Ayer corrí la San Silvestre - 31 de diciembre de 1999

La carrera de São Silvestre es seguramente la más conocida de América Latina. Toma su nombre del santoral, ya que se corre el último día del año, día de San Silvestre. Antiguamente era de noche, lo que es mucho más razonable para una carrera en un clima tropical en pleno verano, pero desde que la red televisiva Globo compró los derechos de transmisión -hace ya unos años- la pasaron para la tarde, ya que los genios del rating dijeron que a media noche -se corría exactamente en la última hora del año- nadie está para mirar una carrera por TV. La todopoderosa televisión se salió con la suya, a costa del sufrimiento de los atletas, que dejan alma y vida en los quince kilómetros del recorrido.
El ídolo de la São Silvestre es Paul Tergat, kaniata, quien ganó las últimas cuatro carreras -incluida la de ayer-. Hubo una quinta que Paul iba ganando cuando un espectador le arrojó agua a los ojos para permitir el triunfo de un brasileño que iba segundo. Desde entonces, los primeros del pelotón de elite en los últimos kilómetros tienen custodia policial, para evitar que tarados como ese arruinen la reputación de la carrera. Los kaniatas ganaron también la prueba femenina -las cuatro primeras fueron kaniatas-, y cinco de las últimas siete carreras masculinas así como la última maratón de São Paulo y la de Nueva York. Son los inventores del correr en equipo, concepto que existe desde siempre en la Formula Uno, pero que era desconocido en atletismo. Paul Tergat es admirado por todos los corredores, originario de un país pobre, más pobre que los nuestros, sin tecnología alguna de apoyo a su entrenamiento -al menos en el comienzo de su carrera-, ha llegado a ser número uno en un área -carreras de diez a veinte kilómetros, no más- donde en el primer mundo no se es nada sin un equipo de médicos, dietistas, aparatos, y una parafernaria carísima. La explicación del dominio absoluto de los kaniatas en las pistas del mundo es, se dice, que en Kenia no hay muchos autos ni transporte público, y todo el mundo camina todos los días muchos kilómetros para ir al colegio o a trabajar, entonces están entrenados desde chiquitos. Basta verlo a Tergat. Es una hermosa gacela flaca, negra y esbelta que vuela -porque no corre- sobre el asfalto. ¿Dónde empieza uno a correr una carrera como esta? ¿En la línea de largada? Ciertamente que no. Se empieza muchos, muchos meses antes, entrenando duro, modificando hábitos alimenticios y de comportamiento -nada de fiestas hasta tarde, ni de alcohol en exceso-. Cuando uno se para en la línea, no se está en el principio sino en el casi final. Uno sabe que llegará, sólo es cuestión de definir en cuanto tiempo.
Correr una carrera de este tipo es toda una experiencia y por eso yo quería vivirla personalmente. Probablemente sea la última vez que estaré en São Paulo un 31 de diciembre. Corrieron mil personas la carrera femenina -que comenzó a las tres de la tarde- y 12820 la de hombres, que tuvo lugar dos horas después, fue récord absoluto de participación. En la década del sesenta no llegaban a 50 los inscriptos, el aumento brutal da idea de cómo se popularizó en el mundo esto de correr.
Había gente de todas partes de Brasil y de muchísimos países del mundo. De todas las edades y aspectos físicos. Faltando un segundo, me agaché, toqué el suelo y ligeramente besé la mano con que lo había hecho. Especie de persignación de un agnóstico. No se veían obesos sino por el contrario, miles de personas muy flacas, en impecable forma. Hay tres pelotones, el de elite, donde corren los profesionales, el pelotón B, que integran los corredores no conocidos pero que han marcado un tiempo mínimo requerido en una prueba de clasificación que se hizo hace un mes, y luego la tropa, más de doce mil anónimos amantes del deporte. La carrera es conocida por incluir fantasmas de toda laya, gente que va a disfrazada a popularizar una causa o procurar un instante en la TV. Todos saben que los casos raros, serán bendecidos por un segundo de transmisión televisiva al país todo, o sea que la TV los incentiva, porque dan color a la transmisión. Así, había un corredor vestido de cura con sotana, otro de novia, otro de fantasma, otro de rey con corona, otro de Pantera Rosa, otro de boxeador, otro con bandera del Partido dos Trabalhadores haciendo discurso político casi todo el tiempo -lo hacían callar con abucheos-, varios con vestimentas de clubes de fútbol, uno corriendo con bandeja de mozo y sobre ella una botella de cerveza, otro con una raqueta y una pelota de tenis sobre ella haciendo equilibrio, otro llevando una pelota de fútbol entre los pies sin dejarla caer, etc., etc. También uno en silla de ruedas y otro con una pierna ortopédica. Pero los disfrazados no eran ni el uno por ciento del total. El resto, en su mayoría eran amateurs serios, gente que entrena, corre regularmente y llega a la meta.
