Cuatro Refugios (4R), 26 y 27 de febrero 2011

A Daniel Rearte, sin cuya ayuda material no hubiera podido inscribirme,
y sin cuyo ejemplo no hubiera encontrado la motivación.

Venía yo de correr La Misión y el Columbia Cruce de los Andes, en diciembre la primera y la primera semana de febrero la segunda. Ambas, junto con 4R conforman el triplete de mayor importancia del calendario de aventuras de la Argentina. Yo no sabía de nadie que las hubiera corrido las tres en un mismo verano, aunque esto no puede considerarse prueba determinante de que no lo haya. No sorprende, claro, pues La Misión fueron 150 kms con 7 mil metros de Desnivel Vertical Acumulado (DVA) en una etapa, el cruce 95 con 2900 metros de DVA en tres días y 4R implica 70 kms en dos días con unos 3500 metros de DVA.
Así que me decidí a intentar conseguirlo. Pero como yo estoy un tanto ocupado con el trabajo porque “mi” empresa fue comprada por los chinos, tenía poco tiempo para dedicar a la carrera. Conté con la invalorable ayuda de mi amigo Daniel Rearte me contó todo lo que se precisaba, ya que él la había corrido en ediciones anteriores y tuvo hasta la gentileza de retirar para mi el kit de corredor y dejármelo en el hotel, al que yo llegué directo de Buenos Aires para cenar, dormir y salir al día siguiente para la carrera.
Les cuento un poco cual es el formato de esta competencia, pues es diferente al de las otras dos que mencioné antes. Al igual que en el Cruce de los Andes, se corre un día por la mañana y tarde y luego se acampa, todos juntos, en las orillas de un lago de donde se parte el segundo día (en el Cruce son tres días de carrera, aquí “solo” dos). Pero la dificultad de 4R es mucho mayor a la del Cruce, con muchos tramos de escalada más que de carrera a pie. Lugares con un mínimo de dificultad técnica como los tres que causaron cuellos de botella en la última jornada del Cruce este año, son muy comunes en 4R y no causan el menor embotellamiento. Esto es debido a dos motivos: el primero, que aquí hay 250 corredores versus mil en el Cruce. Y el segundo, que el corredor medio del Cruce es un porteño urbano con escasa o nula experiencia de montaña. 4R es una carrera de gran impronta local, donde los porteños somos muy pocos y los barilochenses y patagónicos mayoría. Ellos viven en la montaña, en ella entrenan todos los fines de semana y pequeños boulders no son para ellos algo que ni siquiera merezca una mención en una reseña como esta. Bariloche y Mendoza son las ciudades en que a mí me gustaría vivir en la Argentina. Rodeadas de montañas y de un paisaje extraordinario en ambos casos, son el paraíso de todo corredor de aventura.
La carrera está organizada con mucho cuidado y ahínco, pese a que no tiene fines de lucro. La organiza el Club Andino Bariloche y es el gran evento de esa entidad en todo el año. Todos sus miembros están en la carrera este fin de semana, sea colaborando con la organización o corriendo como atletas inscritos. Larga de la base del cerro Catedral, el más conocido “resort” de esquí de Bariloche y consiste en unir los cuatro refugios tradicionales de montaña de esta zona. Ellos son el Frey, el Jakob, el López y Laguna Negra. En el primer día se hacen los dos primeros, llegando a acampar a Colonia Suiza, un pequeño pueblo cercano a Bariloche fundado a principios del siglo XX por suizos venidos de Chile (queda un solo sobreviviente de esa ola inmigratoria, tiene cien años). De allí se parte en la segunda jornada para hacer el López y el Laguna Negra, para terminar otra vez en Colonia Suiza luego de un total de 70 kms (o tal vez alguno más a decir de los que tenían GPSs).
Yo no había estado nunca en ninguno de esos refugios, que son parte de los paseos obligados de todo barilochense, todos ellos los conocen muy bien. No sabía qué distancia había entre uno y otro, ni conocía el plano altimétrico. En realidad, no había tenido tiempo ni de mirar el mapa en el sitio web de la organización de la carrera. Pero yo no preciso mucho de todo eso. Basta que me digan “hay que correr pallá” y tengo suficiente. Pero en pocas carreras si alguna, cuenta como en esta el conocimiento previo del terreno. Para mostrarle esto déjeme que le cuente como transcurre la primera jornada. Primero sube uno una tremenda cuesta hasta el Refugio Frey sobre la ladera del Cerro Catedral a 1700 metros sobre el nivel del mar (msnm) es particularmente bonito por estar construido en granito y de esta manera es el que más se mimetiza con el entorno. Luego se presenta sin aviso otra cuesta muy dura hasta el refugio Jakob, a orillas del lago del mismo nombre. Este refugio está a 1600 msnm y también es de considerable tamaño, como el Frey o casi, no lo que uno normalmente imagina como un refugio sino una construcción con todas las de la ley, como en los Alpes europeos. A esta altura ha hecho uno mucho menos de la mitad de la jornada en distancia, pero bastante más de la mitad en tiempo, pues lo que queda es una suave bajada por sendero de tierra, en el bosque, hasta Colonia Suiza (también hay antes un bruto pedregal pero obviémoslo por sencillez del relato). Quien no sabe esto puede tender a “quemarse” subiendo demasiado rápido ambas abominables cuestas, quedándose sin piernas para la bajada. Y el tiempo que ganó con esfuerzo en la subida lo pierde y con creces en la bajada por no poder correr o tener que hacerlo demasiado lentamente. Yo no tenía idea de esto, me iba desayunando al ver el cambio de terreno con mis ojos.
Desde el Jakob hasta el final, corrí con un nuevo amigo, Juan Barata, porteño radicado recientemente en Bariloche con quien nos hicimos mutuamente mucho más llevadera la extensa bajada. Yo había calculado mal el agua –y Juan también- por lo que nos quedamos secos faltando unos seis kms. Tan deshidratado estaba yo que no podía hablar pues se me pagaba el paladar a la lengua, impidiéndome darles la forma que la emisión de sonidos comprensibles exige. Se me “lenguaba la traba” como se dice popularmente. No podía hablarle, porque Juan no me entendía si lo hacía.
Llegué totalmente entero al campamento –a menos de la sed- y hasta ligué un masaje gratis por estar entre los primeros. El segundo día arranqué con Juan pero a poco de andar él empezó a sentir el peso de lo andado ayer y tuvo que bajar el ritmo. Yo no tenía intención de aflojar, claro. Hubo en este día cinco cuestas y se comienza llegando al refugio López (1620 msnm), que normalmente es usado como descanso en el camino a la cumbre del cerro del mismo nombre. Otra vez, un refugio de gran envergadura que al igual que los anteriores, volvió a sorprenderme (acostumbrado a los del Aconcagua o Lanin, que son mucho más pequeños). Yo no me hubiera detenido a reparar en la notable vista que desde la cuesta se tiene del lago Nahuel Huapi si no hubiera sido porque Juan primero y Alberto luego me instaron a darme vuelta y contemplarla. Había pensado en desgranar aquí una larga batería de adjetivos para describir un paisaje alucinante pero me pareció mejor mostrarle una foto de lo que nosotros podíamos ver, con solo voltearnos de tanto en tanto.

