudamericano que se conoce como Altiplano en Bolivia, Puna en Argentina y Puna de Atacama en Chile. El clima es desértico aunque con importantes variaciones dentro de esa enorme geografía. La cultura con fuertes huellas aymarás, el pueblo originario de las orillas del Titicaca.
Es importante comparar las etapas del año pasado con las de este año, por motivos que se irán comprendiendo al avanzar la narración. En 2012 la primera etapa fue en la provincia de Salta. Este año la primera fue en Jujuy, de Tumbaya a Purmamarca. Esta etapa resultó ser la que fue segunda el año pasado. En 2012 la tercera y última fue la de Salinas Grandes que este año fue segunda. Finalmente, la tercera en 2013 tuvo lugar como ya he comentado, en el norte chileno, cerca de Chuquicamata, mayor mina de cobre a cielo abierto del mundo.
Llegamos con Carina que me acompañó todo a lo largo de esta aventura pese a que ella no corrió, a Jujuy algunos días antes de la carrera pues ella es jujeña y quería aprovechar para ver familia. Luego nos dirigimos a Purmamarca donde tiene lugar la acreditación. Un día fuimos a pasear a la localidad de Tilcara, a una media hora de ómnibus al norte de Purmamarca y donde se puede visitar el famoso Pucará de Tilcara. El Pucará es una especie de versión modesta de Macchu Picchu, o sea, restos de una ciudad ya hace mucho deshabitada. A principios del siglo XX dos arqueólogos locales la restauraron con no demasiados errores, errores que hoy es fácil ver pero que por entonces no eran en absoluto evidentes. Pero el horror lo hicieron unos burócratas una vez fallecidos los arqueólogos. Para homenajear a ambos, construyeron una pirámide trunca de piedras y cemento, todo lo cual no tiene nada que ver con la arquitectura que realizaban las personas que allí vivían quienes nunca crearon ni conocieron estructuras piramidales y menos, conocieron el cemento. Los arqueólogos, pensaba yo, deben estar “remuriéndose” de ira por el absurdo homenajes que se les hizo alterando una ruina por ellos reconstruida con cuidado, con algo tan ajeno y foráneo. También en Tilcara encontré otra rareza hoy inhallable en el resto del mundo: un taller que reparaba máquinas de escribir.
Purmamarca es la población más próxima al famoso “Cerro de los Siete Colores”, un ícono de la Quebrada de Humahuaca. De hecho, está a menos de cien metros del pueblo. Al observar su increíble paleta cromática desde un mirador y teniendo como tengo una novia jujeña no pude menos que recordar aquella canción que dice:
Viva Jujuy, viva la Puna, viva mi amada
Vivan los cerros pintarrajeados de mi Quebrada
A medida que se acercaba la primera etapa las pequeñas calles de Purmamarca comenzaron a llenarse de miembros de la tribu corredora. Purmamarca es muy bonita pero claramente el turismo, que creció significativamente con la declaración de Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad por parte de la UNESCO que recibió la Quebrada de Humahuaca como un todo en 2003, la ha alterado y moldeado. En la plaza principal los puestos de venta de textiles ocupan sus cuatro lados. Son famosos sus tejidos de llama sobre todo pero también vicuña, guanaco y alpaca.
Todo comenzó en Tumbaya, un pueblo cercano al que nos llevaron en ómnibus. De los pueblos que conocí en la Puna, Tumbaya es el que me pareció más bonito y legítimo. Allí no hay turistas ni vendedores de textiles o artesanías. Nada de todo eso. Los cientos de corredores vestidos de marcianos con mochilas y botellas colgándoles del pecho, eran para los lugareños sin duda el evento más destacado del año. Los maestros habían llevado a todos los niños de la única escuela primaria para saludarnos. Nos alentaban con sus manitos y carteles. En la plaza central estaba la municipalidad que tenía un teléfono público, de por sí ya una rareza, y más aún ya que estaba en una cabina de madera de puertitas abisagradas, con vidrios biselados en los que podía leerse en arenado: “Entel”, la empresa de comunicaciones argentina otrora monopólica y que dejó de existir en los años 90, durante la presidencia de Carlos Menem. También había máquinas de escribir y archivos de fichas tipo “cardex”, las cuales leí con atención mientras esperábamos. Nadie nos impidió entrar a donde quisiéramos y yo aproveché la circunstancia para chusmear, pero no con ojos de chismoso, sino de cronista. ¿Se entiende la diferencia? La carrera había por azar juntado nada menos que a cuatro de los 18 veteranos argentinos de la Maratón des Sables, una de las carreras más difíciles del mundo. Eran Marcelo Rodriguez, compañero mío de varios Cruces de los Andes cuando era en equipos solamente, el pionero Alberto Beunza (Alberto fue el primer argentino ever en Sables, la corrió cuando los demás no sabíamos aún de su existencia ni Internet era cosa de todos los días para informarse), Alex Foresti de quien hablaré más adelante, y este servidor.
Largamos la primera etapa el 10 de mayo de 2013 de la plaza central de Tumbaya unos 410 corredores, 262 de ellos corriendo individualmente y los restantes en equipos. Fueron 21 km y terminó en la plaza de Purmamarca por lo que al cabo de la misma y luego de largas charlas con colegas al solcito de la tarde, cada uno para su hotel a bañarse.
