Maratón de Río de Janeiro (28-6-2009)


Vamos embora, galera! (“¡Vamos todavía, gente!”)


Como quien no quiere la cosa, llegó mi vigésimo tercera maratón y tocó la “cidade maravilhosa”. Arribamos a la ex capital brasileña el jueves y ya el viernes fuimos a la “expo” a retirar el dorsal y el “kit” del corredor. Especial destaque merece la forma en que allí fuimos atendidos. Al darse cuenta los voluntarios por nuestro acento de que éramos extranjeros nos atendieron como si fuéramos atletas de elite o gente importante. No hicimos cola, nos hicieron sentar en un sofá e hicieron todos los trámites para nosotros mientras aguardábamos, algo que nunca he visto ni en Europa ni en los EE. UU. Tamaña eficiencia y amabilidad son propias de los cariocas, sin duda. Pero es probable que estén incentivadas por el deseo de la ciudad de ser sede olímpica en 2016, campaña que ya está en curso con amplia publicidad en los espacios públicos.
Ya contando detalles de la carrera, lo más importante es que la temperatura no ayudó pues hacia 21 grados y mucha humedad, muy probablemente por arriba de 80 %. Y hay dos subidas bravas, especialmente una de ellas, en la Av. Niemeyer para los que conocen Río de Janeiro. La primera del km 21 Al 23 y la segunda del 25 al 27, donde está el Sheraton de Sao Corrado. La carrera transcurre en su totalidad por la “orla” (rambla) desde el extremo sur de la ciudad, al final del Recreio dos Bandeirantes (Recreio Tim Maia es exactamente el lugar de largada), hacia el norte pasando por Barra da Tijuca, Sao Corrado, Leblon, Ipanema, Arpoador, Copacabana y Botafogo para terminar en el “aterro” (terraplén) de Flamengo, ese magnífico parque diseñado en los años 60 por quien probablemente haya sido el mayor paisajista brasileño que fue Burle Marx. Todo el parque es terreno ganado al mar, o mejor dicho, a la bahía de Guanabara.
Momentos antes de la largada nos aproximamos al lugar donde, separados de la multitud, esperan el instante cero los atletas de elite. Sus cuerpos “biafranos” de tan flacos, que ninguna mujer calificaría de hermosos, son para nosotros los corredores el arquetipo de la perfección y la hermosura. Pero ni siquiera un atleta de elite puede o debe subestimar la distancia áurea de los 42.2 kms. En el km 21 pasamos a uno de ellos que había “pinchado” allí y en el 41, faltando apenas un kilómetro, otro de los “africanos” (al menos eso parecían) estaba tirado en el medio del asfalto.
Una característica de esta maratón que nosotros apreciamos mucho, es que si bien la jornada incluye media maratón y hasta una “family run” de 7 kms, las tres competencias arrancan de lugares completamente diferentes, muy distantes uno de otro, evitando que quien va a correr los 42 kms comience con otro atleta que hará una distancia mucho menor, lo que para mí no es bueno. En total, si se suman hombres y mujeres de las tres pruebas, había 15 mil inscritos. Otro aspecto positivo es que la carrera nunca pasa dos veces por el mismo lugar. Odio los circuitos que lo hacen, siendo el más extremo el de la maratón de Montevideo que condena a los atletas a pasar ocho veces por un mismo punto, algo terriblemente aburrido.
Una anécdota: durante la carrera sentí que me picaba la planta de un pie. Al llegar a la meta y cambiarme las medias por otras secas que había tenido la gentileza de llevarnos Fernanda, la mujer de Marcelo, me di cuenta que había corrido sin plantillas lo que pudo ser trágico por el impacto que implica sobre los pies y rodillas. Pero felizmente no hubo ninguna consecuencia negativa que lamentar.
Si lo antiguos marinos napolitanos acuñaron el conocido lema Ver Nápoles, después morir, yo creo que esto hoy bien puede decirse lo mismo de Río de Janeiro. Fue la infinita belleza del litoral carioca nuestro EPO, sus verdes, sus islas, sus olas, su gente, sus árboles y arbustos omnipresentes y exuberantes eran una fuente inagotable de motivación. Solo París puede competir con Río. Todas las demás ciudades, Praga incluida, solo pueden aspirar al tercer box del podio.
El ganador en hombres fue el pernambucano Marcos Antonio Pereira, cuya alegría puede Ud. ver en la foto al final de estas líneas, con 2.17.10. Le ganó a los favoritos kenianos Willy Kongogo y Robert Cheruiyot, que salieron segundo y cuarto respectivamente. Desde 2003, ningún extranjero consigue ganar la maratón de Río de Janeiro, algo raro si se tiene en cuenta el predominio que los africanos tienen en casi todas las maratones del mundo.
Nosotros pusimos 3.29.49 lo que nos ubicó en la posición 330 de 1868 hombres que completaron la maratón, o sea, 17.6 percentil. Yo salí en la posición 27 de 216 en mi faja etaria (hombres de 50 a 54 años) o sea 12.5 percentil. Marcelo en la posición 56 de 327 en la suya (45 a 49) o sea 17.1 percentil. Este tiempo fue además marca personal para Marcelo, lo que sumado al pasaje a Boston que compró en Río de Janeiro hace de esta jornada algo comprensiblemente inolvidable para él. Para mí fue el cuarto mejor tiempo de mis 23 maratones (tengo 3.20.30 en Barcelona que espero no solo recuperar, sino superar). Ambos terminamos enteros como para pegarle mañana a la bici o meter un fondo.
En mujeres ganó la también brasileña Marizete de Paula con 2.42.46. Yo siempre menciono la victoria femenina, pues una carrera no tiene un vencedor sino dos. Ganar en mujeres es tan difícil y meritorio como hacerlo en hombres, pero muchos se quedan con el primero en cruzar la línea de llegada, que necesariamente siempre es hombre.
Nuestro éxito y gran tiempo obtenido en Río de Janeiro es fruto del trabajo duro pero fruto también de la calidad profesional de nuestro entrenador, Gastón Aldave a quien debemos gran parte de este triunfo. Y también a nuestra nutricionista, Patricia Minuchin que nos hizo perder a cada uno 5 kgs de lastre sin perder fuerza, al contrario, nos sentimos ambos mas fuertes que antes. Llegamos de la mano, corrimos todo el tiempo juntos, con profesional regularidad en 5 mins +/- 15 segundos todos los kms.
Trabajar duro durante meses paga. No comer comida inadecuada, no beber alcohol, paga. Pedalear en la reserva al mediodía, paga. Uno luego de un día como este no hace otra cosa que reforzar la convicción absoluta de que este es el modo de vida de uno por más que los sedentarios no lo entiendan. Si algo hay para hacer aún más estrictamente en el futuro, ambos lo haremos. Los resultados motivan a ello. Estimulan, convocan.
Ahora Marcelo correrá la maratón de Boston, la más noble y selecta del mundo, pues con este tiempo califica para ello. Yo ya la corrí y mi lema es no repetir ciudades. Como los marineros, que aman una vez y cambian de puerto, yo corro y cambio de ciudad sin repetir asfaltos, sin volver la vista atrás. Como decía Machado, viendo la senda que nunca he de volver a pisar. Así que nuestro equipo se separa, pero solo por una vez. Antes corremos juntos La Misión (150 kms. de montaña en una etapa en la Patagonia, con mochila) y el Columbia Cruce de los Andes (100 kms. de montaña en tres etapas a través de la cordillera de los Andes). Luego él corre Boston y yo la Marathon des Sables (240 kms por el desierto de Sahara con temperaturas de hasta 50 grados, con mochila cargada), estas dos últimas en abril 2010.
Corrió un indio –ver foto adjunta-, descalzo y con todos su atuendos tribales –sombrero de plumas, pollera de paja- y demoró apenas un minuto más que nosotros, algo increíble que obviamente trajo a nuestras memorias la gesta que creíamos irrepetible del etíope Abebe Bikila que en la maratón de las Olimpíadas de México 1968 también compitió descalzo y obtuvo medalla de oro. Cuando le pregunté al indio si de veras iba a correr descalzo –estaba a mi lado en la largada- me contestó: “No sé correr de otra manera”.
Mención aparte merecen los muy frecuentes restaurantes por kilo de Río de Janeiro. Nos permitieron hacer la mejor carga de carbohidratos (“carboloading”) que yo recuerde haber hecho en todas mis maratones. A precio razonable, se puede comer muchos carbohidratos y de fuentes variadas, no solo pasta.
A la línea de llegada no llegamos solos. Con nosotros estaban de alguna manera presentes Vicente, Rubén y Gastón. Pa´ que naides quede atrás.