Arriba de la última cima, ya se divisa a las orillas de la Laguna Negra el refugio homónimo, cuarto y último (a 1650 msnm). Entonces, uno ya sabe que tiene la carrera “en la bolsa”, que en dos horas estará comiendo y charlando y bebiendo. Les aseguro que este pensamiento –comer, conversar, tomar agua- es como una inyección de estimulante que uno recibe. En todos los refugios había agua, fruta y la posibilidad de comprar tentempiés dulces (lo que los extranjerizantes llaman “snacks”. Yo me resisto al extranjerismo existiendo término tan bonito en nuestro idioma para sustituirlo). La laguna Negra parece inmaculada y prístina, pero aunque parezca mentira, está contaminada y sus aguas no pueden beberse. Consecuencia del propio refugio de montaña que vierte sus desechos a la laguna sin tratamiento desde hace muchos años.
La carrera tiene un elemento de estrategia en su formato y es importante que yo se lo describa. Uno puede, si quiere, hacer “bonus” que si se los hace, descuentan tiempo al real invertido. Estos “bonus” suelen ser desviar y subir y bajar una cumbre cercana al camino principal. Arriba de la cumbre hay un miembro de la organización que toma constancia de quienes hasta allí llegaron. Esto está pensado para demorar a los punteros o corredores de élite, logrando que lleguen junto con “la masa”. Los tiempos que descuenta cada ”bonus” no son demasiado generosos, por lo que a un corredor de élite sí le justifica hacerlos, es más, si no los intenta seguramente perderá la carrera frente a sus pares. Para un corredor rápido pero no de élite, la cosa es diferente y debe pensar cual ”bonus” conviene y cual no. Y para la mayoría de nosotros, es absurdo pues lo que descuenta el ”bonus” es menos que el tiempo que uno invierte en ir a buscarlo si no es un corredor puntero. Además, hay que considerar el cansancio adicional que se agregará al cuerpo para el día siguiente. Pero a mí lo que me gusta de esto es que transforma un deporte que es simplemente “ir para adelante lo más rápido posible” en una estrategia en la que hay que tomar decisiones. Y yo amo tomar decisiones tanto como amo correr. Es claro que viniendo como venía de correr La Misión y el Cruce, sumado a que no soy de élite, rápidamente descarté intentar ni uno solo de los bonus “grossos”. Distingo los “bonus” importantes de otros dos que había, esos sí aptos para todo el mundo. Uno era el “bonus” madera que te restaba 10 minutos por cargar un trozo de tronco de un lugar a otro y el segundo, más útil para el medioambiente, otorgaba otro descuento de diez minutos por bajar una bolsa de basura metálica pero liviana, del Refugio de Laguna Negra al camping de Colonia Suiza, colaborando así a retirar basura acumulada hace años en la montaña. Ambos “bonus” fueron utilizados por todos los corredores prácticamente.
Además de Daniel Rearte, estaban Alberto Danihel (pero sin Manfred, su compañero en La Misión cuando nos conocimos, otro amigazo), Florencia Gorchs, Ximena Berti y Eduardo Arroyo, dos amigos chilenos que nos hicimos con Marcelo corriendo La Misión.
En la general ganó una vez más Gustavo Reyes, neuquino, un habitual vencedor de casi todo en la Patagonia. En mujeres ganó Julia López de Bariloche. 27 de los 30 podios –había diez categorías-  son originarios de la Patagonia, o sea, locales. Patagónicos fueron los tres vencedores de mi categoría, en la que salí cuarto. Pero si tenemos en cuenta que el tercero me sacó casi una hora, no resulta posible atribuir su ventaja exclusivamente a la localía: hay diferencia de talento también. En mixtos ganaron Florencia Gorsch y Charly Galosi que compartieron el primer puesto luego de pasarse un equipo al otro muchas veces durante la carrera. La vigencia de Florencia como número uno del atletismo de aventura argentino ya es histórica.
Ahora, analicemos en serio y sin hojarasca el real valor de lo conseguido por este servidor: hice podio en el Cruce (en equipo, con Marcelo Rodríguez), es cierto, pero había 16 equipos en la categoría, o sea que el 30 % iba al podio, un podio accesible. En 4R había aún menos, solo 10 personas o sea que el 30 % iba al podio y ni así entré. Además, la categoría era 50+ con lo cual atletas de fuste pero de arriba de 60 como es Daniel Rearte, tenía que competir conmigo que tengo diez años menos, algo injusto. Cabe hacer notar que Daniel fue el atleta de más edad a completar la carrera, algo que por sí solo habla de su temple y valía. Por último, ¿hay gran mérito en haber corrido el triplete en un mismo verano? Tengo la certeza de que hay en la Argentina varios cientos, no digo miles, pero sí cientos, de personas en condiciones de hacerlo y de obtener mejores posiciones que las que obtuve yo. No lo ha hecho nadie antes porque o no se le ocurrió a nadie por ser un objetivo intrascendente, o tal vez sí se le ocurrió a alguien pero circunstancias laborales, familiares o financieras simplemente no se lo permitieron.
Terminé en algo menos de 14 horas, contento con lo conseguido, sorprendido de que el cuerpo continúe aguantando batallas. Estaba entero, sin molestias ni dolores ni calambres ni ampollas. Totalmente motivado para la próxima refriega que será Tandil el 13 de marzo. Tan bien me sentía que me parecía que todo lo que precisaba para correr otro día como este al día siguiente, era un plato de comida y diez horas de sueño. Quería que Tandil fuera el próximo domingo, no en dos semanas. Corrí todos y cada uno de los 320 kms que suman las tres competencias que mencioné, disfrutando cada metro, cada minuto, el viento en la cara, la transpiración en la frente. De la línea de llegada me fui corriendo –literalmente- a la ducha del camping, de allí a disfrutar un guiso gentileza de la organización con los colegas y sin más demora, me subí a un taxi que me estaba esperando para llevarme al aeropuerto de Bariloche pues el lunes a la mañana tenía, al igual que el viernes antes de volar a Bariloche, impostergables reuniones de trabajo aquí en Buenos Aires. “Living in the Edge” dice un amigo que es lo mío. Y sí, un poco es así. Pero a mí me gusta eso.

Dos por cuatro en Tandil, 13 de marzo 2011

Sierra de las Ánimas

Su roca duerme un sueño largo y lento
Que viene del comienzo de las Eras:
Tiempo sin tiempo, longitud de esperas,
que al trepar por sus cuestas yo presiento.

El viento la desgrana, siempre el viento,
va derruyendo cumbres y laderas.
Sin apuro sus rachas pasajeras,
desmoronan su lomo ceniciento.

Antes de que se cumpla su destino,
yo integraré su roca y su camino
de liquen y vertiente en soledad.