El sábado se corría la segunda etapa en las Salinas Grandes. Mientras que Purmamarca está a unos 2700 metros sobre el nivel del mar (msnm), las Salinas están a 3410. Salinas es como llaman en Jujuy a lo que en Bolivia se llama Salar. Las Salinas Grandes de Jujuy (y Salta) son una gran extensión plana de unos 212 km2 de donde se extrae la sal de mesa con la que condimentamos todos los argentinos nuestros platos. Los salares están recibiendo estos años una especial y renovada atención: son ricos en litio, el material insustituible para la confección de baterías de bajo peso, como las que usan las cámaras fotográficas, linternas de cabeza, automóviles eléctricos, laptops e infinidad de otros artículos de alta tecnología. La zona como un todo, o sea, el salar de Uyuni en Bolivia, el de Atacama en Chile y Salinas Grandes  y el del Hombre Muerto en Argentina (compartido por las provincias de Catamarca, Tucumán y Salta) posee, se dice, el 85 % de las reservas mundiales de litio. Así que si quiere hacerse una buena pila o batería “baratieli”, venga para esos lados. El salar de Uyuni en Bolivia es el mayor de todos y tiene una extensión de 12000 km2. Es posible verlo claramente desde un satélite.
Los salares o salinas son una superficie blanca, y plana como un plato de sopa, formado hace millones de años por la desecación de un lago de alto contenido en sal. La costra de sal tiene unos 30 cm en promedio y alcanza 50 en muchos lugares. La sal no se obtiene mediante el simple expediente de extraer trozos del piso con pico pues sería sucia, impura. Se cavan piletas rectangulares de unos 30 cm de profundidad que una vez llenas de agua salada terminan decantando en su fondo sal pura. Esto es lo que se saca y vende.
Sobre este “desierto blanco” corrimos la segunda etapa de 11,5 km nada más, luego de la cual los buses nos llevaron a Susques, localidad minera argentina camino a la frontera chilena a almorzar. Susques es el lugar habitado de mayor altitud (3896 msnm) al que se puede llegar por carretera asfaltada en la República Argentina.
Con el almuerzo empezaron los problemas que lamentablemente introdujeron nubes en el cielo de una carrera que hasta entonces venía luminosa como el mismísimo cielo de Jujuy. Demoramos 91 minutos (sí, los conté, yo cuento todo) en recibir la comida, tiempo que pasamos haciendo cola al sol, y consistió en un plato de fideos que podían estar a punto como pasados (mi caso) o semicrudos (el caso de muchos otros corredores). La ensalada no era tal sino tan solo lechuga porque el tomate se había acabado.
En total perdimos en este lugar dos horas que se podían haber ahorrado sirviendo una vianda fría en el mismo transporte. Y ahora viene lo peor realmente. El caos en la aduana argentina, en mi opinión por falta de previsión y coordinación con las autoridades migratorias por parte del transportista, la agencia de turismo “Slivia Magno” fue total. Demoramos más que en la chilena y eso que allí había que bajar todo el equipaje para escanearlo como indican las normas de ese país para evitar la introducción de la mosca de la fruta. La ruta 52 pavimentada en su totalidad de Purmamarca a San Pedro de Atacama pasando por Susques es tan nueva que no figura aún en Google maps, y pasa a no más de 15 km, tal vez menos, de Bolivia. En su punto más alto se alcanzan los 4886 msnm lo que hizo que alguno se sintiera algo mareado. Se construyó en los noventa y recibió el premio a la mejor obra vial de América Latina de su año. No me sorprende, es extraordinaria.
En todo el trayecto “Silvia Magno” no nos ofreció nada a bordo. Ni un tentempié (“snack”), ni un café. Chile está a unas seis horas de ómnibus de donde corrimos en Salinas Grandes por lo que llegamos ya entrada la noche. Nuestro bus llegó a San Pedro de Atacama las 21 hs y el último lo hizo a las 23. Teóricamente iba a haber una charla técnica que se canceló por motivos obvios, no daban los tiempos. Un chofer me dijo: “Hicieron los cálculos de tiempos viajando en camionetas 4 x 4, sin comprender que los tiempos de un micro de doble piso y 63 pasajeros son otros”. Creo francamente que hizo un buen resumen. Llegamos con apenas tiempo para comer y dormir pues la tercera etapa largaba el otro día a las 9 (siempre menciono horario argentino). Fueron 26,8 km en el desierto más seco del mundo, con paisajes hermosos y variados. El llamado Valle de la Luna (denominación no del todo original, hay por lo menos otro lugar con igual nombre en la provincia argentina de San Juan), los cañones por cuyas alturas laterales corrimos un buen tiempo para luego descender y continuar por el fondo mismo del cañón, todo fue muy bonito.
Terminada la etapa, gozamos de un almuerzo otra vez servido por la organización esta vez impecable en cantidad, variedad y rapidez. Una de las cosas que más me gustó del almuerzo, un arroz bien condimentado y con pollo acompañado todo de ensalada, esta vez de tres verduras, fue el pan. Yo amo las hallullas chilenas –así se llaman sus panes redondos, chatos y sabrosísimos- tanto como amo las sopaipillas del hermano país trasandino.