Los cuatro jiinetes del apocalipsis


Y se fue otra edición del Columbia Cruce de los Andes, la octava en general y la quinta para mí. El desafío que se me presentaba entonces, al sentarme frente al teclado a garabatear estas líneas era, es: ¿Cómo contarlo sin repetir los recursos literarios o estilísticos usados en las cuatro narraciones anteriores? ¿Habría algo nuevo, algo que ya no hubiera narrado a mis lectores en algunos de los cuatro Cruces previos? Pues sí. El Columbia Cruce de los Andes siempre es distinto, como lo son los días aunque todos ellos empiecen con un amanecer y terminen con un ocaso.
Se anunciaba como el más difícil y más duro de los ocho Cruces y lo fue, aunque no por tanto. Fue sin duda, eso sí, el más multitudinario. De 80 corredores que dicen había en la largada de la primera edición allá en el lejano 2001, hemos pasado a más de mil -1006, para ser exactos-. Muchas cosas son comunes a todos, empezando por el formato de la competencia que es el siguiente: se corre en tres días, de viernes a domingo. Comienza siempre en las proximidades de algún pueblo patagónico de la Argentina para terminar unos pocos kilómetros dentro de territorio chileno. Se corre por la mañana y por la tarde se acampa en las orillas de un lago paradisíaco, como suelen ser casi todos los lagos patagónicos tanto chilenos como argentinos, a donde la organización traslada todos los elementos de campamento para todos los equipos, además de baños, agua, comida, etc. Al día siguiente, todo se repite.
Los campamentos, aún más que las bellezas de la última tierra prístina del planeta, como muchos llaman a la Patagonia, son el mayor atractivo de esta competencia y lo que la ha llevado a ser la más convocante en todo el continente americano. En ellos reina y campea un clima único, indescriptible, de camaradería infinita inhallable en cualquier otro lugar del orbe. Esos campamentos son el mundo como debería ser el mundo real. Donde la gente encuentra cámaras de fotos y las devuelve para que sean entregadas a sus dueños. Donde todos dejan sus enseres para irse a bañar al lago y jamás encuentra nada faltante. Donde se comparte yerba y pastas y olla y protector solar y, si se tiene suerte, masajes con la vecina de carpa. Donde a uno no lo miran como un loco por entrenar como un demente todos los días como nos sucede a todos todo el resto del año. En esos campamentos estamos rodeados de iguales, somos todos colegas.
La primera jornada fue dura, aunque no mortal. Arrancó en el lago Lolog para terminar en la laguna Verde luego de unos 38 kilómetros y 500 metros de desnivel vertical. En el campamento de esa jornada, la casualidad nos llevó a acampar al lado que quien también nos había llevado a acampar el año pasado: Aurelio Antonio, alguien tan buen corredor como ser humano a quien como digo ya conocíamos Rubén y yo desde el año pasado. Aurelio pertenece a esa subraza de corredores que también integra Alex Krautner: corredores de elite, tipos a los que todos envidiamos y miramos con nada oculta admiración, pero que jamás se la han creído, a los que nunca se les subirán los humos. Alex –eterno campeón del circuito YPF- es capaz de juntarse un sábado con los amigos míos a correr un fondito, Aurelio de platicar o intercambiar mails con absolutamente cualquiera que se le acerque, fuere quien fuere.
Muchos de los viejos conocidos del Cruce no dieron el presente este año, tal vez cansados de repetirlo, tal vez con otros objetivos deportivos este año. Pero algunos son infaltables, adictos como yo a este maravillosa carrera. Allí estaba Adrián Rodriguez y también Daniel Rearte, cuyo currículum sé que no viene a cuento pero igual voy a contar al menos sucintamente para todos: Daniel es uno de los siete argentinos en haber sobrevivido la Maratón de Sables y de lejos el mayor de todos (la corrió a los 57). Así que ya ven la clase de amigos que uno puede hacerse en estos campamentos.
En el campamento del primer día Rubén y yo vimos que teníamos un problema serio. Rubén había olvidado su Documento de Identidad en San Martín de los Andes y sin él no es posible entrar a Chile y por tanto, terminar la competencia. Todas nuestras expectativas de disfrutar de una maravillosa prueba física estuvieron por estallar en pedazos. Nos salvó Silvina Gómez, la encargada de prensa del Club de Corredores, que además de poseer los encantos que son evidentes con solo mirarla, posee además un enorme deseo de ayudar. Lo llevó a Rubén a San Martín y lo trajo de vuelta al día siguiente, bien temprano, justo a tiempo para la largada del segundo día
Oxy, la empresa para la que trabajo, estaba muy bien representada. No me refiero a mí, claro, Ud. me conoce y sabe que nunca hablaría de mí en estos términos. Lo estaba por una equipo femenino integrado por Dolores Arguelles y Florencia Rubio quienes pese a estrenarse en el Cruce en esta edición, tuvieron un desempeño muy notable para empezar completándolo, lo que no es poco si se considera que fue el más difícil y que todas las noches, salía del campamento un ómnibus con los corredores que habían decidido abandonar. Pero hicieron mucho más que completarlo: salieron 29 de 70 en su categoría, o sea, en la primera mitad.
La segunda jornada fue de uso 26 kilómetros con muy poco desnivel vertical, unos cien metros. El día “light”, digamos. Una segunda noche de campamento esta vez a orillas del lago Huechulaufken nos puso en la alborada del tercer y último día de carrera. Cuando me levanté, me dolían tanto los cuádriceps que pensé que no solo no podría correr los 36 kilómetros que nos separaban de la línea de llegada en Chile, sino que ni siquiera podría llegar al baño. Pero el cuerpo entrenado todo lo resiste, y bastaron un par de kilómetros de calentamiento, para que uno estuviera otra vez corriendo y disfrutando como el primer día. Esta jornada tenía un importantísimo desnivel vertical, unos 1200 metros que llevaban hasta la mitad aproximadamente, de la altura del Lanín, que es probablemente la más bella montaña de la Argentina y en cuya cumbre también he puesto mis pies alguna vez. La vista que teníamos de la que por su forma cónica es llamado a veces el Monte Fiji argentino era inenarrable de tan hermosa. Y una vez llegados a la cumbre, oh bendición del Señor, venía una extensísima bajada hasta un camino o sendero de autos, por el cual se correrían unos ocho kilómetros hasta la llegada. En el medio de esa bajada me pasa como alambre caído Carlos Etcheverry y su compañero. Carlos es un compañero o colega de trabajo, de otra empresa del rubro oro negro. Yo no estaba dispuesto a permitir que un conocido me ganara así que recurrí a mi arma secreta, mi último recurso: el “zapatillazo germano”. Así llamo yo a la forma de bajar a mil kilómetros por hora que aprendí de Alex Krautner, mi compañero del primer Cruce de los Andes. Antes de conocerlo a Alex, yo bajaba laderas tan rápido como una octogenaria artrósica de 120 kilos, él me enseñó a posicionar las rodillas a la altura adecuada, a establecer un ángulo correcto entre el eje del cuerpo y el piso y sobre todo, a perder el miedo a romperse la crisma, a confiar en lo que uno posee: el instinto de corredor. Así que pues, yo tenía ventaja pues haber aprendido con Alex es como entrar a una facultad de Física luego de haber tomado clases particulares con Albert Einstein. Salí disparado y fue este uno de los pocos tramos en que tomé la punta del cuarteto que formábamos con Paulo, Rubén y Pepe, que me preguntaban ¿qué pasa Berni? “Ya les contaré, ahora métanle” les decía yo. Yo puedo tolerar, porque no puedo evitarlo, que me pasen decenas de desconocidos. Pero cuando me pasa un amigo o conocido, es como que me nace el indio de adentro, el buen salvaje que llevo en las entrañas sale disparado como una flecha empujada por el Pampero. Terminamos alcanzando y pasando a Carlos que mostró todo su profesionalismo cuando me dijo en el aeropuerto al retornar: “Una parte del gran tiempo que hicieron nos lo deben a nosotros que los motivamos”. Tiene razón y se dio cuenta de cómo pasó todo.
Esta tercera y última jornada que aquí estoy torpemente intentando describir para Ud., mi querido y fiel lector, fue una de las experiencias deportivas más impactantes de mi vida. Desde el arranque, Rubén y yo corrimos junto a otro equipo formado por mi gran amigo José “Pepe” Mostaza –que ya tiene cuatro Cruces en sus espaldas- y su compañero, Paulo Belluschi. No nos habríamos de separar ni un metro, ni un segundo en toda la etapa. Ninguno se los cuatro se quebró nunca, ninguno se cayó, ninguno se quedó atrás, ninguno arrugó, ninguno tiró la toalla. Pero esto no sale solo en un grupo. Todo equipo tiene un líder, que puede ser natural o impuesto, como saben los que de teoría de grupos y liderazgo han estudiado. El nuestro surgió solo, que es como nacen los grandes líderes y fue claramente Pepe que llevó casi todo el tiempo la punta del grupo. Él decía cuando se caminaba –cuestas bravas de mucha pendiente- y cuando se volvía a trotar, decisiones claro que el grupo no osaba cuestionar, como corresponde. Él motivaba cuando, ya cercanos a la llegada, apuraba para mirar si se veía el arco de llegada y hacernos señas para darnos fuerzas. Él preguntaba para atrás donde estaba tal o cual, si fulano o mengano venían bien. Supo sacar el máximo de todos nosotros, hacernos entregarlo todo pero sin llegar al colapso. Rubén y yo no tenemos ninguna duda que nunca habríamos hecho el tiempo que hicimos en esa jornada sin Paulo y en particular, sin el liderazgo de Pepe. Juntos atravesamos la línea de llegada, las manos juntas y en alto, en una foto que entrará en la Historia Grande del deporte.
En determinado momento, ya sobre el camino de autos en el que concluye la carrera, le dije a todos que nos pusiéramos “los cuatro en línea, como los cilindros de un auto”. Y así hicimos. Yo me imagino la imagen que podría ver quien nos mirara de frente: cuatro hombres invencibles, orgullosos de su logro, arrolladores, destruidos pero impetuosos, corriendo hacia la gloria. Y ahí el título que decidí darle a estas líneas surgió solo: Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis vinieron a mi cabeza en el grabado de Durero que reproduzco al comienzo de este texto.
Fue el más internacional de todos los Cruces, pues había participantes de 15 países, y muchos de los extranjeros que nos visitaron hicieron podio. Ganaron en la general Aurelio y Salvador –españoles como ya dije- con asustadores 9.39. –o sea, nueve horas y media- Para que se haga una idea de lo que este tiempo significa, de cuan notable es, sepa que nosotros hicimos 15.00 y el último puso 30.47. En otras palabras, hubo casi un día completo de diferencia entre Aurelio y Salvador y el equipo que terminó en la punta opuesta.
Dos norteamericanos fueron los primeros en la categoría 80+ (o sea, parejas cuyas edades sumadas igualan o superan los 80 años). Españoles también fueron los ganadores de la categoría mixta, y brasileños los segundos. La categoría en la que corríamos Rubén y yo, 100+, que yo llamo “geriátrico”, fue al igual que el año pasado copada por los marplatenses que metieron los tres primeros puestos. Así que ya sabe, si quiere envejecer en plenitud, múdese a Marpla, que allí el agua y el aire tiene propiedades mágicas. En realidad, Ud. y yo sabemos que esto no es cierto, que no es la magia sino el esfuerzo de una generación de veteranos marplatenses que son tan buenos corredores como seres humanos -Rearte y Gáspari son de esa camada- y a los cuales uno sabe, no vencerá nunca. Queda el consuelo de saber que son buenos tipos, porque peor sería perder con tipos antipáticos.
Al llegar le dije a Rubén que ni buscando entre todos los corredores del país y aún del mundo, yo encontraría mejor compañero que él. Y lo sigo pensando francamente. Pues corremos igual, nos entendemos y tenemos espíritu de equipo. Siempre tiramos juntos del carro y eso es un capital valiosísimo que no todos los equipos poseen. Salimos 5 de 38 (13 percentil) en la categoría y 66 de 503 (también 13 percentil) en la general. Un resultado muy notable pero nos quedamos con la frustración de no haber alcanzado el podio.
Un detalle que ninguna crónica suele resaltar: el Cruce lleva ocho ediciones y nunca tuvo una tragedia que lamentar. Piense en el Dakar, piense en el Tour de Francia, en todas esas competencias ha habido víctimas fatales. Que no las haya habido en el Cruce es en parte por la suerte, pero sobre todo por la organización cuidadosa, la observancia de detalles, el criterio del "tordo" del Club que la tiene reclara.
Yo he tenido la suerte de correr por todo el mundo, todo tipo de carreras. Pero el día que no pueda correr más y solo tenga fuerzas y aliento para contar mis aventuras juveniles a mis nietos sentados en mis rodillas, será el Columbia Cruce de los Andes la que les narraré antes que ninguna otra.

Corredor: si Ud. no ha corrido el Cruce, es como si no ha corrido una maratón: Aún no conoce la vida. Ni el compañerismo. Ni la gloria.