Voy llegando por fin hasta la cumbre.
Miro hacia arriba: celestial techumbre,
y ella conmigo, ante la inmensidad

Julio J. Villaverde

La carrera de las sierras de Tandil es un clásico absoluto. Son 28.7 kms de sierra, aunque los primeros 18.8 son esencialmente planos. Planos, claro, para una carrera de montaña, pues un desnivel similar sería calificado de inadmisible en una carrera urbana.
Esta carrera se corre desde hace ya diez años y yo creo haberla corrido unas cinco veces con esta. Una vez con Marcelo, otra solo, otra con Walter Ricardo y una con el notable grupo de amigos que me hice cuando trabajaba en Kraft.
Pero todo eso es pasado. Este año estaba Cristian Gorbea , mundialmente famoso desde su odisea en Champaquí, si no sabe de qué le estoy hablando, lea el relato que el propio Cristian hizo de esa epopeya en mi blog.  Cristian, como este servidor, comparte el vicio de la literatura y el del atletismo. También Nora Maggio, Lalo y Arturo Carranza que viajaron conmigo en auto, Ruben Costantino, Juan Luis Basombrio, Hernán Petruzzi y el siempre dinámico e imparable Gabriel Szkolnik con su grupo de alumnos.
La competencia se larga siempre del parque Independencia, donde está el llamado “Castillo morisco” una de las atracciones del hermoso pueblo bonaerense que es Tandil. O tal vez debería decir ciudad, pues tiene todo lo que una pequeña urbe debe tener, manteniendo al mismo tiempo una escala humana que la hace adorable. Tan adorable como sus embutidos, salamines y afines, famosos en toda la Argentina pero que este servidor se abstuvo tanto de consumir in situ como de comprar para traer a Buenos Aires, pues como sabe hasta el más novel de los atletas, no son los salamines comida apropiada para un corredor serio.
La carrera comienza con una subida hasta el Castillo Morisco, en cuyas alfábelas se encuentran siempre apostados los fotógrafos pues desde allí se tienen tomas notables de la marcial columna de corredores frescos, alegres, ganadores. Como dije siguen luego 18 kms sin mayor pendiente, hasta llegar a la primera “trepada” (argentinismo por “cuesta”) lugar donde realmente empieza la carrera de Tandil, que solo dura, vista de esta manera, diez kilómetros.
La tabla que sigue –Borges me habría mandado hervir en el infierno por poner una tabla en un texto literario o que aspira a serlo, se supone que uno cuenta los datos, no los grafica ni los exhibe en forma tabulada, pero yo no soy Borges- le muestra lo que he corrido últimamente y concluirá conmigo que tamaña paliza sobre los cuádriceps, isquiotibiales, gemelos y otros grupetes musculares, es probable que ningún otro corredor tuviera encima.


Carrera
Fecha
Distancia (km)
Terreno
Desnivel vertical
Maratón de Estambul
17-10-2010
42.2
Urbano
despreciable
La Misión
3/4-11-2010
150
Montaña
7000
Cruce de los Andes
5a7-2-2011
93
Montaña
3000
Cuatro Refugios
26/27-2-2011
70
Montaña
3500
Tandil
13-3-2011
28.7
Montaña
980
Total

384

14300


La distancia que he corrido y que se muestran en la tabla, implican un promedio exacto de 79.5 (digamos 80) kms competitivos cada mes durante cinco meses, sin contar el muy importante desnivel vertical. Alguno sin mala intención, estoy seguro, me había dicho la víspera que con tanto kilómetro encima, iba a “crepar” (argentinismo por “caer extenuado”) en la primera cuesta. Como se imaginan esto solo sirvió para, por el contrario, reforzar mi motivación. Llegué a ese punto, en el cual solo faltan diez kilómetros y me dije a mi mismo: “solo La Misión, el Cruce y Cuatro Refugios totalizan 320 kms. Más 18 que ya hiciste de esta carrera van 340 pa´ redondear. ¿Te vas a achicar Berni por apenas diez que quedan?”. Terminé en 3.15.41, duodécimo (me resisto a olvidar los números ordinales y decir, a la usanza posmoderna, “doceavo”) de 133 en total en la categoría, o sea 9 percentil, bajando en 1.30 minutos mi marca del circuito. Nada mal con la “palma” que tenía encima (otro argentinismo, pero este no se lo “traduzco” para no aburrir, dedúzcalo). Rubén salió octavo (6 percentil) con 3.10. Cristian Gorbea metió notables 3.07 y Nora Maggio impresionantes 3.11 (6 percentil). Me dirá que yo fui el orejón del tarro. Gracias, yo sabía que Ud. era un amigo.
El sábado se había amanecido, como diría el poeta, desnudo y sin qué ponerse. O sea, triste, lluvioso, destemplado. Esto hacía presagiar un domingo ídem pero como San Pedro es corredor, no fue el caso. Tuvimos condiciones maravillosas salvo un poco de viento de más, pero nada es perfeKto en la vida. La carrera termina en el mismo parque donde se inicia y allí la organización entrega comida y bebida a los sufridos corredores. Es un placer tirarse al sol, comer y beber y charlar con amigos y colegas, durante largo rato mientras se aplaude a los que todavía están llegando.
Pero no fue el aspecto deportivo el único que me produjo goce interior este fin de semana. En el cuarto del hotel había un libro de poemas –casi todos sonetos- de un poeta local que me había gustado mucho en una primera lectura. Así que como tenía que esperar en recepción a Lalo y Alfredo para llevarlos en auto a la largada, pedí permiso para llevar allí el libro de la habitación. “Lléveselo a su casa si le gustó” me dijo la encargada. Y gracias a eso es que podemos contar con el poema con que se inician estas líneas, uno de los muchos muy bonitos del pequeño libro pueblerino editado con cariño y pasión por las letras. La Sierra de las Ánimas es una de las que atravesamos en esta competencia y aunque no creo que el autor del poema las haya cruzado nunca corriendo, estoy seguro que lo hizo innumerables veces, munido todas ellas del mismo amor por las cuchillas que yo he sentido en estos cinco “tandiles” que he corrido.
Ha llegado el momento de explicarle el título de estas líneas. No es que me fui a bailar tango a Tandil, no. Es que en principio Rubén y yo íbamos a correr con Vicente Dragobratovic y Marcelo Rodríguez, los cuatro juntos. Pero esos imponderables de la vida, esos factores que ni aún los que todo queremos poder controlar conseguimos poner bajo nuestros designios, les impidieron estar presentes, al menos, estarlo físicamente. Pues estuvieron en espíritu, en las notables carreras que hicimos Rubén y yo. Por eso el título, porque dos corredores, corrieron por cuatro.
¿Que qué se viene ahora? No me va a creer pero tengo agendados un total 130 kms competitivos en los próximos dos meses y medio, en  dos carreras en otros tantos rincones apartados del mundo. Es que esto genera adicción, vio.

P.D. La palabra “alfábela” no existe. ¿Pero dígame si no da la idea de cosa morisca? Es lo que siempre digo, en literatura no importa ser verdadero, solo interesa ser verosímil.