Vino luego la entrega de premios, ya le contaré el que yo recibí cuando entre en la parte deportiva del relato, baño en el hotel y al playón de estacionamiento para subirse al bus para volver. No tuvimos tiempo ni para salir de paseo a sacar fotos por San Pedro de Atacama un pueblo con fama en el mundo entero por su belleza y su cultura asociada al desierto. Haber llegado tan lejos para no poder ni salir a la tarde a tomar una cerveza, conversar y sacar fotos es como no haber ido.
Y aquí vino otro error de Silvia Magno. En lugar de liberar los buses a medida que se llenaban como le pedí yo el día anterior que hiciera y como le pidió también Sebastián Tagle que por supuesto pesa mucho más que yo en esto pues yo soy solo un corredor más (bueno, Berni, no seas tan modesto…) y Sebastián es el Director de la competencia y del Club de Corredores, entidad que la organiza. Pero luego de decirnos a ambos que lo haría de este modo, terminó liberando los buses solo cuando estuvieron llenos con los pasajeros que habían traído, lo que obligó a los que corremos rápido a esperar horas al corredor más lento del ómnibus, colega que por supuesto no debe ser culpado de nada, es claro.
El retorno de San Pedro de Atacama a Jujuy fue un calvario como el sufrido en la víspera. Doce horas para los que íbamos a Salta, que una vez más Silvia Magno no creyó necesario alivianar con alimento o vianda alguna. En un momento el chofer paró en un YPF full donde no había sánguiches, solo paquetes de galletas. Y para comprar eso había colas de 90 min. Luego de charlarlo con otros pasajeros tomé la palabra y les pedí a todos amablemente que por el bien común dejáramos el YPF full y nos subiéramos al micro. Todos menos uno entendieron que eso era lo mejor para todos. Un egoísta que nunca falta aprovechó que la cola se achicaba y se quedó solo comprando, demoró unos 25 minutos que todos pagamos llegando tarde a nuestros destinos. Si lee estas líneas y es probable que lo haga porque mi lista de distribución consta de casi 300 corredores que a su vez comparten el texto con amigos, si lo lee, decía, sepa que lo considero un miserable incapaz de trabajar en equipo en una carrera, en un bus, en el trabajo o en la vida. Y que al adjetivo miserable puede añadirle otros que no escribo por respeto a las damas y menores que leen estas líneas. Cabronazo hijoeputa.
Vamos a los números deportivos de la carrera. Fueron 60 km que corrí en 6.40.50 lo que significa 1,04 % de error respecto del pronóstico de 6.45 que yo había preparado y que había hecho público antes de la carrera. El día que den premios al que mejor planifique, gano todas las carreras. Uno por ciento de error en una carrera de desierto jamás corrido por mí, con desnivel, altitud, etc…
Mi diferencia con Alex Foresti, amigo que ganó en la categoría fue de 3.41 minutos o sea 0,9 % o apenas 570 metros a la velocidad promedio de toda la carrera. Lo que en modo alguno disminuye la victoria de Alex, pero muestra lo ajustada que fue. Hubo mayor diferencia entre el primero y el segundo en la general. Y cabe además hacer notar que yo estoy en la categoría 55-59 y Alex en la 50-54, pero ambas categorías fueron unificadas en esta carrera (no cuestiono esta decisión de la organización, es la correcta en carreras de este tipo, donde no hay demasiados en cada categoría de cinco años). El hecho es que yo competía con alguno que tienen hasta cinco años menos que yo. Salí segundo de 38 en la categoría lo que da 5,2 percentil. Y 21 de 262 en la general lo que da 8 percentil en ese grupo. Alex me sacó cinco minutos en la primera etapa que yo disminuí a apenas dos luego de la segunda. En apenas 11 km que duró la segunda etapa recuperé mucho terreno. Esto me dio entusiasmo para el combate final que se avecinaba y la tercera etapa adquirió interés pues nada estaba escrito en piedra aún. Pero vi mi carrera escaparse de mis manos cuando en el kilómetro siete de la etapa de San Pedro de Atacama, Alex me pasó corriendo una cuesta de arena de 15 grados en la que yo solo pude caminar. Entonces comprendí que no ganaría.
Yo ya hablé una vez de mi amigo Alex Foresti a quien le dediqué un mail especial de mi “newsletter” (nombre un tanto grandilocuente para cotilleo con amigos). Es de muy lejos el mejor corredor de desierto del país, tienen creo más kilómetros de desierto corridos que los dos que le siguen sumados. Es tal su mimetismo en este terreno que estoy seguro se nutre de arena, de cardones y de viento seco. Ese paisaje que los demás consideramos bonito pero hostil, es para él su casa casi. Así que perdí con el mejor y con un grande. Un hombre de arena es Alex “Sandman” Foresti.