Arranqué suave, corriendo más contra mí que contra los demás. Iba por el kilómetro seis cuando se largó a llover. Al principio la lluvia fue bienvenida porque hacían 29 grados y casi 60 por ciento de humedad. Pero enseguida empezó a llover como sabe llover en verano en el trópico, como llovió en Macondo, como en el mismísimo diluvio. Yo no veía nada a través de los lentes, tenía las zapatillas empapadas y el protector solar -aditamento completamente inútil con ese diluvio- que me había puesto en abundancia en la frente se lavó cayendo sobre mis ojos e irritándolos. Pensé un instante en parar pero no vi un solo atleta que lo hiciera, así que abandoné rápidamente la idea. Por el contrario, todos tomaron la lluvia para fiesta y alegría, virtud muy brasileña. Seguíamos todos, pese a todo. Felizmente, la lluvia duró diez o doce minutos, no más, y bajó la temperatura a 19 grados, por lo que valió la pena. Durante todo el transcurso, los espectadores nos alentaban. Dale que falta menos -gritaban- no vas a aflojar ahora, Vamos galera y cosas así. Los niños extendían sus palmas hacia la calle, para que algún corredor se las golpeara al ir corriendo, lo que yo hice media docena de veces y representaba una especie de inyección de energía, no sé bien por qué. La organización fue de primera. Puestos de abastecimiento de vasos de agua mineral desparramados por todo el transcurso, cientos de baños químicos con papel higiénico el tiempo todo en el lugar de largada -hay que llegar con al menos dos horas de anticipación, por eso son bien necesarios-, policía militar en abundancia cuidando todo, impidiendo a la gente meterse en el medio de la carrera, comienzo con absoluta puntualidad, impecable transmisión televisiva, con estadísticas y gráficos de todo tipo, como se hace en EE UU, locutor incentivando a los espectadores a aplaudir al merecido ganador o ganadora con independencia de su origen nacional. Me habían dicho que como hay tanta gente, al largar, las personas se empujan brutalmente. Nada de esto ocurrió, fue un comienzo súper civilizado, donde cada uno empezó a correr cuando fue posible sin joder a nadie. Yo comencé a moverme a los dos minutos de largada la carrera, lo que es un tiempo bueno considerando la gente que había. Para donde uno mirara, había una alfombra humana, para atrás y para adelante, el asfalto siempre tapizado de cabezas de atletas.
La primera parte del circuito es todo bajada, para luego remontar en los últimos cuatro kilómetros -150 metros de desnivel-. En esa subida es que se juega la carrera y se queda más de uno, inclusive pibes jóvenes y de buen lomo. Tergat largó cuarto, remontó a segundo y fue en esa subida final que dijo, chicos, dejémonos de cojudeces, puso quinta, pasó al que iba primero y a cobrar (44 minutos 30 segundos). Vamos Berni, pensaba para mi entretela al encarar el principio de esa pendiente -45 minutos después de Tergat-, vamos que vos podés, me alentaba mientras lentamente transcurrían los metros, pasaban las esquinas y el sudor me corría a mares por la espalda y hasta perjudicaba mi visión al humedecer los vidrios de mis lentes. Vamos todavía, Berni, vamos carajo, insistía cuando me veía titubear. Pensá en Paul Tergat, que ya debe estar en el podio hace rato saboreando victoria, Fortitudine Vincimus, resistiendo conquistamos, falta poco, son cuatro cuadras más en subida y el resto en horizontal, dale que podés, no te vas a quedar ahora, ni pensar. Faltaban 200 metros de subida y las últimas dos cuadras en horizontal. Miro mi cronómetro que marcaba 1 hora 25 minutos. Yo consideraba un tiempo bueno poner entre 1.45 a 2 horas, un tiempo muy bueno poner entre 1.30 y 1.45 y un tiempo excelente si bajaba de 1.30. Vi que esta última meta era posible así que aceleré, pasé como a cincuenta o más en ese último medio kilómetro y terminé en 1 hora 28 minutos 30 segundos (posición 7745).
Terminada la carrera, me junté con un amigo que llegó un poco más demorado, nos agarró otra lluvia diluvial pero a esa altura ya no importaba. Volvimos a casa, a celebrar con champagne francés mucho más que la llegada del año nuevo, el feliz final de la mojada carrera.