Maratón de Buenos Aires 12-12-2008

También de derrotas está hecho un corredor

Yo venía de correr la maratón de Punta del Este hace apenas cinco semanas, en dignos 3.33.54. Hace dos, había corrido con temperatura y en un tiempo también digno, la media maratón de Toulouse. La lógica indicaba abstenerse de correr hoy, 12 de octubre de 2008, la maratón de Buenos Aires. Pero a los adictos nos cuesta abstenernos. Gastón, mi entrenador, me había advertido de la inconveniencia de tal arriesgada apuesta.
Pero no pude resistir la tentación y hoy a las 7.30, con 18 grados de temperatura, garúa leve, nada de viento y 97 % de humedad ambiente, estaba parado junto a Rubén, Vicente y Gustavo en la línea de largada de la octava edición de la Maratón de Buenos Aires.
Hasta el km 22 venía bien. Pero allí sentí tirones en los isquiotibiales que es posible sentir en el km 39 o 40, nunca antes. Desde allí al 31 el dolor fue aumentando y se agregó dolor de “bazo” (lo pongo entre comillas porque mi amigo el “tordo” Delmonte me dijo que en realidad, no es el bazo lo que nosotros, el vulgo, denomina con ese nombre). En ese kilómetro me dio un calambre brutal, que me hizo caer el piso como si hubiera recibido un tiro en el pecho. Esto sólo me pasó una vez, en mi primera maratón hace lejanos nueve años. Felizmente se encontraba en las proximidades un profesor de los grupos de “running” de Nike que se ofreció a elongar mis doloridas piernas. Sus hábiles y profesionales manos si bien no hicieron milagros, consiguieron hacer que lo peor del dolor pasara y al menos, pudiera volver a ponerme en pie y esbozar un trote lento. Quedaban aún 11 kms en condiciones meteorológicas adversas, con un calambre brutal –insisto, no eran simples tirones- y con dolor ahora en los dos lados del estómago. Pensé por un instante en abandonar, cuando, como de la nada, apareció él.
MOY: Lo veo inusualmente deteriorado, Coronel, ¿qué ha ocurrido?
Berni: Lo que Ud. ve General, que a mis años se puede correr maratones, pero dos en cinco semanas, como que es un poco mucho. Estoy fundido y pronto para tomarme el primer taxi que pase rumbo a casa.
MOY: Debo haber oído mal seguramente, porque abandonar no es una opción en nuestro ejército, Coronel. Lleva Ud. 22 maratones sin contar ésta y no ha dejado de completar una sola. Ésta no será la primera. Antes que verlo convertido en un DNF, lo hago fusilar.
(Nota del Editor: “DNF” es la abreviación de “Did not finish” o sea “No completó” y es el fatídico rótulo que se pone en los países anglosajones al lado del nombre del corredor que tuvo que abandonar sin haber cruzado la línea de llegada. Para un corredor, es psicológicamente tan fuerte como tener una noche de impotencia)
Berni: Pero General, no tengo piernas, ni vientre. Quemé bielas, junta, cigüeñal y la homocinética.
MOY: Ud. ha escrito innumerables veces Coronel que un corredor de raza no corre con las piernas, sino con la cabeza.
Berni: Pero General, eso es una figura literaria, una licencia poética, no es para ser tomado literalmente.
MOY: ¿Una qué? No me venga con cojonerías para intelectuales, Coronel, nosotros somos soldados. Sus órdenes son dejar las piernas a un lado si es que ya no sirven y seguir corriendo.
Consciente de que convencer a MOY de cambiar de idea es aún más difícil que lograr que Rico Mac Pato le dé a uno un duro, me resigné a seguir corriendo, a puro huevo, con las manos hundiendo el o los bazos para dentro para morigerar el dolor y resistiendo el calambre con los dientes apretados.
Así, en humillantes 4.16.00 atravesé la línea de llegada, lo que representa 42 minutos más que lo que demoré en Punta del Este y mi segunda peor marca de todos los tiempos. Totalmente aniquilado, pero satisfecho de haber al menos completado la distancia madre de todas las distancias una vez más, y en condiciones terriblemente adversas.
Me acordé de lo que Sam Moussabini, el entrenador de Harold Abrahams, uno de los atletas ingleses retratados en “Carrozas de Fuego” le dice a Eric Liddell luego de que éste, en una carrera de 400 metros y después de haber sido enviado al suelo por un corredor torpe o mal intencionado, se levanta y, corriendo como una chita, rugiendo como un león, arrojando hacia atrás la cabeza como era su marca registrada, termina ganando. Moussabini en la película –que he visto más de veinte veces- lo toma de la cabeza cuando Lidell yace “muerto” instantes después de su increíble y hasta ahora jamás repetida victoria y le dice: “He visto carreras más elegantes, joven. Pero ninguna tan corajuda”
Yo tiendo a creer que las leyes de la física, la anatomía o las del paso del tiempo, no me aplican a mí como a los demás mortales. Que fueron creadas por Dios para otros, no para mí. Estoy firmemente convencido de eso. Curiosamente no tengo tal soberbia con las leyes de los hombres: jamás he hecho abuso de poder, ni siquiera cruzado un semáforo con luz roja en costanera a las seis de la mañana cuando voy a entrenar. Pero jornadas como la de hoy le dan a uno un baño de humildad y le recuerdan que, aunque uno se crea Superman, no deja de ser un simple Clark Kent.
Rubén tuvo problemas similares a los míos y puso 4.10. Vicente terminó vomitando los dos últimos kilómetros pero así y todo puso dignos 3.40. Aún no sé qué tiempo hizo Gustavo. Hoy corrió Marcelo en Edinhoven, Holanda, donde puso exactamente el mismo tiempo que yo en Punta del Este, bajando su marca personal en la friolera de once minutos.
Leo hoy lunes, feriado dedicado a recomponer el destruido organismo, que Sandra Torres, una de nuestra dos grandes corredoras –junto con Florencia Gorchs –una es reina en el asfalto, la otra en el “off road”- que ayer ganó, piensa dejar el atletismo. Le voy a escribir para decirle que eso, simplemente no es posible. Dejar el atletismo competitivo, supongo que quiso decir eso el periodista, tal vez. Pero parar de correr, inimaginable para Sandra o cualquiera de nosotros.
En resumen, ninguno de nosotros tres –Rubén, Vicente y yo- la tuvo fácil hoy. Pero seguiremos en esto hasta el último día de nuestras vidas, sabiendo que hay días buenos y malos en el deporte y en todos los demás aspectos de la vida y que uno no puede dejarse bajonear por los últimos.

Sabedores que la gloria se conquista.

Maratonistas.

Eso somos

Maratón de Buenos Aires - 4 de noviembre 2007

Si este fuera otro relato de una maratón que corrí no tendría nada de inusual. Lo he hecho en casi todas las que he disfrutado por el mundo. Pero esta es la historia de una maratón que no corrí, o tal vez sí, vaya a saber.

Digo que tal vez la corrí porque Bárbara me dijo durante la mañana: “Hasta cuando no corrés, estás pendiente del clima y del devenir del tiempo como si estuvieras corriendo” Es que corrían mis amigos, que es casi como si yo mismo lo estuviera haciendo.

La noche anterior salí a cenar y un viento fuerte y arremolinado me hizo temer que mis amigos tuvieran condiciones adversas al día siguiente, pero felizmente, había cesado para la madrugada. Me levanté a las seis, para ver el tiempo por la ventana, salí a sentir la temperatura y enseguida llamé por celular a los amigos que pude encontrar. Para darles ánimo, para darles apoyo como ellos me dan a mí todos los domingos, cuando, con los unos o los otros, corremos sea en la Reserva de la Costanera Sur, en las afueras de la fábrica o alrededor del Hipódromo de San Isidro.

Ellos son muchos: Juan (Spósito), Juancito (Juan Buenanueva, lo llamamos así para distinguirlo de su compañero de trabajo y amigo común, Juan Spósito, también corredor), Martín (Calandra), José (Moya), Gustavo (Arias), Rubén (Spósito), Marcelo (Rodríguez), Gabriel (Carpenter). Aldo (Teodori) y Vicente (Dragobratovic). Puede parecerles raro que lo ponga a Vicente en la lista cuando, como yo, no corrió la maratón de Buenos Aires del domingo 4 de noviembre de 2007. Iba a correr en la víspera la K42, una maratón de montaña que tiene lugar en la Patagonia el mismo fin de semana pero por motivos personales no pudo hacerlo. A mi me pasó algo similar. Bajones varios, físicos y psicológicos, que se sumaron a una lesión de tendón de la cual no me recuperé del todo pese a una semana y media de kinesiología, me dejaron al margen. Pero Vicente corrió con su espíritu, como corrí yo. No preciso ni preguntárselo, lo sé. Los demás corrían todos con sus piernas. Les tocó un circuito complicado, con muchos kilómetros de una autopista que incluye o contiene un número excesivo de subidas y bajadas, desniveles que uno ni nota cuando la recorre en automóvil, pero que destruye las piernas cuando se trata de sobrellevarlas en una distancia de más de 42 kms.

Marcelo hizo 3.45 mejorando su PR. Gustavo 3.37 y también estableció una nueva marca personal. Martín, Juancito y José –que debutaba en esta carrera- establecieron notables 3.40. José era un “falso” debutante. Si bien es cierto que esta fue su primera maratón, ha dado tanta cantidad de señales de ser un corredor de raza en estos meses, que todos sabíamos que iba a hacer un tiempo como este. De hecho, yo le anticipé una marca muy cercana a la que concretó. Juan hizo 4.03 y si no quebró su marca personal esto es en gran medida debido a que la había mejorado tanto en los últimos dos años, que el continuar haciéndolo hubiera simplemente roto las leyes de la física.

Aldo –a quien conocimos con Rubén corriendo el Empalme de Lobos, una carrera de 30 kms sobre tierra, bajo el rajante sol de enero- hizo 3.21 y creo que es también nueva marca personal. Notable tiempo si se piensa que Aldo es de los pocos de nosotros que lleva algo más de medio siglo sobre el planeta (yo estoy por alcanzarlo pero por suerte, aún no he llegado). Otra enorme alegría me la dio Gabriel. Gabriel sí era un debutante con todas las letras. Dejó de fumar hace no mucho, tenía tan pocos fondos sobre los hombros, tan poco castigado el organismo, que yo llegué a decirle que llevara dinero para un taxi por si tenía que bajarse en la mitad. Claro, yo desconocía la fuerza que anida en el alma de Gabriel. Destruido luego de quebrar el “muro” en el 32, totalmente exhausto en el 38, veía los cuerpos de muchos corredores caminando o simplemente, tirados al costado del camino. Pero siguió. Y sacando inspiración del alma, algo que solo consigue hacer un corredor de raza como Gabriel dio pruebas de ser, atravesó la línea de llegada en heroicas 4 horas y 50 minutos que tal vez sea, lo más memorable de todo lo que he narrado. En nombre de todos los otros nombrados, Gabriel, bienvenido al Club de los que saben lo que es el esfuerzo máximo. De los que no precisan palabras para hacerse entender ni para transmitir emociones.

Rubén no pudo completar la maratón y abandonó en el 32. A quienes de esto poco entienden, puede parecerles que esto es un fracaso, que de alguna manera muestra que se equivocó en algo. Yo tengo una lectura totalmente diferente: muy por el contrario, para mí es muestra del profesionalismo de quien me acompañó en el último Cruce de los Andes y me acompañará en el próximo. Porque solo los aficionados corremos para completar carreras, no importa en qué tiempo. Ellos, los “pros” van por marca o por abandono. A ellos no les sirve en absoluto atravesar la línea de largada en un tiempo que olvidarán al día siguiente. No completaron maratones (o sea se transformaron en lo que en la jerga llamamos DNF o sea Did Not Finish) corredores de la talla de Bill Rodgers, Paavo Nurmi, Juan Carlos Zabala, Oscar Cortinez, Abebe Bikila y más recientemente Paula Radclife entre decenas de otros, pero para restringirme solamente a corredores mundialmente conocidos, los mejores de su país o el mundo en su momento. Ninguno dejó por ello de ocupar un lugar en la Historia de nuestro deporte.

Se pone el sol del domingo 4 de noviembre de 2007. Hoy yo corrí la K42 en la Patagonia aunque haya tenido que bajarme sobre el pucho de la maratón de Buenos Aires y este año no haya estado jamás en mis planes correr la K42. Hoy yo me quedé en casa y miraba el reloj y le decía a Bárbara cada veinte minutos: “en este momento Fulano está en el Km. tanto y Mengano ya está llegando”. Hoy yo hice marca personal, hoy yo no hice marca personal, hoy tuve que abandonar, hoy debuté. Hoy lloré por quedarme en casa, lloré por la victoria, y hoy también maldije el calambre que me hizo abandonar faltando 10 miserables kilómetros, el entrenamiento de un día “Light”.

Porque cuando corren mis amigos, yo corro en ellos.