Ganó la carrera el salteño Jorge García con 4.55.18 (o sea que yo demoré 36 % más que el ganador, un guarismo notable pues en general no bajo del 50 %). Segundo salió mi amigo el cordobés Pablo Ureta con 5.00.54. Pablo y yo quedamos conformes, cómo no, con nuestros segundos puestos. Pero a qué negarlo, ambos también quedamos calentitos, porque somos profesionales y como tales, competitivos. Solo él y yo sabemos exactamente lo que se siente. En mujeres ganó Virginia Gálvez con 6.08.59 y que casualmente cumplía años el día de la última etapa, del cierre de la carrera. Se lo celebramos en la entrega de premios y en el ómnibus (viajaba en el mismo micro que yo)
Agrego aquí una foto que le tomé a dos corredores hasta ahora desconocidos para mí (Daniel Molinari y Alejandro Guevara) porque me parece que transmite con fuerza la idea de colaboración entre dos amigos que corrieron juntos. Ellos no eran equipo, como muestran sus dorsales diferentes, sino dos cuates que corren muy parejo.
Ya mencioné algunos errores de la empresa “Silvia Magno”, transportista. Agrego dos más:
1 A muchos corredores les cobraron 150 pesos argentinos por cabeza para llevarlos del aeropuerto de San Salvador de Jujuy a Purmamarca. El transporte nunca apareció pero no se sintieron obligados ni a pedir disculpas ni devolvieron el dinero durante la carrera o por su iniciativa. Justo es decir sin embargo, que cuando lo reclamé para algunos corredores afectados, les hicieron el reintegro. Finalmente, note que cobraron 150 pesos por persona por trasladarlos en  un ómnibus. Los corredores terminaron pagando 250 por  pareja para ser llevados en taxi privado. O sea, un precio excesivo.
2. En Purmamarca nos recomendaron un hotel, el Bebo Vilte, que no puede ser descrito más que como “pocilga”. El baño tenía olor siempre y además no lo limpiaban ni dejaban cepillo para que lo hiciera uno. La luz era de burdel, el cuarto diminuto y no había cortina en el baño. Las paredes son de ladrillo colocado “de canto” por lo que se escuchaba todo lo que hablaban en otras habitaciones. Sí, lo que hacían también, pero nadie lo hace la víspera de una carrera. Para completar, costaba lo mismo que hoteles mucho mejores y apenas 30 % menos que el mejor hotel de Purmamarca, ese sí, un lugar para gente como uno.
¿Cuáles fueron los errores de la organización propiamente, del Club de Corredores?
1.    Los de Silvia Magno, porque se delegan tareas pero no responsabilidades.
2.    El almuerzo del que ya he hablado
3.    El haber incluido una etapa a 6 hs de bus de las Salinas y 8 de Purmamarca. Aún si Silvia Magno hubiera sido una empresa eficiente, igual habrían sido un sufrimiento los interminables viajes en bus ambos días para no tener tiempo ni de pasear por San Pedro de Atacama.
4.    El haberse quedado sin medallas para los últimos corredores. Esto es inexplicable. Si uno sabe que correrán 410 personas pues se requieren 410 medallas (alguna de más por si se rompe alguna ya que eran de cerámica). Pero no había ni 410.
5.    El entregar medallas sin indicación del año. Esto se hace obviamente para usar la misma medalla todos los años y abaratar el costo produciéndolas de a miles. Pero no queda bien. Los corredores queremos una medalla de la edición que hemos corrido, no una “genérica”. Patagonia Run cometió el mismo error, se lo hice notar, prometieron corregirlo para el año que viene. Espero que aquí ocurra lo mismo. Dicho sea de paso, el que la medalla sea genérica hace aún más incomprensible el error del punto anterior pues si se usan siempre las mismas, ¿cómo puede ser que no haya habido suficientes?
¿Y qué cosas hicieron mal los corredores?
Varias, que paso a relatar. Porque no fueron solo el Club y Silvia Magno que se equivocaron.
1.    Al finalizar la primera etapa, el Club decidió hacerlo que hace mucho no hacía, chequear que los corredores estuvieran llevando los elementos obligatorios que el reglamento claramente nos exige a todos. Decenas tuvieron al menos uno y muchos más de uno, elementos faltantes. O sea, habían hecho trampa.
2.    Dos corredores de los que se sabían en infracción, al notar el control se escabulleron “silbando bajito” por el espacio entre rejas para no ser controlados. Uno fue visto por Carina antes de que yo llegara, al otro lo vi yo mismo. Esto no puede atribuirse a la organización que no es policía. No pueden cerrar el corral como una prisión. Yo considero a los que estuvieron en esta situación aún peores que los que están en el grupo 1, que al menos pagaron con una penalización de dos minutos por ítem faltante. Penalización que, dicho sea de paso, yo creo que es generosa de más, pues es tan poco en el tiempo de un corredor medio –que demora unas 10 hs total en esta carrera- que es como si la municipalidad cobrara cinco dólares las multas por circular contramano o pasar un semáforo en rojo. Penalizaciones tan bajas, alientan a los tramposos. Además, se debió haber indicado en los resultados publicados en el sitio de Internet del Club, quien fue penalizado y quién no. Se puso en cambio el tiempo final, o sea incrementado en la penalización pero sin indicar si ese tiempo fue corriendo o suma de carrera y penalización. No somos todos iguales ni me parece bien que se nos mezcle.