Short Mision. mayo 2011

A Héctor Baccela, rosarino

Mi vida deportiva es como mi vida: un caos entrópico que siempre termina ordenándose sobre la marcha luego de varios cambios de planes. El sábado pasado iba a correr 80 k en Salta y no pude ir por problemas de laburo. Hoy debía correr otros 80 K en Sudáfrica (la famosa Comrades Marathon) y pasó lo mismo. Así que a Marcelo se le ocurrió correr la Short Mission (40 k de montaña en Potrero de los Funes, provincia de San Luis, que yo había corrido el año pasado con Ruben) y nos vinimos sin ninguna preparación especifica
Como siempre, había amigos por todos lados. Estaban Eduardo Gross y German Masut a quienes jamás terminare de devolverles un favor. También estaba Hernan Petruzzi.
Llovía al levantarnos pero como San Pedro es corredor -lo digo convencido- paró antes de la largada, exactamente lo mismo sucedió el año pasado. La mayoría salió de manga larga, calza ídem y mucho abrigo. Nosotros con ambas cosas cortas, sin guantes ni gorro de lana y nos bancamos el frío en la cumbre. Yo no solo no sufro del frío -siempre que no pase de menos 15 grados centígrados, tampoco soy oso polar-, más que eso, gozo con el sufrimiento que el frío produce. Si, soy masoquista. ¿no lo es un poco todo corredor de fondo?  Tanto frío hacía que "Guri" Aznares, el organizador, "mochó" una cumbre, lo que yo lamenté: se hubiera pasado aún más frío arriba.  Nos enganchamos con dos corredores más jóvenes con quienes hicimos casi toda la carrera juntos. Yo llevaba la punta, tarea que mucho me gusta porque en quien la ejerce cae la responsabilidad de mantener el ritmo del grupo y de estar atento a las marcas de diversos tipos que coloca la organización y sirven para reconocer la senda. No se puede titubear en esa tarea pues significaría bajar la velocidad, perder tiempo. Y una carrera de aventura no es un paseo para disfrutar del paisaje. Es una competencia y se trata de darlo todo para ganarle a tantos como sea posible. Eso precisamente es lo que hace Hermes (tal el nombre del equipo que formamos con Marcelo). Damos la vida en la carrera como también la da uno en el amor, la política o el laburo.  Es la tibiez lo abominable.
Tal vez ya sea hora de compartir con Ud. los resultados. Había 217 inscritos pero solo 129 se presentaron a la línea de largada. De ellos, 27 abandonaron, habiendo completado la carrera un total de 112. Cómo pudieron perderse tantos corredores es raro pues el circuito estaba muy pero muy señalizado. Tal vez debo decirle que no solo hicimos podio en la categoría, más aún, que salimos segundos (o segundo y tercero pues llegamos de la mano, sobre 21 en total).  Tal vez Ud. crea que esto es destacable o meritorio. Que vale algo. Seré sincero: yo también pensaba que valía algo un podio en una carrera donde, seamos honestos, no corre cualquiera. Hasta que hablé largo y tendido con Héctor Baccela, un rosarino de 60 anos que llegó apenas siete minutos después que nosotros (pusimos 5.58). El hombre había sido operado de un enorme cáncer de próstata hace apenas ocho meses. Corte hasta el ombligo pues el tumor todo eso ocupaba. Contó sin sentirse mal que en la carrera no podía evitar orinarse encima. Pero no por eso paraba. Ud. se preguntara como se tantas cosas de este señor cuando se sabe que corriendo no es fácil ser locuaz. Yo reconozco que soy un poco verborrágico (¿la extensión de este mail no es prueba de ello?) Pero también es cierto que los corredores hablamos sin hablar. No precisamos de tantas palabras como los sedentarios.
A este rosarino gigantesco van dedicadas estas líneas. Porque lo nuestro es nada a su lado. Pero sobre todo, porque es desde ahora una de las luces que iluminan nuestro diario y duro entrenamiento.

El día que Linterna Verde visitó la costa argentina – Merrell Pinamar, 7 de agosto de 2011