Cruce de los Andes 2008


Para Sergio y Norberto, por marcarnos el camino

Una de las carreras más reputadas de la Argentina es el “Columbia Cruce de los Andes”, evento que organiza el Club de Corredores que dirige con solvencia Sebastián Tagle y patrocina la casa de ropa outdoors norteamericana.
El “formato”, como se dice ahora, es el siguiente: la carrera dura tres días y consiste en atravesar los Andes de Argentina a Chile -o viceversa-, cada año por un paso diferente. Este año fueron aproximadamente 80 kilómetros en total y el paso elegido fue el de Pérez Rosales (que no debe ser confundido con el paso de mucha mayor envergadura y ruta asfáltica, denominado “Vicente Pérez Rosales”), en la provincia de Río Negro, Patagonia Argentina. Realmente me pareció justo que el que parece será el último Cruce en la Argentina, pues según se dice el próximo tendrá lugar enteramente en Chile, homenajeara de esta forma a ese notable chileno que fue Pérez Rosales, de alguna manera el Perito Moreno chileno. Aventurero de zonas jamás caminadas antes por un ser humano, fue parte de la fiebre del oro en California, el primero en internarse en la selva valdiviana del sur de Chile, cuyos bosques de alerces, cohiues y lengas eran tan cerrados que para abrirse camino en ellos Pérez Rosales usaba dinamita. Es claro que en esos años no había preocupaciones ecológicas. Atravesó varias veces la frontera andina, fue exiliado político, diputado, contrabandista, hizo de todo. Escribió un libro bello e injustamente olvidado que recomiendo mucho, titulado “Recuerdos del Pasado”. Todo aventurero debería disfrutarlo.
Durante el Cruce de los Andes se acampa en las orillas de lagos paradisíacos a cuyas costas la organización ha llevado las carpas de los participantes, así como sus pertenencias generales. Se corre con una mochila pequeña, de hidratación, en la cual se carga el camelback -especie de bolsa de líquido de la que se puede tomar sin parar ni un instante de correr ni tener que bajar la velocidad- y elementos varios que la organización exige sean cargados por los equipos de participantes por si se presentara alguna situación de emergencia (ropa adicional, botiquín, vivisac para dormir a la intemperie, etc.).
La inscripción para la carrera, que tiene lugar en febrero, se abre en junio, y en 20 minutos se agotan las 450 plazas, pese a que cuestan 500 dólares por equipo. Esto da una idea de la brutal convocatoria que esta competencia tiene tanto en la Argentina como en el extranjero.
Cada día el campamento es trasladado por la organización, como decía, durante las horas en que los corredores están haciendo su trabajo, o sea, corriendo. Uds. pueden hacerse una idea del espíritu que reina en un campamento gigantesco, que parece Plaza de Mulas para los que conocen el Aconcagua, donde hay casi 900 corredores, hombres y mujeres de todas las edades y, en este año, de 16 países del mundo. Buena onda y solidaridad forman el aire que se respira en ese campamento. Buen humor y ganas de pasarla bien son la sustancia de que está hecho el viento que viaja entre las carpas. Se charla con todo el mundo, sobre cualquier tema. Todos están predispuestos positivamente a socializar.
La mayoría de los corredores aprovechan la circunstancia para pasar una semana en el hermoso Sur Argentino, pero Rubén, mi compañero de equipo, y yo, teníamos poco tiempo disponible por lo que viajamos en avión a Bariloche la víspera.
El día siguiente, viernes 8 de febrero de 2008 comenzó la carrera desde las orillas de lago Mascardi. Muchos de ustedes no son argentinos y no conocen el sur de este país. Y lamentablemente, tampoco lo conocen muchos nacionales. Déjenme decirles que es hermoso, de una belleza tan seductora y cautivante que ha llevado a cientos y miles de personas a abandonar todo en sus lugares de origen y continuar sus vidas allí. Pero no crean lo que yo digo. Miren lo que hacen los grandes millonarios norteamericanos. Se compran enormes propiedades en el sur –argentino o chileno, ambos maravillosos-. No lo hacen en la campiña francesa, ni en el interior de México ni en Ucrania, sino en la Patagonia. Construyen aeropuertos privados con capacidad de recibir jets, para usarlos como mucho media docena de veces por año. Si los que pueden elegirlo todo eligen nuestro sur, creo que no hay que agregar más nada.
Instantes antes de comenzar, cumplimenté mis tres cábalas, como hago siempre, sin excepción, en todas las carreras. Ellas son: persignarse a la manera tradicional, hacerlo luego à l´agnostique que consiste en tocar el suelo con los dedos centrales de la mano derecha para llevarlos luego suavemente a los labios, y finalmente, mirar al cielo, con la vista en unos 45 grados respecto de la horizontal -o vertical- y proferir un: “God, in your hands I commend my spirit”. Fue una de las últimas frases de Cristo y quieren decir: “Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Es claro que Jesucristo las dijo en arameo, pero mi cábala es en inglés, vaya a saber por qué.
La primera etapa fue de veintisiete kilómetros de montaña, yendo desde el extremo noreste del lago Mascardi –vamos, agarre un mapa para seguirme bien- al extremo este, donde desemboca el río Manso. Tenga cuidado al mirar la carta, ¡pues hay tres ríos con igual o parecido nombre! El desnivel vertical fue de unos 500 metros y nosotros lo dejamos atrás en algo menos de cuatro horas. Hacia el final de esta primera jornada se atraviesan tres ríos de aguas tan pero tan frías, que muchos, casi todos, sentimos las piernas acalambradas –agujetas, como denomina a esa sensación Aurelio Olivar, un español muy simpático de quien pronto les hablaré- y nos tomó algunos segundos que parecen infinitos en una carrera, antes de estar en condiciones de retomar la velocidad.
El campamento fue un hermoso pandemonium, como ya he adelantado. Alguna foto saqué y probablemente esas fotos, si yo las incluyera aquí, describirían mucho más y lo harían mucho mejor que mis torpes palabras, lo que bullía en el lugar. Pero si yo recurriera a imágenes haría trampa. El desafío de un escritor es describir con palabras.
Cientos de pares de zapatillas intentando vanamente secarse bajo la gracia del sol tenue de la tarde sureña, cuerpos destruidos procurando con igual éxito sanar sus heridas para poder correr al día siguiente. Pies desnudos apoyados sobre cajas pidiendo a Dios clemencia y masajes. Gente lavando ropa, corajudos tomando baño en las aguas del lago, decenas de carpas levantándose para conformar una ciudad precaria que habría de desaparecer al día siguiente, viviendo así menos que un diario. Curiosamente, una ciudad cuya esencia es la volatilidad, lo efímero, es al mismo tiempo custodia de lo único verdaderamente permanente: la amistad y la pasión por el sano deporte.
En ese campamento conocí a Daniel Rearte, amigo internético desde hace ya algún tiempo, corredor de raza y hombre con quien comparto una cosmogonía –término que no sé bien qué significa, pero que yo uso para referirme a una visión de la existencia, del destino del hombre y del sentido del deporte-. Daniel corrió la Marathon des Sables y sobre esta experiencia escribió un notable texto, de elevada calidad literaria y excepcionales valores motivacionales y descriptivos, que “colgué” en mi blog donde puede leerlo quien ame este deporte. Daniel forma parte de una gran comitiva de 13 equipos, todos ellos miembros de Le Group, probablemente el mayor grupo de corredores de Mar del Plata, y que comanda Pablo Sepúlveda. Me atrevo a sugerir a todo corredor marplatense que se acerque a Pablo, pues si puso tanto equipo en las primeras posiciones, el hombre del tema debe saber no poco.
El médico del Club de Corredores, como todos los años, enloquecido reventando ampollas, sacando uñas, atendiendo desmayos, lipotimias, esquinces y simples temores. Un alambrado cargado en toda su extensión de remeras todas iguales secándose al sol, hombres tirados en el pasto disfrutando de ese lindo paisaje que son las corredoras cambiándose de ropa, olor a hamburguesas, unos belgas con los que practico mi francés, y mate, mate por todos lados acompañando como lo ha hecho siempre el ocio y la charla social de los argentinos. Éste recomendándole a aquél una crema para dolores musculares. Aquélla prestándole sin devolución a su vecino un huevo o un puñado de yerba. Todo esto y mucho más, veía yo desde mi silla privilegiada.
Yo miraba todo este panorama, decía, y me sentía bien. Qué más se precisa para ser feliz en la vida que estar con el cuerpo destruido, departiendo con amigos y rodeado de una humanidad deportista y comprensiva. En este campamento conocimos a dos equipos formados por atletas bien interesantes. Uno de ellos, que compite en caballeros menores de 80, o sea, la categoría “madre de todas las categorías”, formado por el español Aurelio Olivar y el etíope Fikadu Bekele. Obviamente se hicieron muchas bromas sobre el apellido de Fikadu pues uno de los mejores corredores del mundo y actual detentor del récord mundial de 10 Km. también se apellida Bekele. Pero no son parientes, parece que el apellido Bekele en Etiopía es como Fernandez en Argentina. Lo de Aurelio es verdaderamente notable. Aurelio es profesor de secundaria, no corredor profesional. Pese a ello, consigue correr con Fikadu que sí lo es (para que se hagan una idea, su PR de 10 K es 27 minutos, apenas un minuto arriba del récord mundial que lo tiene, como dije, el otro “Fernandez”). Además, Aurelio le ha dado una enorme mano a Fikadu en su inserción social y económica en la sociedad española. Claro que Aurelio no lo cuenta así, pero uno lo entiende. Y todo, claro, movido tan sólo por la simple amistad.
El otro grupo con el que compartimos la tarde es mixto y está formado por Paul Rolich keniano de 42 años y Clara Serino, argentina, profesora de Educación Física y entrenadora profesional. Paul habría de darnos al día siguiente a Rubén y a mí, una notable aula sobre “entrenamiento después de los cuarenta”. Paul también es entrenador profesional, está radicado en Buenos Aires y trabaja para el grupo de Antonio Silio en Palermo. Clara sufrió un esguince en la primera etapa y pese a ello continuó, en una proeza parecida a la de Graciela Freda el año pasado, que hizo otro tanto con un brazo que había recibido una violenta paliza propinada por el suelo. Pero Clara no resistió la tercera etapa y muy a su pesar, debió abandonar y Paul obviamente lo hizo con ella. Uno puede comprender su dolor no solo físico.
Así pues, llegó la hora de comenzar la segunda jornada que fue, puesta en contexto, muy “light”. Apenas 18 Km. esencialmente planos y la mitad de ellos en sendero de auto. Para este grupo de atletas, un paseo por el parque. Fue para Rubén y para mí, la mejor jornada, corrimos como hijos del viento, pasamos decenas de corredores y salimos terceros en la categoría, pese a que esto no cambió nuestra posición en el acumulado de la competencia, donde seguíamos sextos, posición que también mantendríamos en la tercera y última jornada.
Pero lo más lindo de esta liviana etapa fue llegar junto a Daniel Rearte. “Qué mejor forma de conocernos, que cruzar una línea de llegada juntos”, me dijo Daniel instantes después de pasar bajo el arco en la meta. Acampamos en un paraje denominado “Pampa Linda”, al pie del Cerro Tronador, de 3478 metros de altura. Sus glaciares se visualizaban imponentes desde la orilla del río Manso donde acampamos.
El segundo campamento fue, en términos generales, una variación del primero ya descrito. Al igual que al final de la primera jornada, la organización nos reunió para darnos la cena, mostrarnos un video de lo ocurrido en el día y contar detalles de lo que encontraríamos al día siguiente, tercera y última jornada de la carrera. La organización fue notable en todo sentido. Años anteriores ha habido alguna falla menor aquí y allá. Pues esta vez no hubo una sola que ni el más crítico pueda levantar en un foro de Internet. E impresiona la calidad del video que los muchachos del Club son capaces de producir en el medio de la nada y en un puñado de horas.
La cena buena y en hora, los horarios se cumplieron todos, los contenedores con nuestras pertenencias siempre llegaron al lugar donde tenían que estar, en el momento en que los esperábamos. Quien como yo ha organizado eventos masivos, sabe que esto implica un monumental desafío logístico para los organizadores, que fue completado por ellos a total satisfacción de nosotros los corredores.