3.    El almuerzo para el que hubo que hacer 91 minutos de cola no fue igual para todos. Algunos corredores se colaron fingiendo ir al baño, que quedaba ubicado al lado del ingreso al comedor o simplemente poniéndose a charlar con un amigo que se encontraba mucho más adelante en la cola. Finalmente no faltó quien entró por la cocina porque “yo tengo amigos en la organización” (sic)
4.    En la primera etapa había una cuesta que se subía haciendo un zigzag muy cerrado, de muchas vueltas. Es claro que si se baipaseaba el zigzag encarando la ladera en forma directa, se ahorraban varios minutos, pero eso es trampa. Varios lo intentaron y como Sebastián Tagle estaba en la cima, a los gritos los mandaba hacer lo correcto. Casi todos lo obedecieron. Uno no solo desoyó sus tres advertencias sino que lo insultó con un gesto. Es claro que Sebastián le aplicó una multa importante en tiempo, como debe ser.
5.    Luego de la primera etapa, estábamos charlando en un banco de la plaza con Sebastián de bueyes perdidos cuando se le acercan dos corredores. Uno pretendía que le eliminara la penalización de cuatro minutos recibida por no cargar elementos obligatorios, y lo hacía usando argumentos sin sentidos, todos ellos patéticos. Otra chica se le acercó esperando le permitiera correr el segundo día sin los elementos obligatorios. Ambos, claro, se fueron frustrados. Pero lo increíble es que haya corredores que pidan estas cosas.
Los atletas nos creemos integrantes de una cofradía diferente al resto de la humanidad. Más solidaria, más respetuosa del otro, de las normas. Creo que las personas que están en alguno de estos cinco grupos demuestran que tenemos tantos defectos como los sedentarios. Como dije más arriba, mis textos terminan dando tantas vueltas que seguro estas líneas terminarán siendo leídas por alguno de los corredores que hicieron alguna de estas cosas. Yo sé quiénes son porque de los que no conocía tomé número de corredor y lo busqué en la clasificación. Pero pueden ellos estar tranquilos, esa info muere conmigo.
¿Vale la pena correr el Raid?
Si se mantiene la etapa en San Pedro de Atacama, no, definitivamente mi recomendación es que deje pasar. Pero si se vuelve al formato del año 2012, que es lo que seguramente hará Tagle, sí. En 2014 San Pedro de Atacama será sustituido sea por Salta o por otra etapa en Jujuy. Mi consejo es que si los servicios de transporte siguen siendo de Silvia Magno se asegure de que habrá viandas en los transportes. El problema que cometió el transportista en la aduana o al no sacar los buses cuando se llenaban, deja de existir si no se cruzan fronteras por lo que eso se arregla solo. Pero Silvia Magno no tiene sentido de la responsabilidad sobre sus servicios ni don de mando para hacer que la gente haga lo que tiene que hacer. Por ello, si esa empresa sigue a cargo de los servicios terrestres yo pensaría dos veces mi participación en el Raid.
Salvados estos temas, definitivamente recomiendo el Raid. Particularmente para quienes se inician en la carrera de aventura y aún ven al Columbia Cruce de los Andes como algo más allá de sus posibilidades, pues el Raid es un Cruce chiquito. Todo igual pero en lugar de 90 km son 60 y se duerme en hotel y no en carpa. Para los duros de Uds., los que han corrido La Mision, Patagonia Run, UTMB, TDS, Sables, para esos colegas pues es menos atractivo. Pero para todos ofrece la oportunidad de asomarse a una cultura de desierto y con fuertes huellas indígenas y bolivianas que desconocemos en Buenos Aires
Llegamos a Salta a las 3.30 de la mañana. Allí teníamos reservado el Alejandro I, el mejor hotel de Salta y un excelente hotel. En mi ya algo lejana juventud yo consideraba el confort que ofrecen estos hoteles como vicio burgués de viejo choto. Tal vez porque me he ido convirtiendo en uno, hoy pienso que lo más parecido al foyer de uno que por supuesto es irreemplazable, es un lugar como el Alejandro I donde el mármol es mármol, y los escones, escones.

Patagonia Run 100 km 13 de abril de 2013

La reputación que se había ganado esta carrera en sus dos ediciones anteriores en lo concerniente a buena organización y en particular su increíble oferta gastronómica –sí, me gusta comer en las carreras- fue lo que me motivó a anotarme. Esto y el hecho de que uno va procurando que no quede ninguna carrera importante en el país que uno no haya corrido. Por eso tengo agendado correr la “Pacha Mama” en Tilcara, provincia de Jujuy en octubre y antes el Raid de los Andes en Purnamarca, también en Jujuy. Como además estoy anotado para correr el Ultra Trail del Monte blanco (UTMB, 168 km) en agosto, esta carrera me servía mucho para ganar más experiencia y confianza en que puedo terminar el UTMB. Porque el UTMB que corrí el año pasado fue “trucho”, de 108 km en lugar de 168, por circunstancias climáticas adversas que obligaron a la organización a reformular el recorrido. Y reformular terminó queriendo decir que no fuimos ni a Italia ni a Suiza, que no subimos cumbres, que nos quedamos en Francia y que hicimos 60 km menos. En resumen, nos dieron el famoso chaleco de UTMB “Finisher” sin haber hecho el UTMB realmente.