Vino a Buenos Aires a negociar los derechos de distribución para nuestro país de su última película, o al menos eso me dijo en una primera instancia y como ambos somos un poco superhéroes me preguntó si había alguna carrera interesante este primer domingo de agosto para despuntar el vicio pues además de justiciero, Linterna Verde es destacado atleta.
Le hablé de la Merrell Pinamar que ya va por su duodécima edición, y enseguida me dijo que fuéramos. Íbamos en el auto a la hermosa localidad de la costa bonaerense cuando me contó y desveló el verdadero propósito de su viaje a la patria del tango y el bife de chorizo: Al UGLC (Universal Green Lanterns Congress) habían llegado noticias de mis denodados esfuerzos para defender a los desvalidos, arreglar la crisis económica mundial, rescatar princesas prisioneras en torres de castillos, paliar inundaciones en Pakistán, salvar refugiados en Libia y otras actividades mías en beneficio del bien público, y me votaron unánimemente como nuevo Linterna Verde para el planeta Tierra. Así, me dio el uniforme, el anillo y la lámpara para cargarlo. No bien llegamos al hotel me puse la pilcha –porque me dijo que tenía que correr con ella. Le pedí que nos sacáramos una foto juntos, si no mis amigos, le dije, que son unos escépticos incorregibles, no me creerán una palabra de todo esto. “Imposible” –me espetó en voz de mando- “desde ahora no podés sacarte más fotos. Preservar tu identidad es tu mayor obligación de aquí en más”. Así que la foto pal feisbuc queda pa´otra vez, vio.
Le pregunté al Linterna Verde que me estaba pasando el bastón de mando si el anillo no se podía cargar más fácil de un puerto USB, pero me miró con cara de no sé de qué me estás hablando, por lo que interpreté que la tecnología aún no ha llegado al UGLC, o sea son como la FIFA, digamos.
Yo había corrido Pinamar tres veces, la última hace ya algunos años y no recordaba cuanto tiempo había puesto. Así que no era fácil desarrollar una estrategia de “timing” y corrí a la que te criaste. El tiempo estaba impecable, nublado y sin viento lo que sumado a la belleza del paisaje y del terreno, auguraban una carrera memorable. Como además de los 27 km. regulares y que corríamos muchos, se corrían postas, había un total de 2300 corredores en la víspera, llenando los restaurantes de la localidad y comiendo fideos en todos ellos. La tribu corredora en pleno con todo el “charm” que la misma destila y del que yo tanto disfruto.
La jornada es particularmente cara para los fondistas argentinos. Porque fue un 7 de agosto en que Juan Carlos Zabala y Delfo Cabrera obtuvieron las únicas dos medallas de oro en maratón olímpico para nuestro país. El primero en Los Ángeles en 1932 y el segundo en Londres en 1948. Por esto hoy, 7 de agosto es considerado el “Día del Maratonista Argentino” y yo creo que con mucha mayor justificación que muchos otros días tontos, de índole totalmente comercial. El 7 de agosto nosotros no nos regalamos nada el uno al otro. Simplemente nos deseamos suerte en las próximas carreras y recordamos con respeto y cariño al “Indio” Zabala y a Delfo.
Comenzó la carrera puntualmente a las 10 del domingo. Se inicia con una media docena de km por la playa, que le permiten a uno sentir esa agradable sensación de hundir el pie en arena blanda como cuando corríamos just for the fun of it, como cuando éramos chicos y no sabíamos aún que aquel juego infantil se tornaría una obsesión adulta. Luego de un par de km de transición se toma la parte verdaderamente linda, destacada y dura de esta carrera, que son seis kilómetros de médanos, alguno de los cuales llega a tener 7 u 8 metros de altura, aunque la mayoría mucho menos. Una zona donde lo único que se ve es arena en las cuatro direcciones. Es aquí donde es posible obtener las mejores fotos de la carrera y momento en el cual uno lamenta estar vestido de corredor y no de fotógrafo porque la fila de atletas transpirando y corriendo por el filo de un médano como una columna de devotos guerreros camino a la batalla, conforman una postal muy fotogénica. Marcelo y yo le pusimos mucha atención a este tramo pues ya estamos inscritos para correr en abril de 2012 la Marathon des Sables en Marruecos: 251 km en el desierto del Sahara en donde encontraremos médanos como estos pero en cantidades mucho mayores, casi interminables.
Prosigue con un largo tramo de bosque de pinos, con piñas en el piso y olor a pinocha –esos pinos tan altos, ese olor a bosque de la infancia- para terminar con unos pocos km de senderos o calles de la localidad. Yo me sentía increíblemente fuerte y pasé corredores de a decenas, creo que en toda la segunda mitad de la carrera me pasó uno solo. Quería meter un podio, a qué negarlo y puse todo lo que tengo. Todos los poderes de mi nueva identidad de Linterna Verde desplegué con ese fin. Los otros corredores, al verme de uniforme de superhéroe, me miraban, se imagina Ud., con cara rara.
Entonces encontré la motivación que me faltaba. La hallé en el cielo, que aunque ligeramente nublado era celeste como la camiseta de la selección de mi país. Así que me dije, si los muchachos pudieron en Sudáfrica y en la Copa América, yo también puedo conseguir lo imposible. Y comencé a dedicarle cada corredor o grupo de corredores que pasaba, a un integrante de la selección. “Este va para vos, Suárez” me decía a mí mismo al dejar atrás al de remera violeta que me sirvió de liebre un tramo. “Este otro es tuyo, Ruso”, y así recibieron su dedicatoria Forlán, el Loco Abreu, Cavani, Lugano, Palito y todos los héroes de cuyos nombres me iba acordando.
Entonces llegaron los últimos dos km que vuelven a ser, como los primeros, de playa. Yo tenía GPS así que sabía exactamente cuánto faltaba. Seguía pasando gente. Quedan ahora 300 metros y se ve ya que hay que salir de la playa hacia la calle principal, donde, escasos metros adelante, está el arco que marca el final, el descanso, el abrazo con los colegas, la medalla, el camino a la ducha y a la comida. Tengo tres corredores delante y pondero las chances que tengo o no de pasarlos. Ellos optan por el camino más sencillo, de menor castigo para la vapuleada osamenta que es seguir por la arena dura y luego doblar en ángulo recto hacia el final. O sea, toman los catetos del triángulo rectángulo. Yo comprendo que la única chance de pasarlos es pegarle por la hipotenusa, pero esto implica correr sobre arena blanda, seca, y hacerlo tanto o más rápido que lo que corren ellos por arena firme. Y lo consigo y dedico dos de los tres corredores a cada una de las Sagradas Manos de Muslera y el último corredor que logré pasar fue, claro, para Ud., Maestro.
Terminé en 2.34.20, noveno de 105 en la categoría (Hombres de más de 50 años), o sea, 8,6 percentil. No estuvo mal pero no dio para podio ni de cerca. Muchas veces termino las competencias muy entero, la mayoría. Pero esta vez fue más que eso: quería seguir corriendo y faltando un km lamenté que la carrera no continuara tres o cuatro más pues al ritmo que venía pasando gente, hubiera sin duda mejorado mi posición en la general y quizás en la categoría. Atravesé la línea de llegada con los brazos abiertos y en alto como quien gana una etapa del Tour de Francia, sabiendo que me esperaba una gran foto. Con el rostro iluminado como un cielo de verano y las piernas firmes y fuertes, como el trueno de un tambor. “Flor de Murga”, que estrictamente hablando no es una murga sino una agrupación carnavalera (recuerde lector que los montevideanos nacimos entre murgas y tablados) alegró tanto la previa a la carrera como el “post”. Siempre están aquí y en Tandil, la otra igualmente hermosa carrera de la provincia de Buenos Aires. Con sus trajes multicolores, su música alegre y ritmos vivos, le ponen un toque de “pum para arriba” a todo el entorno.
Uno siempre antes de escribir estas líneas mira la clasificación a ver si hay algo que amerite ser comentado a los lectores. Cecilia Urtubey cuya edad no voy a desvelar aunque la conozco porque ante todo soy un shentelman, baste decir que corre en la categoría “Damas de 41 a 50” no sólo ganó en su categoría sino que lo hizo en la general. No recuerdo que esto se haya dado nunca antes en hombres, o sea, que un cuarentón gane en la general. Notable lo de Cecilia, chapeau pour elle.
De mis amigos corrieron Santiago Coria (que salió décimo sexto de casi mil hombres en la general y eso porque ocho de los que le ganaron acortaron por error, o sea, hicieron trampa, pero no queriendo), Nora Maggio, Marcelo Rodriguez, Daniel Minenna, Pablo Varán, Hernan Petruzzi, Carlos Etcheverry y Gabriel Szkolnik. Con Gabriel corrimos Pinamar en la que fue mi primera vez, hace muchos años. Tenemos una notable foto llegando juntos a la meta.
No hubo malhechores asaltando bancos ni abusando de viejitas, por lo que Linterna Verde pudo dedicarse exclusivamente al deporte. Volvimos con él al hotel, y mientras caminábamos me contó de las maratones de hasta 800 mil km –dos vueltas al ecuador de Júpiter- que ha corrido en el universo. Subimos las escalinatas del hotel abrazados, en silencio durante unos minutos, silencio que él rompió cuando me dijo lo más humano que le escuché en todo el fin de semana que pasamos juntos: “Amo este deporte y a él me entrego en cuerpo y alma como las pitonisas a su oráculo, como los amantes a su idilio. Amo este deporte y, como dice una canción de Gilda, no me arrepiento de este amor”.