Faltaron corredores queridos este año, seres para mí entrañables. No estaba Claudio Di Stefano ni Raquel Mastorakis ni Walter Ricardo ni Alex Krautner. No estaba Vicente Dragobratovic ni Martín Sáenz de Tejada. Tampoco Adrián Rodríguez ni Mariana Lopez Naón, aunque sí estaban Graciela Freda, Rubén Vallejos, Gabriel Skolnik y Pepe Mostaza. Procuré paliar parcialmente las ausencias con nuevos amigos, nuevas visiones, nuevas caras. Pepe ha sido quizás el corredor que más ha crecido en un año. Cuando empezó, yo lo dejaba atrás aún corriendo tranquilo. Hoy corre a la par mía incluso cuando como en esta ocasión, doy todo de mí y el panorama para el año que viene es desalentador: ver su gorra amarilla delante mío en las carreras.
Todos los días se arranca temprano para evitar en lo posible el calor. Pero la última jornada es la más tempranera de las tres, en parte porque es la más difícil y por tanto requiere más horas, y para asegurar que los últimos tengan tiempo de tomar los transportes que los devuelvan a una hora razonable a sus hoteles en la ciudad. Y cómo al levantarse hay que pasar por el rito de desayunar, desarmar la carpa y empacar todo en el container que provee la organización para entregarlo y que se lo lleven a uno a la línea de largada, todo esto implica levantarse a eso de las 5.30. Si además se tiene en cuenta el rarísimo por no decir demencial horario de verano que la Argentina ha instaurado este año, eso es como las 4.00 en términos reales. O sea, hace mucho frío en la Patagonia a esa hora. Como por supuesto es de noche, todo el mundo va y viene con sus linternas de cabeza, las que se usan en la montaña, realizando sus tareas, alimentándose, yendo al baño. El campamento se ve como un gran pastel de cumpleaños, en el que los corredores son como velas, pero se mueven. Un espectáculo bello e inusual, de lucecitas viajeras que danzan en la noche y se presta maravillosamente para fotos de gran exposición. La carrera amanece, es el principio del tercer día, es el comienzo del fin.
El último día eran 33 kilómetros pero con unos 650 metros de desnivel vertical y unos diez de bosque lleno de troncos caídos de todo tamaño, que obligaban a parar la carrera y alteraban el ritmo cada veinte metros para sortearlos, sea por arriba, sea por debajo, sea por el costado. Algo agotador. Durante la carrera se escuchaba el bramido de los glaciares del Cerro Tronador, que toma su nombre precisamente de ese sonido grave y tumbero, similar al de un trueno, que constantemente produce el movimiento de sus hielos eternos y el desmoronamiento de sus seracs.
Entonces recordé lo que escribió en su diario Otto Meiling hace 84 años, cuando vio por primera vez este mismo monte: “Aquí estamos en un lugar más hermoso que cualquier otro. ¿Por qué tengo que seguir viaje?". Meiling fue un famoso escalador alemán afincado en esta zona a principios del siglo pasado, pero no consiguió ser el primero en hacer cumbre en el Tronador, la cual sólo sería alcanzada diez años más tarde en 1934, aunque sí lo logró años después muchas veces. Un cerro de la zona lleva merecidamente su nombre. Pero estamos en una competencia y no da ni para parar un minuto aunque Meiling se enoje.
Se termina llegando a la orilla del lago Frías, para luego subir tres Km. por calle de ripio hasta la frontera argentino chilena donde finalizaba la carrera. Bajamos nuevamente esa ladera para retomar la orilla del lago Frías, pero ya caminando y sin presiones, alentando a los corredores que todavía subían cómo otros lo habían hecho con nosotros mientras era nuestro turno de ascender. Uno de ellos fue Ricardo Gáspari que salió tercero en nuestra categoría, que al vernos subir a Rubén y a mí nos dijo, en ese brevísimo instante que dura la interacción entre quien sube y quien baja: “Nosotros somos privilegiados, Dios nos tocó con su varita mágica”. Obviamente se refería a que pocos cincuentones pueden darse el lujo de gozar de la salud física y mental que pasar por esta odisea requiere.
El lugar donde termina la prueba está a 25 Km. del pueblo chileno de Peulla, y como sólo ingresamos en territorio chileno unos cinco metros, no más, esta vez los carabineros no exigieron que hiciéramos migración, lo que hizo posible no cargar el documento de identidad durante toda la tercera etapa como siempre ha ocurrido hasta ahora.
El equipo Sol Do –tal el nombre que le pusimos con Rubén al nuestro- completó en 10.24.24 el acumulado de los tres días. Enteros, sin lesión alguna por menor que fuese, sextos de 32 en la categoría, aunque de nosotros al primero había menos tiempo (9.49.41 puso el ganador de la categoría, o sea nos separaban 35 minutos) que entre nosotros y el siguiente (11.00.08 hizo el séptimo, o sea estaba a 36 de nosotros), lo que muestra que era un grupo de seis equipos los que marcaban la punta de la categoría. Nada mal. Y en la posición 104 en la general, sobre 413 equipos que completaron el desafío o sobre 463 que lo iniciaron, según prefiera Ud. lector, hacer la cuenta. La diferencia, son los que abandonaron o ni siquiera se presentaron a la línea de largada. Pero una cosa debe ser dicha del equipo que salió séptimo en nuestra categoría: uno de sus integrantes es Norberto Ricardo, una persona llena de buena onda y bonhomía a quien ya conocíamos del año pasado. El detalle es que Norberto tiene 65 años y si se tiene esto en cuenta, llegó antes que nosotros sin duda. Es más, yo creo que Norberto y Sergio, de quien hablaré más adelante, son los dos ganadores de esta carrera y por eso estas líneas les están dedicadas.
Con Rubén hemos corrido muchas cosas, entre otras carreras la edición 2007 del Columbia Cruce de los Andes. Y lo que lo hace un gran compañero no es sólo que corremos físicamente parecido –ni buenos ni malos ambos, pero competitivos los dos- sino que nos llevamos bien en los campamentos, en los almuerzos y hoteles. Esto es fundamental para una experiencia como esta. No basta con la compatibilidad de tiempos, hay que tenerla de espíritu. Además, Adriana, su señora, hace una pastafrola de maravillas que nos acompaña durante las meriendas en los campamentos y que a esta altura se ha tornado cábala. No encararía otro Cruce sin la torta de Adriana.
Esperando el barco en el muelle del lago Frías, cambiamos pensamientos con otros corredores, nos felicitamos unos a otros y comimos algo pues nuestros organismos pedían a gritos alimento. En la general o categoría de caballeros menores de 80 años, ganó el equipo que hasta el día anterior iba segundo, o sea, consiguió remontar los minutos que tenía de desventaja, quedando apenas 30 segundos arriba, en una carrera de más de seis horas. Pero en deporte, un segundo o aún menos, alcanza para definir un ganador. Algo que yo no comparto realmente, pues para mí eso es un empate. Nadie en su sano juicio puede decir que un 0,1 % es diferencia. Pena –pero pena comprensible, dada su juventud- nuestros ganadores no conocen en detalle la historia del deporte, pues de hacerlo podían haber repetido algo que ocurrió en Suiza hace casi un siglo, en una ultra maratón olímpica de ski. Dos esquiadores claramente se separaron del resto y durante los 100 Km. se alternaban en la punta. Terminó ganando uno de ellos, cualquiera, el que en ese instante estaba adelante, por pocos metros. Cuando recibió la medalla de oro pidió un martillo. Nadie entendía para qué lo quería. Luego le pidió la medalla de plata a su colega que había salido segundo por una diferencia tan nimia y partió ambas medallas a la mitad con el martillo. Tomó una mitad de cada una para sí y las otras dos las colgó en el cuello de su compañero. Con su gesto, dijo todo.
Aurelio y Fikadu salieron terceros, posición que ya traían desde el principio (ganaron la segunda etapa pero en el acumulado siempre estuvieron terceros) Logro muy destacable teniendo en cuenta que Fikadu Bekele nunca había corrido una carrera de aventura –es profesional pero de asfalto-, que Aurelio no es corredor profesional sino docente, y que ninguno había visto nunca ni un bosque ni una montaña patagónica, ambientes ambos que los dos equipos ganadores conocen como la palma de sus manos –son todos de la zona-
Para retornar de Puerto Frías a Bariloche, usamos una ruta de gran belleza, que integra la muy conocida “Ruta de los lagos” que, si se la hace completa, va de Puerto Varas en Chile hasta Bariloche. De Puerto Frías a Puerto Alegre se viaja en barco atravesando el lago Frías, de allí un breve tramo en ómnibus lleva a Puerto Blest y nuevamente en barco, sobre las aguas ahora del Nahuel Huapi, hasta Puerto Pañuelo, donde está el famoso Hotel Llao Llao. De Puerto Pañuelos un segundo transporte terrestre nos llevó al centro de Bariloche.
Muy pero muy destacable fue la tarea de Sergio Vázquez. Es que Sergio es ciego, sí, cien por ciento ciego, no ve borroso, no es ciego parcial, sino que delante suyo no hay otra cosa, las 24 horas del día, que una noche eterna y profundamente negra. Pero Sergio consiguió lo que miles de “normales” no pueden ni soñar. Lo que como mínimo nos debería hacer reflexionar sobre quien es verdaderamente discapacitado. Y no crea que salió último con su compañero. Llegaron en la posición número 399, o sea, 14 equipos videntes llegaron después. Por eso es, junto a Norberto, el otro corredor al que le están dedicadas estas páginas.
Los retrógrados de siempre suelen elogiar solamente a los que llegan primero, a los que consideran los únicos ganadores. Es claro que estos son siempre hombres, por obvias razones anatómicas, pero vale lo mismo, porque cuesta lo mismo, triunfar entre mujeres que hacerlo entre hombres. Es ser número uno en lo de uno. La diosa de la victoria –Nike, en griego, de ahí viene el nombre de la marca comercial de vestimenta- eligió esta vez a dos compatriotas mías. Dos bellas uruguayas del Equipo Salus, se llevaron el podio al otro lado del charco.
Así como la carrera llegó a su fin, estas líneas comienzan a conocer el suyo. Queda en nosotros, en todos y cada uno de los que vivimos la experiencia, una sensación inigualable. Yo no suelo correr una misma carrera dos veces, porque creo en el devenir no repetitivo de la vida, algo así como el río de Heráclito. He corrido 18 maratones por el mundo, de Budapest a Santa Rosa en La Pampa, de San Pablo a Nueva York, sin repetir nunca una. Porque creo que un corredor es como un marinero, que como decía Neruda, besa y se va. Correr en un lugar, irse, correr en otro. Siempre moverse. No vuelvas a una montaña cuya cumbre ya has hollado, no llames a una ex novia aunque tengas la cama fría. Cuídate del síndrome de la mujer de Lot (la que se convirtió en estatua de sal por mirar para atrás). En palabras de Memphis la Blusera, “Tocar y partir. Rodar o morir”. Pero con esta carrera hace años vengo haciendo una excepción. Y sí o sí estaré en la línea de largada el año que viene, por quinta vez consecutiva pues por nada del mundo habré de perdérmela. Siempre digo que el día que tenga nietos para sentar en mis rodillas, será el Cruce de los Andes la aventura de su abuelo que escucharán primero.
Pero creo que todas las páginas que he escrito sobre el Columbia Cruce de los Antes, este año y los tres anteriores, poco o nada alcanzan a decir del espíritu del mismo. Quien sí logró plasmar su esencia en una obra de arte fue el fotógrafo del Club, Marcelo Tucuna, quien tomó una notable foto de un corredor anónimo – no se alcanza a distinguir el rostro que queda oculto entre sus manos, y menos aún el número de dorsal- que arrodillado en la línea de llegada de la tercera etapa, llora su logro y su victoria. En el anonimato, ese corredor es todos nosotros al mismo tiempo. Él es cada uno de los 826 hombres y mujeres que al verlo, sabemos lo que él estaba sintiendo cuando le tomaron esa memorable fotografía que aquí adjunto.
Mientras miraba en la distancia las indescriptibles laderas del lago Frías que caen a pico sobre las aguas –en ellas anidan algunos de los últimos cóndores- pensaba que dentro de cuatro días –el 14 de febrero- cumplo medio siglo de vida. Y que si un cumpleaños es siempre buena excusa para hacer un balance, este lo es en mayor medida que cualquier otro. Cincuenta años y siento profundamente mías las palabras con que el Dante comienza su famosa obra que yo creo, debió titular la “Humana Comedia”: “Hallábame en la mitad del camino de nuestra vida”, dice Alighieri. Pues eso siento horas antes de cumplir cincuenta años. Vamos por otros cincuenta.