Yo he corrido carreras de igual o mayor longitud que los 168 del UTMB: La Misión la corrí tres veces y tiene 160 km. La Marathon des Sables tiene 246. Pero Sables transcurre en seis etapas y La Misión tiene tiempos máximos tan laxos que la termina cualquiera, de hecho, se puede terminar caminando. El UTMB y Patagonia Run tienen cortes mucho más demandantes, no es posible terminar ninguna caminando todo el tiempo y de ahí que Patagonia Run sea importante como precedente para el UTMB.
Con Carina que me acompañó, nos colamos en el programa de vuelos y alojamiento del grupo que conduce Jorge Arrigoni como profesor y líder del team “Los Correcaminos”. Quien se encarga de toda la logística para el grupo es Rodrigo Gerardín, gran amigo mío. A quien más conozco en ese grupo es a Francisco “Pachi” también “Tractor”, Somoza, recientemente venido de los 250 de Atacama Racing the Planet. Cualquiera habría pasado esta carrera pero Pachi es muy parecido a mí: un kamikaze que corre todo y como yo, aguanta la parada por suerte para ambos.
La base de la carrera es la ciudad de San Martín de los Andes (SMA), hermoso pueblo de arquitectura alpina en la provincia de Neuquén, Patagonia argentina. SMA se parece bastante a Villa la Angostura (VLA) –mucha construcción en madera, un plan urbanístico para no echar a perder ese encanto, un tamaño pequeño- y ambas se diferencian de Bariloche, ciudad mediana o grande que creció antes de que los planes y el urbanismo llegaran a la Patagonia por lo que hoy hay barrios marginales, estéticamente muy pobres y no poco caos. Bariloche y VLA están ambas a orillas del lago Nahuel Huapi, SMA más adentro en la cordillera. Para ir a SMA, uno vuela a Bariloche y de allí toma un micro que demora unas dos horas y media –pasa por VLA- en llegar a SMA. El circuito de la carrera es muy hermoso pues tiene lugar mayormente en el Parque Nacional Lanín.
Llegamos a SMA el jueves 11 de abril a la tardecita, descargamos el equipamiento en el hotel –en mi caso el equipamiento era el 80 % de mi equipaje- e inmediatamente nos fuimos a retirar el “kit” de corredor al lugar que la organización había elegido para esto. Todo anduvo de maravillas.
Teníamos todo el viernes para descansar, socializar y discutir con nosotros si llevar esto o aquello. Calzas largas o cortas, regulares o de compresión, dos pieles o tres, cuántas de ellas puestas. Campera ultralight o de membrana. Llevar bastones o no llevarlos. Gorro de abrigo o no. Guantes de qué gramaje. Qué tipo de medias. Zapatillas regulares de montaña o de Gore-Tex. Lentes para proteger los ojos o no. Cuanta comida cargar considerando que en los puestos hay mucha y variada. Todas esas decisiones había que tomar y eran diferentes según la distancia que corriera cada uno. Se podía elegir entre 21, 43, 63, 84 y 100 km. Al final hasta agregaron una de 10 km.
Mi descripción del circuito será solamente del de 100, porque fue el que hice. Había siete PAS (Puesto de Asistencia) en los cuales se ofrecía una gran variedad de alimentos dulces y salados, fríos y calientes en tanta cantidad como uno quisiera dar cuenta. Caldo calentito, empanadas, budín, pasas de uva, galletas, barras, café, té, bebida isotónica y alguna cosa más. Yo salía de esos puestos revitalizado, como si me hubieran hecho motor nuevo, afinación completa y cambio de junta. Tres de los PAS eran además PAT (Puesto de Asistencia Total). En ellos además de proveerse toda la asistencia de un PAS, le daban a uno una bolsa que uno mismo había entregado previamente con elementos para retirar allí (o donde dejar cosas que uno hubiere decidido no continuar usando). Yo mandé muda completa a los tres, menos zapatillas que mandé solo al del medio. También comida abundante y variada a los tres. Pero no usé nada, no abrí las bolsas porque la comida sobraba y era muy buena y la ropa no la precisé. Con la que salí estuve siempre de diez, no me cambié ni un par de medias, basándome en el dicho futbolero “equipo que gana no se toca”. Los tres puestos PAT donde se pueden retirar bolsas son en realidad dos, pues el primero y el tercero son el mismo, que se vuelve a visitar al retorno. A los siete puestos indicados se suman dos de hidratación, donde no hay comida (en alguno de ellos había barras) pero sí agua e isotónico. Un total de nueve puestos de asistencia para 100 kms.
Partimos a las 12 de la noche, o sea entre viernes y sábado (las cero del sábado 13 de abril de 2013) de un regimiento del ejército situado a unos tres km de SMA, a donde nos llevaron en bus. Carina fue de las pocas acompañantes que se tomó el trabajo de ir hasta allí (ella tuvo que tomar taxi, la organización no lleva acompañantes a la largada) No estoy para nada acostumbrado a salidas tan tardías por lo que las horas previas, en el cuarto de hotel, fueron difíciles de manejar. La ansiedad me devoraba quería salir ya, en todo momento. Felizmente estaba Carina conmigo que me calmaba y bajaba cambios de mi cabeza. Comimos pastas en la habitación y me tomé una pastilla para evitar el sueño pues la somnolencia me causó muchos problemas en La Misión. Este medicamento probó ser maravilloso, pasé la noche sin bostezar siquiera, con la misma lucidez y concentración que tengo durante las horas del día (Ud. dirá que ninguna, pero vamos, no sea malo). En el regimiento esperamos el pistoletazo de salida en una habitación cerrada, protegidos del frío y con café, te, isotónico y galletas a disposición.