Maratón de Buenos Aires, 9 de octubre de 2011

"Corré solo media maratón, porque venís de correr 65 kms de montaña en Champaqui hace cuatro semanas (quinto), de 20 k en Palmar hace dos (cuarto) y de 21 k en Zarate hace una (segundo) y eso es mucha paliza. " me dijo mi entrenador Gastón Aldave. Claro, es fácil decirlo, más difícil es hacerlo. Fue como darle una botella de vino a un borracho y pedirle que beba solo la mitad. No podía bajarme en la mitad. ¿What for? ¿Qué necesidad de volver tan rápido a ese mundo hostil de sedentarios que no entienden nada y te preguntan en la víspera si en caso de lluvia corrés con impermeable? ¿Dónde iba yo a estar mejor un domingo que rodeado de brasileños, colombianos, venezolanos, chilenos, peruanos, uruguayos, argentinos de todas las provincias que comparten la pasión por el más antiguo de todos los deportes? ¿Dónde me sentiría más a gusto que en el seno de la Gran Patria Corredora, en el seno de mi tribu? En parte alguna, sin duda. Así que seguí. Como el ritmo lo controlaba el GPS, yo puse velocidad crucero como se hace en el auto en autopista, saqué los pies del freno y del acelerador y a velocidad endemoniadamente constante, me dediqué a mirar una vez más la ciudad que amo, en la que vivo y de la que diariamente gozo. Sus calles céntricas, sus villas paupérrimas, su ostentoso Puerto Madero donde trabajo, su puerto, sus adoquines, sus esquinas. Sus mozos, sus chicas, sus turistas distraídos, sus familias en paseo. Hay un tango que dice: "..pues donde hay una milonga (lugar donde se baila tango) yo no puedo estar sin ir". Eso me pasa a mí con las carreras. Yo veo un arco de largada, un mesa de agua al costado y... cazo las zapas que tengo siempre en el auto y allá voy. Esté o no en mi plan de entrenamiento.
La maratón de Buenos Aires empezó puntualmente a las 7.30 con cielo nublado. Había llovido durante la noche y se anunciaba lluvia nuevamente a partir de las 9, o sea, "maso" en la mitad de la carrera. Esto no ocurrió, no cayó una gota, prueba si hacía falta de algo que siempre supe: Dios y San Pedro, son corredores. No seguí liebre ni estaba con amigo alguno para "tirar juntos". Pero tenía de vuelta mi gran amigo el Forerunner 405. Así que lo puse a 4.55 y simplemente, lo seguí toda la carrera. Así de simple. Terminé entero en 3.28.39. Hacía cuatro años que no bajaba las tres horas y media.
No alcancé mi PR, que es de 3.20.30 obtenido precisamente hace cuatro años en la hermosa capital catalana. Entonces contaba en los últimos kilómetros con la ayuda de mi sobrino Kim, que se encontraba estudiando en esa ciudad y me "llevó" hasta el final a 4.00 el km, lo que nunca habría conseguido sin él. Como lo extrañé hoy, pues de haber estado a mi lado como en Barcelona, tal vez hubiera hecho marca, tal vez. Y ahí sí, entrado en los libros.
Llegué no pidiendo agua ni "geito" ni comida ni masajes. LLegué pidiendo el km 43, quería seguir corriendo. Yo no sé por qué las carreas tienen que terminarse justo cuando uno empieza a divertirse, vicio que deriva de las ultras, supongo. LLegué solo, llorando como si hubiera sido mi primera maratón. Llorando de la emoción de, a los 53, poder correr maratones abajo de 3.30 y sin haber hecho un solo fondo previo de 30 como indica la norma
23 maratones urbanas en la bolsa (sin contar maratones de montaña ni ultramaratones, ni carreras de varias etapas) y 12 años en los que al menos he corrido una maratón urbana en cada uno de ellos (y a veces dos y tres).
Sabe, la raza de atletas está dividida en dos, los de calle y los de montaña que no se llevan del todo ni se frecuentan demasiado. Muchos de nosotros -en modo alguno creo ser el único- somos una especie de puente entre ambas comunidades, de vínculo, de link, de eslabón, que goza tanto de una ultra en los Andes como de un 10 k en las callecitas de Buenos Aires. Porque yo amo correr en las montañas, en el medio de la naturaleza. Pero siempre creeré que la verdadera medida de un corredor, son los 42 de calle. La Maratón es la madre de todas las carreras.

El otro S-11 (Half Misión, 11 de septiembre de 2011, San Javier y Yacanto, Córdoba, Argentina)