Corriendo en el país del gran Emil (Maratón de Praga, 13 de mayo de 2007)


“Praga es la capital mágica de la Europa antigua"
André Breton
"Praga no nos abandonará nunca. Esa madrecita tiene garras"
Franz Kafka en carta a Oscar Baum

Como saben mis "viejos" lectores, mis relatos de carreras nunca se han limitado a lo estrictamente deportivo. Siempre han incluido referencias a la ciudad donde he ido a correr, su idioma, su arquitectura -dos temas que me son muy caros-, así como a otros aspectos varios del entorno, su historia y su cultura. En el caso de la capital checa esto era aún más "obligatorio" porque Praga goza de una bien justificada fama como una de las ciudades más hermosas de Europa debido a un patrimonio arquitectónico único, tanto en su calidad como en su estado de preservación. Sucede que la odiosa bota nazi, al retirarse humillada por esa aplanadora que a partir de Stanlingrado fue el Ejército Rojo, decidió resistir con todas sus fuerzas en casi todas las capitales europeas. Esa resistencia no tenía sentido alguno pues la guerra ya estaba perdida para ellos, pero los nazis no eran normales, como ya sabemos. Como consecuencia de esa decisión sufrieron enormes pérdidas ciudades como Viena y Budapest que los soviéticos se vieron obligados a bombardear masivamente y peor aún, Varsovia. Pero para fortuna de la Humanidad ejercieron débil resistencia –sin llegar a declararlas ciudades abiertas- a las que probablemente sean las dos más lindas de Europa y del mundo: París y Praga. En toda la guerra, Praga solo sufrió la pérdida de un edificio debido a un incendio, y de un famoso reloj –bajo el cual hoy se amontonan multitudes de turistas- que se perdió parcialmente. Nada, comparado con las otras ciudades, lo que se puede perder en un día cualquiera en una ciudad aún sin mediar un conflicto bélico. Es más, el país se benefició con la guerra pues su estructura industrial estaba intacta y la aprovechó para alimentar de autos, máquinas herramienta y todo tipo de productos industriales, primero al bloque socialista y luego, al mundo todo. Apenas terminado el conflicto, Skoda, la automotriz entonces checa y hoy comprada por Volkswagen, ya producía 40 mil unidades por año.
Esto no quiere decir que Bohemia y Moravia –los nombres permanentes de las regiones que hoy forman la República Checa- no hayan sufrido con la ocupación nazi. Entre otras atrocidades, esta que les contaré fue probablemente la más increíble de todas. El 27 de mayo de 1942, la resistencia asesinó en una atentado a Reynhard Heydrich, General de las temibles SS y lugarteniente de Hitler para Bohemia y Moravia (“Protector”, fue el título que le dio Hitler, lo que no deja de tener una gran dosis de humor) uno de los más fríos asesinos de régimen. Él fue el autor intelectual e iniciador del genocidio que los nazis eufemísticamente denominaron “Solución final al problema judío” y que la Historia conoce como Holocausto o Soha, por su nombre en hebreo. Es muy probable que hubiera sido el sucesor de Hitler si no hubiera sido asesinado y los nazis hubieran ganado la guerra. Así de importante era Heydrich en el régimen que asolaba el mundo en esos años.
Hitler sintió tan profundamente la muerte de uno de sus colaboradores más cercanos que mandó arrasar –literalmente- una pequeña ciudad llamada Lídice donde sus investigadores encontraron que se habían refugiado los resistentes antes del atentado. Mataron a todas las mujeres y parte de los niños (los que parecían “arios” fueron enviados a Alemania para ser “reciclados” con familias “arias”) y los hombres fueron todos o asesinados in situ o enviados a campos de la muerte donde fallecieron luego de trabajos forzados. Sólo en el pueblo, murieron 1331 personas y muchos miles más en el resto del país esos días y en los campos luego. Todas las casas de Lídice fueron demolidas con topadoras y, este detalle pinta increíblemente bien el espíritu de los nazis, el pueblo de Lídice fue borrado del ctastro del país. Quienes tengan interés en estos hechos no deben dejar de ver una película notable que se llama “Siete hombres al amanecer” (Título original: Operación Daybreak, dirigida por Lewis Gilbert, 1975). Lamentablemente es inconseguible al menos en Argentina.
Checoslovaquia, que había nacido en 1918 al finalizar la Primera Guerra Mundial, volvió a la vida independiente al finalizar el segundo gran conflicto mundial que iniciaran los alemanes. Muchos alemanes que estaban radicados en ese país desde hacía mucho tiempo y nada tenían que ver con los nazis, fueron expulsados hacia Alemania enuna reacción checa que aunque se pueda comprender, no se puede justificar. Una "limpieza étnica" que no fue la primera en la región ni sería la última. En 1993, Checoslovaquia, siguiendo la tendencia de Europa Central y los Balcanes, se dividió en República Checa y Eslovaquia. Fue el único "divorcio" de la zona que se concretó sin violencia alguna. A partir de ese año los checos comprendieron el valor de la arquitectura de Praga, tanto en términos culturales como económicos a través del turismo y se dedicaron a restaurar edificios en gran forma. Hoy el centro viejo de Praga es una increíble, bella, inolvidable y única vuelta al pasado y a esto hace referencia la cita del padre del surrealismo con la que comienzan estas líneas. Lleno de callejuelas, iglesias, monumentos, esculturas, pasajes y detalles que hacen al goce de todo amante de la arquitectura. Lleno de cafecitos "sympa" (acogedores, armoniosos), como dicen mis amigos franceses -ya los voy a nombrar, pero mis compañeros de esta correría son todos galos esta vez- donde es un encanto sentarse a tomar una cerveza o un café mientras se lee el diario, se mira rodar la gente sobre los antiguos adoquines, y se imagina uno a un príncipe rescatando a una princesa en aquella ventana con dintel de piedra a la que le está dando el último rayo de sol del ocaso. La ciudad de las cien torres y las mil callejuelas, la llama alguna guía turística.
El país forma parte de Mitteleuropa, región que no puede delimitarse con total precisión pero que incluye países como Alemania, Polonia, Hungría, Suiza, Croacia y varios de los surgidos recientemente. A mí me gusta más que su traducción al castellano (Europa Central) pues mientras nuestro término refiere exclusivamente a la geografía, el vocablo alemán lleva implícita una cosa cultural, histórica, literaria, idiomática. Todo eso está encerrado en “Mitteleuropa”.
Amante de las lenguas como soy, siempre procuro interiorizarme sobre el idioma que se habla allá donde voy. El checo es un idioma hablado por unos diez millones de personas, que en épocas del imperio Austrohúngaro (entidad política que existió hasta la Primera Guerra Mundial) estuvo en riesgo de ser sustituido por el alemán. Más de la mitad de la población checa de entonces hablaba la lengua de Goethe y en las ciudades, particularmente en Praga, ciertos segmentos comenzaban a tener dificultades para expresarse en checo.
A partir de 1918 hubo un gran proceso de "reivindicación de los valores y cultura patrios", que le dio al idioma checo la salud vigorosa que hoy tiene. Un rol nada menor en este proceso cultural de vuelta a lo checo, le cupo a Alphonse Mucha, uno de los pilares o fundadores del Art Nouveau y sobre el que en Praga hay un museo bonito pero a mi juicio pobre, que hace escasa justicia a la vasta obra de Mucha. Mucha es un artista del que mucha gente no conoce su nombre, pero del que seguro conocen su obra. Uno muestra un afiche de Mucha y todos reconocen haberlo visto alguna vez. En ese museo compré una reproducción del afiche que Ud. puede ver a la izquierda de estas líneas. Es la propaganda de una obra de teatro que Sarah Bertrand estrenó en París sobre Medea, la bruja de la mitología griega.
Praga es lo que podríamos llamar una ciudad libertaria. Fue en su plaza Venceslao, que cumple aquí el rol de nuestra Plaza de Mayo, o sea es el lugar donde tienen lugar los grandes hechos políticos de masas, que en 1969 se inmoló quemándose como bonzo Ian Palach para protestar contra la invasión soviética que un año antes había ahogado la “Primavera de Praga” con la que los checos intentan crear un “socialismo con rostro humano” para usar una imagen creada entonces por los propios checos. Yo era muy chico en ese tiempo pero recuerdo haberle preguntado a mi padre qué cosa era un “bonzo”. Si bien este movimiento y este sacrificio fueron en el corto plazo infructuosos, fue exactamente en esa plaza que veinte años después, en noviembre de 1989 se produjeron las manifestaciones populares que pasaron a la Historia como "Revolución del Terciopelo" (por su carácter "suave" o sea pacífico), y que terminaron primero con la apertura de la frontera checa a Occidente y muy poco después, con la caída del impresentable Muro de Berlín y de todo el Imperio Soviético. Esa ola de libertad y aire puro que sopló por medio mundo y marcó el fin del siglo XX, nació en Praga. Algo de lo que con justicia, sus habitantes pueden sentirse orgullosos.
Praga es además origen de un sinnúmero de gente brillante que uno ha leído o escuchado. En el terreno de la literatura, donde yo me siento más a gusto, produjo hombres como Kafka o Kundera. Uno camina por adoquines que una vez, los vieron caminar a ellos y eso al menos a mí, me impresiona un tanto. Checo era también, aunque no praguense, Emil Zatopek, el más grande fondista de todos los tiempos, el único corredor que obtuvo medalla de oro en las tres distancias de fondo en una misma olimpíada (o aún en olimpíadas separadas, pues esto tampoco lo consiguió nadie).
El checo es un idioma indoeuropeo, o sea de misma familia que el español, francés, inglés, alemán y tantos otros. Es difícil creer esto por lo totalmente diferente que suena a nuestros oídos. Es muy parecido al eslovaco y pariente del ruso, o sea, es un idioma eslavo. Quienes han leído mi crónica de la maratón de Budapest tal vez recuerden que allí se habla magyar, que ese sí, no es "pariente" nuestro, o sea, no es un idioma indoeuropeo (de todos los idiomas que se hablan en Europa, y son muchos, solo cuatro no son de origen indoeuropeo siendo el vascuence es el más famoso de ellos) y por tanto aún más incomprensible a nuestros ojos y oídos. El alfabeto es, sin embargo, el latino, o sea, se escribe con las mismas letras que estoy usando para aburrirlo con estas líneas. Con MMF (como yo llamo a mi hermano, es la abreviación de Monsieur Mon Frère y esa era la forma en que mi admirado Napoleón Bonaparte se dirigía a su hermano, también llamado José igual que el mío) llegamos al aeropuerto de Praga tan simultáneamente -aunque él lo hacía desde Toulouse y yo desde Buenos Aires- que nos encontramos junto a la cinta transportadora donde se retira el equipaje. Pasamos los días como lo hacemos siempre: caminando lentamente por la ciudad, aprendiendo y aprehendiéndola, parando a tomar un café aquí y otro allá, leyendo El País de Madrid, cuya prosa nos causa gran placer –el mejor diario del mundo en mi opinión- en resumen haciendo poco y nada además de entrenar por las mañanas, claro.
Algunos días después llegaron el resto de los franceses -porque MMF lo es- que integraban nuestro equipo. Ellos son Bárbara, que venía de Toulouse -pero que no corre- y Patrick, que viene de Reims y que sí corrió con nosotros la maratón del domingo. Fue para mí una notable oportunidad para practicar mi francés, pues rara vez tengo oportunidad de usarlo todo el tiempo durante varios días. Con los locales no hay otra que entenderse en inglés, claro, pues aprender checo en una semana es imposible. Nos sorprendió sin embargo que en cuatro oportunidades, gente del común sin ninguna relación con el turismo, al escuchar que MMF y yo hablábamos en castellano, nos respondió en nuestra lengua con gran fluidez. No conseguimos entender como tanta gente llega a hablar bien español en un país que históricamente nunca tuvo vínculo con España.
Así llegamos al domingo 13 de mayo, día de la maratón, décimo octava carrera de esta distancia para mí. Hasta el día anterior, habíamos salido en nuestros diarios paseos abrigados con un pulóver y un polar liviano, dado que los días estaban en general frescos y a menudo garuaba o llovía. Pues para nuestro sufrimiento el día de la carrera se amaneció sin una nube y con un sol tropical que resulta maravilloso para quienes van a ver correr a sus seres queridos pero que se torna insufrible para los corredores. Internet anunció temprano en la mañana una máxima de 21 grados, pero fueron 24 y a la sombra, lo que hace perfectamente posible pensar que al sol, donde se corre, se soportaban no menos de 26. Esto hace de Praga la tercera maratón más calurosa que he corrido, luego de Boston y Madrid, donde Febo me castigó con 29 y 28 grados respectivamente.
La organización dice en su página de Internet respecto del pavimento que "hay poco más de un kilómetro de adoquines". Para mí, había unos tres kilómetros. En lo que tiene que ver con cuan plano o no es el trazado, yo clasifico a las maratones que he corrido en tres grupos: las decididamente montañosas que son Madrid, Boston, San Francisco y San Pablo, las verdaderamente planas, que son Berlín, Ámsterdam, Londres y Chicago, y las intermedias, que son todas las demás. Praga se ubica en este último grupo pues si bien no hay colinas espantosas, hay cuatro o cinco bajaditas y subidas que no existen en Berlín por ejemplo.
Yo quería superar o al menos igualar mi mejor marca personal (MP), que es de 3.20.30 obtenida en Barcelona en 2006. Venía como para lograrlo hasta el km 29 con un promedio de 4.46 por km pero allí vi un termómetro que, al indicar un guarismo tan alto para la columna mercurial, como dicen los periodistas, me golpeó sicológicamente. Allí me di cuenta con qué temperatura estaba corriendo y no pude mantener el ritmo. Caí tanto que mi último km fue a 5.45. Terminé en 3.32.20, lo que no está mal pero tampoco está bien. Patrick llegó apenas un minuto después y MMF hizo 4.10, algo muy meritorio pues desde temprano en la carrera tuvo un dolor de tobillos que casi lo hace abandonar y pese al cual siguió corriendo casi 30 Km más.
Llegué en la posición 540 de 3185 (17 percentil), Patrick en la 576 (18 percentil) y MMF en la 1668 (52 percentil). Si vamos a la ubicación en la categoría de cada uno, que es una medida más relevante, yo salí 62 de 348 (18 percentil), Patrick 60 de 313 (19 percentil) y MMF 171 de 313 (55 percentil)
Ganó la carrera el portugués Ornelas Helter con 2.11.49. Mi tiempo respecto del ganador, una medida que yo uso mucho pues independiza de la temperatura exterior y de los desniveles del circuito, fue 61 % mayor, contra 51 % en Barcelona, mi mejor tiempo hasta ahora.
Faltando cien metros miré al cielo y grité con toda mi fuerza: “Para vos Emil, para vos es esta línea de llegada”. Y crucé el arco final en exactamente la misma curiosa pose con que Emil Zatopek llegó en Helsinki 1952 en su tercera medalla de oro. En esa misma pose me sacaron una foto casi idéntica a la suya. Fue mi manera de homenajear en su tierra, al más grande de todos los tiempos.
Bárbara, que nos hizo de apoyo, sacó varias hermosas fotos de la carrera que pueden ser apreciadas en el vínculo correspondiente de mi blog ("Álbum de fotos", "Praga") junto a unas pocas fotos de la ciudad, seleccionadas entre las 880 que sacamos MMF y yo, y que espero darán una idea a los que no conocen la ciudad, de la enormidad de su belleza.
“Ver Napoli e poi morire” (Ver Nápoles y después morir) reza un antiguo decir que circuló durante siglos entre los marinos mediterráneos. Pues la afirmación le cabe perfectamente a Praga. Nadie debería dejar este Valle de Lágrimas sin posar sus ojos en ella.