Describiré el atuendo de marciano con el que largué, yendo de abajo para arriba: zapatillas Inov8 Roclite 318 con Gore-Tex, medias Sealskin, calza larga de compresión, bóxer Under Armour 5 pulgadas (debió ser de 9, o sea largo, pues me paspé mucho durante la carrera), remera técnica Mountain Hardware naranja modelo Effusion Power, remera de la carrera (porque es obligatoria, pero no cumple función técnica alguna, totalmente prescindible), campera de membrana (en mi caso de Gore-Tex) Ansilta Ghost. La ventaja de las camperas de membrana es que son impermeables pero permiten que la transpiración salga al exterior. Con una campera impermeable común, esto no sucede y uno termina congelándose en su propia transpiración helada. Sombrero de abrigo, bastones Leki Utralite, guantes Sealskin (también impermeables y respirables, como las medias y la campera). Para completar, un micropolar The North Face Anapurna en la mochila que era una Readlight Olmo 5lt, por seguridad. Con este equipamiento aguanté bien esta carrera, La Misión y el UTMB donde hizo igual temperatura mínima pero con lluvia.
Arranqué corriendo solo. A eso de las tres de la mañana se produjo el mayor frio que experimentamos. Yo estimé -7 C a ojo, pero la organización luego nos diría que fueron -10 C. Yo me sentía muy bien, bancaba sin problema gracias al excelente equipo que ya describí. Solo tuve algún asuntillo en las manos que se me empezaron a poner rígidas de frío pese a los guantes. Solucioné cambiando los bastones a una mano y haciendo ejercicios con la otra, como quien apreta una pelota de goma pequeña, hasta que la sangre comenzó a circular. Luego cambié los bastones de mano y repetí con la otra. No llovió en toda la carrera ni hizo una gota de viento. Los ríos eran todos arroyos, el más profundo no tenía diez centímetros. Como consecuencia no tuve necesidad de mojar las zapas nunca, siempre conseguí sortear los arroyos pisando atinadamente piedras y troncos. Esto no es menor, mantuve los pies secos todo el tiempo.
El primer PAS que es un PAT al mismo tiempo, estaba en el km 33. Llegué allí  a eso de las cinco de la mañana. Estaba yo comiendo cuando escucho a mis espaldas: “…yo tengo una tabla de tiempos…”. Ese tiene que ser Rodrigo Gerardín, me dije, pues ambos llevamos en forma de pulsera una tabla con los tiempos de paso por cada PAS o PAT según sesudos y científicos cálculos que yo había hecho en los meses previos. Me prendí con Rodrigo, lo que resultó el mayor acierto en toda la carrera. Él ya venía corriendo con un corredor desde el km 10. Era Sebastian Castaño, ex rugbier de Gualeguaychú, con quien a lo largo de las horas que seguirían entablaríamos una gran amistad.
Seguimos juntos a partir de allí y este trío dinámico resultó tan sólido que no nos separamos hasta la mismísima línea de llegada. Al encontrarnos habíamos dejado atrás la primera de las dos cumbres duras del circuito, el cerro Colorado. Quedaba aún el Quilanlahue que sabíamos era aún más difícil. Su ascenso lo hicimos a paso de astronauta pero el paisaje en la cima pagó con creces. Hasta entonces solo habíamos visto manchones de nieve, allí todo el bosque estaba nevado y en los laterales, el paisaje se enmarcaba y completaba con las lejanas cumbres también nevadas. Algo maravilloso de lo que nosotros éramos espectadores privilegiados.
Luego de estas dos cumbres y un tramo más o menos horizontal uno se encuentra en el km 58 donde se encuentra el segundo PAT, llamado Quechuquina. Uno tiene ya más de la mitad de la carrera adentro, ha pasado la noche, y solo restan horas de luz de día y con un desnivel menor pues 2500 de 4500 mt de desnivel vertical ya están hechos. La mayoría de los abandonos que hubo, que no fueron pocos, se produjeron durante la noche en alguna de las dos cumbres, pues una vez que uno pasó ambas y llegó a ver el sol, no digo que tiene la carrera adentro pero ya no da para abandonar bajo ningún motivo.