Reconozco que la posmoderna modalidad de abreviarlo todo no me llama excesivamente la atención.  Arturo Pérez Reverte, un colega ibérico -Arturo no corre, escribe- dijo una vez: “Cual es el placer o la utilidad de decir algo en dos líneas, si puede decirse en cuatro páginas”. Comparto plenamente. Así, la costumbre –especialmente española y norteamericana- de abreviar las fechas a un número y una letra me resulta algo que hay que aceptar como hecho consumado, no un placer. Este 11 de septiembre, S-11 o 11-S  como prefiera cada uno llamarlo, fue especial. Diez años de las Torres Gemelas me encontraron en una de las zonas más agrestes y menos desarrolladas de la provincia argentina de Córdoba, zona conocida en general como “traslasierra” por encontrarse precisamente al otro lado de una cadena de serranías cuyo punto más alto toca pero no alcanza, los 3000 msnm. Mientras los sitios web del mundo –iba a decir los teletipos, que antigualla- nos brindaban toda la información de los actos de conmemoración este servidor y otras decenas de guerreros espartanos se alistaban para velar sus armas en las serranías cordobesas. Poca atención o ninguna prestamos ninguno de nosotros a la cobertura informativa, no por falta de interés ni de respeto, sino  simplemente porque estábamos “en otra”.
Es en el cerro más alto de esta cadena y de toda la provincia de Córdoba que esta carrera en la que participé se centra. Arranca de un pueblo tan encantador como desconocido, llamado San Javier y Yacanto, poblado por gente sin prisa, almacenes de estilo colonial que invitan a la siesta y la sobremesa, paisanos amables y un comisario afable que invita a volver a una guitarreada con tinto y amigos, invitación que me he prometido aceptar el año que viene. Un pequeño paraíso en suma.
A San Javier rumbeamos un par de cientos de corredores de aventura, no necesariamente los mejores,  siempre quedan fuera muchos colegas por los más diversos motivos. Casi siempre son los mejores y por eso uno consigue alguna posición razonablemente buena. La carrera toma como base el Hotel Yacanto, que en sí mismo podría ser objeto de una novela. Creado a partir de un ex molino harinero hace más de un siglo como lugar de reposo de los ingleses que construían el tren que pasa por Villa Dolores que queda a 18 kms, fue luego vendido por la empresa de ferrocarriles a particulares. Lo operó durante años un matrimonio que aún vive cerca, pero es hoy manejado por su hijo Julio Madero, serio golfista aficionado y que ha transformado el Torneo de Golf de su Hotel en la competencia más importante de ese deporte en la región.
Todo en el hotel está como cuando lo construyeron los ingleses, pero funciona. Los pisos de los baños son de las mismas cerámicas que los usados a fines del XIX, las canillas, los placares. Las puertas de los dormitorios o habitaciones son de vidrio completos, claro que con postigos por obvias razones de privacidad. Una práctica que ha desaparecido hace décadas.  Así como la maratón de Boston no se corre para hacer marca personal sino por gloria, no se va al Yacanto a buscar confort ultramoderno –para eso vaya al Hilton, Sheraton, etc.- sino pasado, tradición, el aire del ayer que el viento se ha llevado de nuestras ciudades. El hotel Yacanto supo acoger famosos –quiero decir, aparte de mí- como Manuel “Manucho” Mujica Lainez. En realidad Manucho vino al hotel siempre a descansar, no a escribir. Pero yo para darle lustre a la historia del hotel cuento a todos que en tal mesa escribió Bomarzo (la obra máxima y genial novela de Manucho), lo que no es cierto, pero es bonito. Y yo siempre he apreciado más la belleza, que la verdad. Salvo que arguyamos que la verdad es la manifestación de la belleza en la ética, pero eso nos llevaría a otras aguas, volvamos a la carrera.
Llegamos con Marcelo (Rodriguez) el viernes por la mañana. Pasamos el día en el jardín del hotel, charlando con colegas de todos los temas de la vida, desde con qué par de zapatillas vas a correr mañana hasta lo más personal. Sentados bajo árboles centenarios, tomando el cálido sol de septiembre en el rostro, la conversación y el mate iban y venían, sin pausa ni prisa. Claudio (Teler) dijo en un momento: “Que pena que tengamos que correr mañana”. No quiso decir, es claro, que no fuera a disfrutar de la competencia, sino que hubiera querido que esa charla se extendiera un día más. Porque nosotros vamos a estas carreras demoníacas en las montañas en parte porque gozamos sufriendo durante las horas de esfuerzo físico, y en otra gran parte porque disfrutamos de encontrarnos, de estar en comunidad –casi digo comunión, pero recordé que soy ateo- con colegas, de sentirse por unos días comprendido y no mirado por el entorno como “ese loquito enfermo que corre como un demonio”.
El viernes a la noche aconteció algo que merece párrafo aparte. En la edición anterior de esta carrera, o sea en 2010, se había producido un extravío de un corredor –y amigo-, Cristian Gorbea, que cayó a una cornisa diminuta, bajo la cual no había otra cosa que un precipicio y vacío por tal vez cien metros. Allí pasó 42 horas hasta que fue rescatado por los bomberos locales. El relato del propio Cristian, que no tiene desperdicio, puede Ud. encontrarlo en mi blog. Pero vivimos en un mundo de imágenes y hoy a la gente las cosas le entran más por un video que por un texto. Así, Federico Sisto, un cineasta amigo de Cristian hizo un mediometraje de 29 minutos que fue pre estrenado en San Javier para nosotros y los bomberos. El video o película es de alta factura técnica. Es emotivo y muy descriptivo de la situación que se presentó y de la manera como Cristian y los bomberos la manejaron. El fin de semana que viene se estrenará formalmente en el festival Banff de cine de montaña que anualmente tiene lugar en Buenos Aires. Pero no se gaste en procurar entradas, están agotadas. Pronto estará en la web y no tengo dudas será a la carrera de aventura lo que el poema “Esos locos que corren” de Marciano Durán es  al atletismo en general. Una obra de referencia, con la que todo cultor de este deporte se identifica y quiere y necesita ver.  La decisión de que el verdadero estreno fuera en la comunidad donde ocurrieron los hechos, en el mismísimo cuartel de bomberos y con un público formado exclusivamente por bomberos y corredores, da una clarísima idea de la genuinidad con la que Sisto y Gorbea encararon esta película.
Así, comiendo pastas –una religión-, tomando mate, charlando de equipamiento nuevo, saludando a los colegas que iban llegando, se pasaron las horas del viernes y las primeras del sábado hasta que exactamente a las doce del mediodía largó la segunda edición de esta carrera de la plaza central de San Javier, acontecimiento sin duda único para la localidad. El año pasado fueron 80 kms, este año, debido a los incendios que se están produciendo en las sierras y que durante la noche podían divisarse con total claridad desde el pueblo, el circuito fue algo modificado y acortado, pasando a ser de 65 kms. El desnivel vertical acumulado se mantuvo sin embargo, en 3200 metros (aunque hay quien dice 3100 y otros 3900). Esencialmente uno sube a la cumbre del cerro Champaquí (de 900 msnm en que está la plaza del pueblo a los 2700 del Champaquí), da unas vueltas por el plateau que rodea la cima y luego baja. Así contado parece fácil, pues no lo es en absoluto. Dada la hora de largada –mediodía- aún el ganador corre algunas horas sin luz de día, muchos corremos varias y algunos corren la noche entera. Participaba de la competencia Gustavo Reyes, uno de los mejores corredores argentinos de aventura –if not THE best- que por supuesto se llevó el primer puesto a casa, pese a que la corrió un cambio debajo de su potencial (venía “llevando” a un amigo). Lo hizo en 9.07, o sea llegó a las 21.07, ¡tiempo para cenar en familia, diríamos!
Este servidor no la hizo tan rápido, claro. Puse 13.12 o sea que llegué a la una de la mañana, quinto de 45 en la categoría, 43 de 237 en la general. Pas mal, como se dice en Francia, not bad. Yo tenía decenas de amigos entre los corredores, pero dos de ellos son muy amigos míos y compañeros no solo de carreras y Cruces de los Andes, sino de vida y entrenamiento. Me refiero a Marcelo Rodriguez y Ruben Costantino. Apenas empezada la carrera, Marcelo quedó algo para atrás y Ruben algo para adelante por lo que no pudo ser una carrera de tres. Rubén hizo un “carrerón” epopéyico, con 12.32 y un tercer puesto en la categoría (o sea, se subió al “cajón” como llamamos al podio). No pudo ser podio para mí como para ser sincero yo esperaba –no estaba Esteban, el novio de Flor que el año pasado también me dejó fuera del cajón- pero para perder, que sea con un amigo. Duele menos. (Aunque hay que hacer notar que entre ambos todavía entró otro colega).
Corrían decenas de amigos por lo que sería literariamente insostenible nombrar a todos y sus tiempos. Baste con uno, el más meritorio y el más ejemplar, por mucho que a él, lo sé, le molesten ambos adjetivos: Norberto Gonzalez, de 70 años, fue el mayor de la competencia. Si bien demoró algo más de 24 horas (24.55), llegó entero y de una pieza.  Fue el último, sí. Pero es que los grandes, Gustavo Reyes y Norberto Gonzalez, abren y cierran. Los demás llenamos el medio.
La carrera tiene una subida inicial muy dura, en la que prácticamente se llega “de una” (argentinismo por “bruscamente”, sin descansos intermedios) a la cumbre del “Champa”, luego se desciende a un puesto de control donde se puede comprar bebida y comida y de allí se marcha en horizontal un par de horas al segundo y último puesto donde nuevamente es posible alimentarse e hidratarse. Yo hice todo ese trayecto entre ambos puestos solo, solo de toda soledad. Pero esto no me puso nervioso en forma alguna. Todo estaba muy bien marcado y además, yo cuento siempre con la compañía de MOY (mi otro yo). En palabras de Antonio Machado, en todo momento yo “converso con el hombre, que siempre va conmigo, quien habla solo, espera, hablar a Dios un día”.
Me perdí, me di cuenta, volví para atrás, retomé. Quince minutos perdidos, una pena, pero no una tragedia. Me había propuesto llegar al segundo y último puesto de avituallamiento –llamado “Tres Árboles” con luz de día, y la experiencia del día anterior me decía que como mucho, esto quería decir las 19.30. Esto era importante porque desde ese puesto el camino es un ripio de auto y por tanto puede hacerse de noche sin problema alguno. ¡Pues puse pie en el ripio a las 19.27!
Pero quizás lo mejor de la carrera estaba por ocurrir aunque ya había para entonces transcurrido más de la mitad de ella. Sabe, para nosotros todos los colegas son amigos, amigos de veras a los que les prestaríamos no importa qué pieza de equipamiento (piece of gear, ¿me entiende?) si lo necesita más que nosotros. Pero a aquellos con los que hemos compartido horas de carrera dura, los consideramos como hermanos. Así, tipos como Vicente Dragobratovic, Marcelo Rodriguez, Ruben Costantino, Walter Ricardo, Manfred Durr, Alberto Danihel, Eduardo Gross, German Masut, Pablo Vidal y Pablo Shaw integran para mí esa categoría a la que ayer agregué a Gustavo Tosco. Con él corrimos desde el último puesto a la línea de llegada, seis horas. El trayecto incluye algo más de dos horas de una bajada muy dura llamada “Cuesta de las Cabras”. Gustavo desplegó allí toda su habilidad de “cabra cordobesa” -así lo bautizaron los otros corredores a los que pasábamos “como alambre caído”-. Cuando le pregunté cómo había aprendido a bajar tan rápido una montaña de noche, me dijo que su padre lo llevaba a esas sierras a pescar de chico. Esa misma bajada nos había llevado el año anterior algo más de tres horas, este año fueron 2.10. Impressive. En esas seis horas con Gustavo nos conocimos con la profundidad que en la ciudad requiere seis años.
El año pasado yo había demorado 17.15. Si hacemos la proporcionalidad estricta de distancia, debí haber demorado este año algo como 13.45, fueron 13.13 o sea que anduve algo mejor que el pronóstico.
El mismo día se corría en Buenos Aires la media maratón de esa ciudad, carrera que antecede o prologa la maratón de nuestra ciudad que tiene lugar en octubre. Yo amo esa carrera pero como aún no disfruto del don de la ubicuidad, no pude estar en ambos lugares a la misma hora. Pero la corrieron 30 mil personas lo que es un récord para una media en la Argentina. Prueba del furor con que el país ha tomado el atletismo. Argentina tiene el récord mundial de participantes en una carrera: ligeramente más de cien mil, en un 10 K en BA a fines de los 90, organizado por Carrefour.  Pero en esa oportunidad el récord fue forzado ofreciendo productos gratis a los participantes. Sin ofender, la mayoría de esos cien mil no eran atletas, sino que aprovechaban la ventaja comercial. Lo de ayer fue totalmente distinto, crecimiento serio y legítimo del deporte pues no se regalaba nada.  Yo me sentí orgulloso, que quiere que le diga, de esta reacción de la gente de mi ciudad. De que al fin tantos hayan visto las bondades de la ”verdadera religión”.
Terminada la carrera, caminamos “torcido” como gaucho que ha pasado una jornada entera cabalgando en pelo, charlamos, recibimos y aplaudimos a los últimos, comenzamos a preparar el equipaje para volver a nuestras vidas, a nuestras rutinas, a nuestros afectos, al resto de nuestro quehacer. El sol del domingo se escurre de Yacanto y con él partimos todos. Se desarma la tribu a la que le tengo tanto afecto. Una tribu en la que, a veces pienso, reside la última esperanza de un planeta que por lo demás, se deshilacha, desfallece, se auto extingue.