Amaneciendo en el portal dorado - Maratón de San Francisco (30-6-2006)

- One day I´ll go to heaven. Then I´ll say: It ain´t bad, but it ain´t San Francisco
Herb Caen
(Un día iré al paraíso. Entonces diré: No está mal, pero no es San Francisco)

Veintidós años. Tal el tiempo transcurrido desde que dejé el área de la bahía de San Francisco, luego de algo más de dos años de vivir, estudiar y trabajar en Berkeley, el campus más famoso de la Universidad de California y uno de los mejores centros de estudios terciarios del mundo. Berkeley está ubicada en el interior de la bahía, a unos cuarenta minutos de San Francisco por subterráneo, que dicho sea de paso, atraviesa la bahía descansando sobre su lecho.
Este retorno me produjo todo el tiempo una sensación curiosa: volver a ver los lugares y pisar las calles que había conocido por primera y única vez en mis años mozos. Aquella juventud que García Marquez describió tan maravillosamente como los años en que “éramos bellos, jóvenes e indocumentados”. Pensar en el tiempo transcurrido es una manera de demostrar la falsedad del dicho tanguero que dice que veinte años no es nada.
Viajamos con Bárbara desde Buenos Aires. Bárbara, que vive en Toulouse, hacía aproximadamente un mes que estaba conmigo en Buenos Aires. Su presencia, su compañía, sumadas a la fuerte personalidad de la ciudad californiana, hicieron de la estadía un recuerdo memorable.
Nos alojamos en un hotel económico pero muy bien ubicado, a dos cuadras de Union Square y en una calle de tiendas y cafeterías elegantes y de buen gusto. Salir a pasear por librerías luego de la cena –uno de mis paseos nocturnos preferidos- era perfectamente posible en el barrio en el que nos encontrábamos.
En nuestro segundo día en la ciudad, compré una cámara de fotos Nikon digital del tipo SLR, o sea reflex, con lentes intercambiables. Esto permite usar las lentes de esa marca que yo ya poseo y al no tener que invertir en lentes, se consigue una cámara de muy buen nivel a un precio más razonable. La calidad de la cámara, su versatilidad y la libertad de disparo que da el hecho de ser digital, hicieron renacer en mi el fotógrafo aficionado que brevemente fui cuando tenía poco más de veinte años. Entonces fotografiaba en blanco y negro –cualquier otra cosa habría sido considerada una concesión a la frivolidad por el Bernardo de entonces- Hasta revelaba y ampliaba mis propias fotos, lo que hacía en el laboratorio fotográfico de la Facultad de Ingeniería en Montevideo, donde trabajaba y estudiaba. Quien lo operaba antes que el golpe militar de 1973 terminara con la que alguna vez fue la más sólida democracia de América del Sur, tuvo que exiliarse en forma brusca. Eso hizo que yo encontrara un cuarto oscuro que había permanecido años sin uso, como una tumba egipcia, digamos. Y lo tuve mucho tiempo disponible para mi uso exclusivo.
Esos días volvieron de alguna manera, decía, y volvió la sensibilidad a la luz y el ojo que mira permanentemente al entorno en busca de una composición adecuada para ser fotografiada. Porque aunque cámaras como la mía actual hacen que –creo que lamentablemente- hoy se puedan sacar buenas fotos sin reflexionar demasiado sobre cosas como profundidad de campo o distancia focal, la tecnología no ha cambiado lo esencial: sigue siendo patrimonio del fotógrafo la decisión de qué poner frente al lente de su cámara. La composición, en suma. Bien miradas, la fotografía y la literatura tienen mucho en común. Ambas requieren salir y exponerse al mundo, abrir los ojos y dejarse influir por lo que nos rodea. Se escribe y se fotografía aplicando técnica sobre los recuerdos e impresiones que la vida nos ha grabado en el alma.
Pero hablábamos de San Francisco. Un amigo –que lee estas líneas- me dijo una vez que San Francisco tiene engañado al mundo. Se refería a que su fama es tal que las personas piensan que se trata de una ciudad del tamaño de Londres o París, cuando en realidad, tiene algo menos de 800 mil habitantes. Ubicada en una península, su trazado urbano contiene innumerables subidas y otras tantas bajadas, desniveles todos que hiciera famosos la serie televisiva “Las calles de San Francisco”. Si Ud. nunca escuchó hablar de este programa siéntase feliz, pues da idea de su juventud, ya que la serie tiene unos treinta años.
Un día fuimos a Berkeley, para que Bárbara conociera la universidad en la que estudié. Julio es un mes de receso estival, por lo que el campus estaba lejos de mostrar el bullicio que lo caracteriza cuando los estudiantes retornan de visitar a sus familias en los diversos estados de la Unión. Aunque con algunos elegantes edificios nuevos por aquí y por allá, el campus es esencialmente el mismo que dejé en 1984. La cercana “Telegraph Avenue”, entonces la calle central de la vida estudiantil y llena de librerías, ha perdido tales características para adquirir un cierto aire de tugurio que debería preocupar a las autoridades municipales.
Otra jornada fuimos a la costa de la bahía, a sacar fotos del famoso puente “Golden Gate” y de la igualmente renombrada isla Alcatraz, que tiene una forma de barco que no había notado veinte años atrás. Visitamos, no podía ser de otra manera tratándose de dos ratones de biblioteca como nosotros, la mundialmente reconocida librería “City Lights”, donde naciera el movimiento jipi de los EE. UU. en los lejanos sesenta. Pese a estar en un barrio muy frecuentado hoy por turistas, City Lights no ofrece ni guías turísticas ni libros de los llamados “objetos”, o sea, esos con enormes fotos de trenes y flores o similar, que los pequeño burgueses colocan debajo del vidrio de sus mesas ratonas. Solo libros en el sentido más tradicional del sustantivo, sin siquiera carteles prolijos que indican temas “Autoayuda”, “Filosofía”, como acostumbran las cadenas. No. Aquí el orden subyace y lo entiende perfectamente cualquier buen amante de los libros. Da gusto ver que aún existen librerías como esta y que consiguen mantenerse abiertas sin hacer la menor concesión al mercado.
Nos alojábamos en las proximidades del Barrio Chino, que pasa por ser la “ciudad” con mayor número de chinos fuera de China. Allí compramos una vez un plato hondo y grande, una fuente o bowl, que necesitaba para cocinarme pastas los días previos a la carrera, esa proceso alimenticio que los corredores llamamos carga de carbohidratos y que consiste en no comer más que pasta tres veces por día, durante tres días. Yo había llevado de Buenos Aires una olla metálica, pero en el hotel solo había disponible un microondas, de ahí que me vi obligado a comprar algo de cerámica donde hervir el agua. Dado que costaba igual uno liso y blanco que uno lleno de ornamentos chinos, opté por uno de estos últimos, para tener en el fondo del plato, un dragón que asumí, sería mi talismán de la suerte.
Aunque todo el mundo considera a la calle Grant como el centro del barrio chino, la misma está plagada de turistas y de comercios destinados al consumo de estos trashumantes modernos. Mucho más interesante es su paralela, Stockton, oriental legítima y donde se ubican comercios que abastecen de comestibles a asiáticos de todos los países. Ellos vienen inclusive los sábados en colectivo, a comprar olores y sabores que, adecuadamente mezclados en sus casas, haciendo uso para ello de antiguas habilidades culinarias, se transformen en alimentos que les hagan recordar el lejano continente asiático, el pago, como diríamos en mi tierra. MMF hubiera adorado esta calle, le comenté a Bárbara, pues él es un apasionado de las rarezas orientales.
Sorprende lo ordenados y limpios que son los originarios del continente amarillo. Pese que como dije la calle está llena de supermercados y verdulerías, que generan como residuo de su actividad comercial, cajas de cartón y hojas de vegetales en gran cantidad, todo luce limpio. Constantemente hay alguien barriendo o desarmando las cajas para que un camión luego las retire y deje la zona limpia. Me preguntaba como estaría esa calle si hubiera sido occidental, o al menos, sudamericana.
San Francisco sufrió en 1906 un terrible terremoto –7,8 en la escala Richter- que destruyó buena parte de la ciudad y, al igual que los incendios de Chicago y Londres, representó una única oportunidad de repensar la ciudad del punto de vista urbanístico. Y es claro que lo que durante años fue un recuerdo trágico, el capitalismo consumista de estos tiempos consiguió transformarlo en artículo de venta, en producto, como se dice. Hoy venden libros de fotos, remeras y todo tipo de “merchandising” alusivo al movimiento telúrico. Hubo en los últimos veinte años otros dos terremotos grandes, aunque más débiles que el de 1906. Se espera uno, el que llaman “Big One” para algún momento en el futuro próximo. Aunque, claro, nadie puede decir cuándo.
Así llegamos al domingo 30 de julio de 2006, día en que se correría la maratón de San Francisco. La mayoría de las maratones urbanas comienzan a una hora razonable, digamos cerca de las ocho de la mañana. Excepciones a la regla, entre las que he corrido, son Boston, que comienza al mediodía, y San Francisco que lanza la voz de “aura” ¡a las 5.30 de la mañana! Hay dos motivos para tan tempranero comienzo. Uno de ellos se lo cuento ahora y es evitar el calor. Esto prometía ser especialmente importante este año, pues la canícula había azotado al estado de California los días previos –llevándose la vida de 141 personas, en general, gente que vivía sola y de bajos recursos-. Pero San Pedro, que como todo el mundo sabe es corredor, hizo que la ola de calor finalizara uno o dos días antes de la carrera, que finalmente gozó de una temperatura de 12 grados de punta a punta, algo de lo que uno no se puede quejar.
Pero yo amanecí, lo que no me había ocurrido nunca antes, con fiebre, sudor frío, diarrea y profundo malestar general. Faltando setenta minutos para la largada, Bárbara hacía lo que podía para secar el sudor de mi cuerpo que yacía postrado en la cama del hotel. Pero yo no había viajado de tan lejos para desertar por tan poco. Se requiere algo más que fiebre y diarrea para hacerme bajar de una carrera. Así que hice de tripas corazón, convoqué a la Fortitude que poseo, me puse un cuchillo entre los dientes –en sentido figurado- y nos fuimos juntos, yo a cumplir con mi deber, a Embarcadero, el barrio costero y elegante de donde arranca la maratón.
Un corredor local, cuando le expresé mi temor por las subidas que un trazado de 42,2 kilómetros no puede evitar por mucho que lo intente en una ciudad de las características de esta, me dijo: “Ohhh, no es para tanto, hay una sola subida”. Maldito bastardo, pensé casi cuatro horas después al terminar la carrera, lo que no me dijiste es que esa única cuesta …¡va desde la línea de largada a la de llegada!
El desnivel vertical, o sea, la suma de todas las alturas que hay que remontar –más allá de que en algún momento se las desciende, si no la carrera no terminaría donde empezó- es de 168 metros. La distancia que separa el suelo de la azotea…¡de un edificio de 56 pisos! Si se suma esto a los 42195 metros que hay que correr, subir esos 168 metros resulta tan duro como escalar el Everest. Y hablando de escalar, cuando vi la altura a remontar para llegar al Golden Gate, me dije que buena utilidad me hubieran prestado mis grampones, piquetas, arneses y soga de montaña en la ocasión, así de agresiva era la pendiente.
Entonces comprendí el segundo motivo por el cual la carrera se larga tan temprano: para que el corredor medio atraviese el “portal dorado” –tal la traducción literal del nombre del puente- a la hora en que el sol sale a iluminar la bahía. Pena que los corredores no disponemos de demasiado tiempo para estas linduras, cuya contemplación nos haría perder segundos o minutos preciosos. Del extremo norte del puente, donde está el recoleto barrio de Sausalito, se tiene una vista del perfil edilicio de San Francisco que quitaría el aliento, si no fuera porque a uno ya se lo quitó la carrera para esa altura.
En mis quince maratones previas, nunca tuve necesidad de parar para ir de cuerpo. Siempre manejé mi nutrición previa para evitar esto. Pero la colitis que me aquejaba en esta oportunidad me obligó a hacerlo este domingo en tres oportunidades. En dos de ellas encontré cerca un baño químico de la organización, pero en una no había tiempo para esperar. Y es claro que cuando no hay baño, tampoco hay papel. Así que pueden imaginarse como olía mi trasero la segunda mitad de la carrera. Mejor dejamos la descripción de esta aventura –o desventura- aquí pues me leen damas y sería impropio explayarse en más detalles escatológicos. Cabe hacer notar en mi defensa que mi caso no fue el primero ni el más resonado: en las olimpíadas de Sydney en 2000, le ocurrió al representante brasileño ¡y ante las cámaras de televisión!
Aproximadamente en la mitad de la carrera, etapa que transcurre en el parque Golden Gate, apareció Bárbara en dos oportunidades a darme aliento y sacar fotos. Algo que me ayudó mucho, como ya lo hizo en Barcelona y Budapest.
Llegamos a la milla 20 –kilómetro 32- en la que un espectador sostenía un gran cartel que rezaba: “From now on, its all downhill” (De ahora en más, es todo cuesta abajo). Sos un amigo –le grité- pues no hubiera podido subir un solo maldito metro más.
Milla 22: el tramo más feo de la carrera. La misma pasa por una zona sin vida, sin gente, sin bares, sin casas, poblada únicamente por camiones vacíos y parados y depósitos ídem. Deprimente realmente. Y como éramos pocos, como dice el dicho, parió mi abuela (o al que no quiere sopa, dos platos). Como si no bastara con mi colitis, me vino dolor en el bazo. Hice lo único que puede hacerse ante tal circunstancia que es hundir el citado órgano con los tres dedos centrales de la mano más cercana y seguir corriendo de esa forma.
En ese instante aparece MOY, a quien me dirijo con un poco de enojo y en un lenguaje que en poco respetaba su jerarquía castrense: “Joder, MOY, yo corriendo enfermo, teniendo que escalar 168 metros ¿y vos te aparecés recién ahora?”.
-Quise reservarme precisamente para el momento donde mis mensajes motivadores fueran más necesarios. Vamos coronel, vamos que Ud. puede, complete la carrera sin caminar un metro y debajo de cuatro horas pese a todo. Recuerde las palabras del gran Pre.
MOY se refiere a Steve Prefontaine, un famosísimo fondista norteamericano fallecido muy joven en forma trágica en los comienzos de la década del 70 en un accidente automovilístico cuando aún tenía todo para dar. Fue uno de los últimos románticos del atletismo. Se negaba a recibir dinero en una época en que ya todos eran hacía rato profesionales. No especulaba con liderazgos según los tramos de la carrera ni usaba estrategias, como hace todo corredor de elite. Para “Pre” –pronúnciese “pri”- como lo llaman sus compatriotas, esto era inmoral. Corría por placer, porque consideraba el correr como una oración y un acto de amor. Por ello, aunque nunca alcanzó medalla olímpica –fue cuarto en la maratón de Munich 1972-, ni fue poseedor de récord mundial ni fue campeón mundial, muchos lo tenemos en lo más alto de nuestro panteón deportivo. Y a “Pre” le pertenece la frase a la que se refería MOY y que dice “Muchos corren para ver quien es el más rápido. Yo corro para ver quien tiene más cojones”. Que aplicaba de maravillas a la odisea que yo estaba pasando, corriendo con colitis y dolor de bazo.
La carrera retorna, en su última milla, a la parte turística y bonita de San Francisco. Me duele todo el cuerpo y me acuerdo de MMF (Monsieur Mon Frêre, lea mis crónicas anteriores para saber de quien se trata) que pasó por algo similar en la maratón de Madrid que corrimos juntos.
Termino en 3.44.50, -lo que significa un promedio de 11,3 kilómetros por hora o 5.20 minutos por kilómetro- me reencuentro con Bárbara, nos fundimos en un fuerte abrazo, charlo con otros corredores, conversamos con una familia alemana de cuya madre de familia Bárbara se había hecho amiga mientras ambas esperaban a sus seres queridos. En el caso de los alemanes eran dos, padre e hijo. Sigue un breve análisis numérico que espero no aburra a mis lectores en general, pero que mis colegas corredores aprecian y siempre solicitan. Salí en la posición 597 de 4021 (15 percentil) en la clasificación general y 505 de 2693 en la de hombres (19 percentil). Mi posición en la categoría (hombres de 45 a 49 años) fue 62 de 333 (19 percentil). Finalmente en al “Age Group” obtuve un 61.2%. El “Age Group” es una puntuación que independiza de la edad y por tanto permite comparar a todos los corredores, con independencia de los años que tengan. 100% equivale a lo que sería récord mundial para ese circuito, ese día, a cada edad. No lo obtiene ni el ganador que “cotizó” un Age Group de 85.6%. Entre 90 y 100 es un corredor de elite a nivel mundial, entre 80 y 90 uno de nivel nacional, entre 70 y 80 uno de nivel estatal y entre 60 y 70 –mi caso- uno destacado a nivel regional.
Mi tiempo fue 53.5% mayor al del ganador (Andrew Cook, de Texas un desconocido de siempre con 2.26.45). Si descontamos los tiempos invertidos para ir al baño, este guarismo se transforma en 51.5%. En Barcelona, donde con 3.20.30 establecí mi PR –mejor tiempo de mi vida-, puse 51.3% más que el ganador. Como se ve, rendimientos muy similares. Esto quiere decir que pese a mi malestar, corrí casi tan bien como en Barcelona. Ud. me dirá que soy un maestro en esto de analizar los números de una manera motivante. Concedo, pero no hay en esto defecto alguno, por el contrario.
Una maratón más ha quedado atrás. Tal vez la más dura, la que más he sufrido. Viene a mi recuerdo una frase de Sam Mussabini, el entrenador de Harold Abrahams que llevara a este atleta a una medalla de oro en los 100 metros de las olimpíadas de París 1924. Una vez, Mussabini presenciaba una carrera de Eric Liddell, como Abrahams británico y también medalla de oro en esa misma olimpíada (pero en 400 metros). Un contrincante, por error o mala fe, empujó a Liddell y lo hizo caer. En una distancia de 800 metros es imposible levantarse, volver a correr, retomar la velocidad y tener chance de algo. Imposible para todos menos para Liddell que lo hizo y ganó la carrera, empujado por una bronca tan enorme como su deseo de superarlo todo. Jadeaba Liddell tirado en el piso luego de su épica victoria cuando se le acercó Mussabini y le dijo: “Young man, this has not been the most elegant race I have ever seen, but certainly, it was the bravest” (Joven, esta no ha sido la carrera más elegante que he presenciado en mi vida, pero sin duda, fue la más valiente).
Con humildad, creo haberme ganado un poco estas palabras hoy.