¿Qué puedo inventar para contar como corrimos los siguientes 42 kms? One foot in front of the other como dice una canción, charlando entre nosotros, conociendo más a Sebastian (Rodrigo y yo nos conocemos mucho), comiendo en los puestos, subiendo y bajando nos fuimos acercando a la meta. Varios de los PAS tienen tiempos de corte como dije al principio. Ninguno fue un tema para nosotros, los pasamos todos holgadamente, tanto que el primero cerraba a las 16.30 y lo pasamos a las 11.00 de la mañana.  En el km 58 nos encontramos con mi archirrival Cristian Gorbea –y uno de mis mejores superamigos-, mi sombra negra, que salía cuando nosotros entrábamos. Yo quería ganarle a toda costa pues él me ganó dos de las tres últimas oportunidades en que competimos, o sea, yo estaba 1-2 abajo (Luján fue mía, Half Misión y Tandil de Cristian). Le adelanto para que no se haga ilusiones, ahora estamos 1-3 o sea no lo pude alcanzar. Quise sobornar a la organización para que lo envenenaran, no quisieron. Le ofrecí maconha de la buena a un corredor de elite para que lo empujara en un barranco y no aceptó diciéndome: “Igual sería inútil. Gorbea tiene siete vidas, no lo mata ninguna caída”. Se refería, claro, a un evento de la vida de Cristian que todos los corredores de montaña argentinos conocemos y por el que se ganó el apodo “Repisa”.
La atención en los puestos era de un nivel nunca visto en el país. Idéntico al del UTMB, servicio total, apoyo absoluto al corredor, gente a disposición de uno todo el tiempo. Como profesional de los RRHH que soy, yo me daba cuenta cuanto trabajo de entrenamiento había tenido la organización para convencer a cada muchacho o muchacha que ofrecía caldo o indicaba dirección que la imagen de la carrera depende en última instancia, de su actitud de servicio. Nota diez porque igualar el UTMB es ponerse en el más alto nivel del trail del mundo. Durante la carrera tuve que anudar el cordón de amare de mi pantalón porque si no se deslizaba para abajo. Esto no me impedía orinar dada la longitud de mi miembro pero sí ir de cuerpo. Sí o sí tenía que desatarme el nudo del “lonpa” para hacerlo. Pues un muchacho hasta me ayudó en eso (con testigos delante no fuera que nadie pensara que tenía otra intención…).
Habíamos caminado mucho y en un momento dijimos, joder, hombre, que esto es una carrera. Así que empezamos a hacer lo que hacíamos con Guillermo Sívori en Sables: 500 mt corriendo, 500 mt caminando. Esto nos mejoró mucho el tiempo. Sebastián al enterarse de lo que Rodrigo y yo hemos corrido nos trataba con un totalmente injustificado respeto, pues él corría absolutamente a la par nuestra. Quizás Rodrigo tenía un poco más de pilas sobrantes que nosotros pues en la etapa 500 x 500 fue quien llevó la voz cantante.
Como llegamos ya puesto el sol, aunque no mucho después, se requería linterna de cabeza en los últimos km. Yo había cometido el enorme error de olvidarme de mandar pilas de repuesto a alguno de los PATs y mi linterna usa pilas especiales, nadie podía tener una para prestarme. Pero Rodrigo tiene la misma linterna que yo y no se olvidó de las pilas. Además, la usó en modo intermedio, no el máximo, mucho tiempo por lo que tenía más plafón. Muy generosamente me cedió sus pilas nuevas y él siguió con las que venía del principio que aguantaron por haber sido usadas más tiempo en intermedio.
Cruzamos la línea de la meta en pleno centro de SMA a las 19.47.44 o sea en algo menos de 20 horas. La tabla que nos habíamos preparado daba 20.22 lo que implica un error de apenas 2.5 %, demostración de la notable planificación que hicimos. Los tres estábamos enteros, sin lesiones ni molestias ni dolor alguno que reportar. Posición 175 de 238 que completaron o sea 74 percentil. El percentil medido en forma correcta tiene en cuenta los abandonos (y a los que sacaron por no cumplir los cortes de tiempo) pero esta información no fue proporcionada por la organización. Si comenzaron 300 como se dijo, hubo 62 abandonos o sea 20 %. Puede uno asumir por tanto que el percentil correctamente medido sería aproximadamente 60 % en la general. El tiempo total máximo permitido era de 22 hs. El año pasado fue mucho más estricto, de 20 hs. Debieron flexibilizarlo porque dejaban a más de la mitad de los corredores afuera. Lo interesante es que con el tiempo que hicimos hubiéramos clasificado inclusive el año pasado.
Lo que sigue Ud. se lo imagina. Lloré en la línea de llegada como si fuera mi primera ultra -lo era para Sebastián-, nos abrazamos, me abracé a Carina que me estaba esperando desde las cinco con una manta -una santa-. Antes y después de la carrera Carina me hizo el aguante a full, como me lo hizo mi hermano en el UTMB en Chamonix (con algunas diferencias menores que no creo necesario describir…) Sin el uno o la otra, ambas carreras, les juro, se me hubieran hecho imposibles. Es lindo saberse tan querido por la gente que uno quiere tan entrañablemente. Vino luego el baño, la salida a tomar cerveza con amigos, el festejo.
E inmediatamente empezar a pensar en el Raid de los Andes que es lo que se viene. Pero antes los 10 km de Fila este domingo 21 de abril, donde corrí con la remera de la maratón de Boston, crespón negro en el brazo derecho y la frase de Obama (“You will run again, Boston”) pintada en la remera. Y luego la media de New Balance y… descansar no está en mi calendario. Es que yo hago míos los versos del poeta:
Mi descanso será en la sepultura,
El cuerpo en paz, la caja de madera.