Cómo NO filmar una carrera

Así debería titularse el video que la cadena ESPN+ "vehiculó" -para usar un término de estos tiempos- este fin de semana sobre la edición 2007 del Columbia Cruce de los Andes.
Yo lo aguardaba con expectativa, casi diría ansiedad. No porque esperara verme en ningún momento, o tal vez si, porque yo me veo de alguna manera en la cara de todos los corredores, sino porque confiaba en que me serviría para mostrarle a quienes lo vieron conmigo y no son corredores pero me aprecian, que bueno, que no soy el único demente, que hay una magia y una mística atrás de esto, que vale la pena, que no hay nada igual .
Lamentablemente, nada de eso estuvo en pantalla. El relato siguió casi con exclusividad al equipo Nike y si mencionó tangencialmente a otros tres equipos masculinos fue simplemente porque el equipo Nike no pudo mantener la punta en la tercera etapa y esto hacía obligatorio mencionar a los tres que en esa etapa lo superaron. Para peor, todo mezclado con una propaganda de Ford, que incluye un "clip" de otra carrera de aventura de Nike, lo que sin duda confunde un poco a quien no sabe mucho qué cosa está viendo, si una carrera u otra o qué.
De los equipos femeninos, ni noticias. Como si ser la primera pareja en mujeres no fuera tan difícil como serlo entre hombres. Este machismo antediluviano, muy propio de sedentarios que solo miran al ser humano que va más rápido que todos los demás y en cuanto llega apagan la tele, es fomentado por el propio Club de Corredores, poniendo menos premios para mujeres (dos, contra tres para los hombres y de menos valor monetario). Igual indiferencia recibieron las categorías mixto y de veteranos. El que dijo que el segundo es el primero de los perdedores es un psicópata. Y con seguridad, no es corredor. Un día, cuando Schumacher acababa de ganar su quinto título alguien levantó el punto de si era más meritorio lo del alemán que lo de Fangio. Que la tecnología de antes tal cosa y la de ahora tal otra. Que esto suma a favor del argentino y aquello del alemán. Pamplinas, le dije, ser numero uno ayer y hoy es exactamente igual de difícil ayer hoy y mañana, pues por definición, es tan difícil como ser el mejor, en cualquier categoría, en cualquier tiempo de la historia.
Cualquier aprendiz de periodista sabe que en estos casos debe buscar corredores especiales para entrevistarlos, se lo enseñaron cuando servía café en las redacciones a la madrugada: gente de mucha edad, que las había, como Alberto, el tranquilo y simpático chubutense de 65 años del que hablo en mi relato y que luego de completar el Cruce, se fue a subir el Lanin con su señora. Padres corriendo con sus hijos como mi amigo Mario Charriere (tal vez, si se lo mira bien, los grandes ganadores del evento), personas que tuvieron que ahorrar todo el año para pagarse la inscripción y el viaje y viajan más de un día en ómnibus. Matrimonios que corrieron juntos en la categoría mixto y que alternan durante todo el año el cuidado de los niños para poder salir alternativamente a entrenar. Héroes y heroínas que tienen dos trabajos, cuatro hijos pequeños y aún encuentran tiempo para entrenar como Mariana Lopez Naon. Había de esto, yo doy fe, porque conozco algunos y algunas y la organización también, era solo preguntarles. El espíritu del campamento, que mucho más que la dificultad de las carreras matinales, es lo que define a esta carrera, el compartir el dulce de membrillo y los fideos, el Hypoglos y los sueños de correr Nueva York o la maratón des sables, todo eso dijo ausente. Porque quien filmaba era un tecnócrata que, desprovisto del alma de un corredor, era incapaz de plasmarla en celuloide. Nadie puede pintar aquello cuya existencia ignora.
Técnicos sin alma que creen que solo gana el que corta la cinta. Burócratas de pacotilla que no pusieron ni una imagen de la chica a la que tuvieron que darle ocho puntos. Del demente, pero demente de raza, que salió cojeando el último día por el circuito largo lo que es tan demencial, como admirable. Yo lo critico y lo reprocho, pero al mismo tiempo, me arrodillo lleno de admiración ante su coraje.
Flaco favor si hizo Nike con este video pago, que ni siquiera reconoce ser publicidad. Dicen que en el Reino Unido hay una ley que sanciona a todo aquello que siendo publicidad, no se presenta lealmente como tal. Pena que entre nosotros no exista instrumento jurídico similar. Nike destruyó al menos frente a mí, todo lo que había logrado construir con aquella notable foto del primero y del último de la reciente carrera de 10 kms. Entonces habían entendido. Hoy se olvidaron de todo.