Cruce de los Andes 2012

La decimoprimera edición del Columbia Cruce de los Andes –octava consecutiva en la que yo participo- tenía todo para ser excepcional. Era el primero que se realizaba casi enteramente en Chile –la norma ha sido precisamente al revés, la mayor parte del trayecto tenía lugar en Argentina para terminar algunos pocos kilómetros dentro de Chile-. El diablo, como ocurre muchas veces, metió la cola e impidió que brillara como todos hubiéramos deseado que hiciera.

Todo comenzó en San Martín de los Andes, localidad cordillerana de la provincia de Neuquén, Patagonia argentina el 1 de febrero. Partimos en buses hacia la frontera argentino chilena, Paso Hua-Hum (“altura” o latitud, Valdivia) y de ahí continuamos hasta Puerto Pirehueico (en mapuche, “lugar de agua de nieve”). Permanecimos varias horas al solcito, gozando de la charla de los colegas, comiendo si alguno así lo deseaba (estaban funcionando las cocinas de la organización), para embarcar en un ferry cuya capacidad de transporte, para que se haga Ud. una idea del tamaño, era de 24 autos. Pero en esta ocasión iba atiborrado de corredores sonrientes, que saludaban al helicóptero que nos sobrevolaba y filmaba y compartían historias de vida, flirteaban, sonreían y exponían u ocultaban los temores y ansiedades, ambos totalmente naturales, que les –nos- afloraban a la piel.
La selva Valdiviana, única en el mundo por su fría exuberancia, algo que no se ve ni en el Amazonas ni en la “rain forest” (selva tropical húmeda) centroamericana es para mí el medio ambiente más bello del mundo. Y esto por sus lagos que escondidos entre montañas ariscas y renuentes al ser humano, se alzan a la vista de los osados como joyas que nunca debemos echar a perder. En particular me gustan los lagos angostos, pues en ellos uno aprecia de cerca los acantilados a ambas márgenes. A babor y a estribor como dicen los marinos. Pues exactamente así es el lago Pirehueico por lo que la hora y media de cansina navegación hasta Puerto Fuy fue algo que disfruté mucho.
Al otro lado estaba ya el Camp 1, en el lugar del lago donde nace el río Fuy. Este año la organización proveía por primera vez, las carpas, que ya estaban armadas e identificadas con el número de cada equipo. Sin duda mucho más cómodo que en ediciones anteriores donde uno, al finalizar una larga jornada de marcha y carrera, debía levantar su propio hábitat. Pero el orden un tanto militar, excesivamente regular o simétrico hacía perder algo de encanto al despelote tipo “shantytown” (villa miseria, favela, cantegril, barriada) con el que naturalmente se armaban años anteriores los barrios de carpas. Todo fue de maravillas en este campamento. Charlar, comer, meter los pies en el lago, disfrutar de la naturaleza en estado puro y de la buena onda de los colegas, fue todo maravilloso. Ya hace muchos años que la comida del Cruce es de primera. Carne de todo tipo, arroz, fideos, guiso. Todo a discreción, comé cuanto gustes. Nadie podría ofrecer mejor comida o más abundante en el medio de la nada.
Yo supe viajar mucho por el sur de Chile, en tiempos que la vida era otra, y disfrutaba mucho de las construcciones de madera con techos de teja de alerce u otras maderas duras. En Pto Fuy había una sola de este tipo pero al menos había una. Se la mostré a mi amigo Markus Roessel alias “The German Machine” y de quien este texto hablará luego en más extensión, para que no dejara de fotografiarla.
El día siguiente partimos de Camp 1 rumbo al volcán Mocho Coshuenco. No se asciende hasta la mismísima cumbre, como es norma en las carreras de aventura, y a diferencia de las expediciones de montaña. Esto es así porque los tramos finales suelen requerir técnica que los corredores no tienen. Se rodea el macizo donde está la cumbre y se desciende por una vía diferente a la que se ha usado para ascender. Había mucha nieve en la cumbre e inmediaciones, pero poco viento, nada de frío y estas condiciones permitían solazarse con el paisaje. A poca distancia hay una montaña hermana cuyos flancos cubiertos de cielo, sol, nieve y roca tomaban todos los matices y tonos posibles del blanco al marrón oscuro. Una maravilla.
Unas palabras sobre mis compañeros. Yo corrí con Marcelo Rodriguez (equipo Hermes) y Ruben Costantino con Vicente Dragobratovic (equipo Mercurio). Los cuatro somos cuates, gomias y amigos.  Hermes y Mercurio son los nombres, romano y griego respectivamente, del mismo dios. Con esto quisimos dar la idea de que en el fondo, somos un “team” de cuatro. Marcelo y yo competíamos en la categoría 100+ (equipos cuyas edades sumadas están por encima de 100 años y por debajo de 110) mientras que Ruben y Vicente, más ancianitos pobres, lo hacían en la 110+ que es la última. Marcelo y Vicente andaban algo más lento que Rubén y yo, algo que a Rubén y a mí no dejó de causarnos alguna preocupación desde el principio. Hacia el final del día, Vicente recuperó fuerzas y esto a su vez estimuló a Marcelo y llegamos los cuatro juntos al final de los que terminaron siendo 37,8 kms. También corrían en nuestro “grupete ampliado” Markus Roessel y José “Pepe” Mostaza. Ambos apenas se conocían, Markus es alemán y ambos tomaron la plaza vacante que Daniel Minenna y su señora habían dejado al lesionarse Daniel corriendo La Misión en diciembre. Markus tiene 30 años y es un corredor no digo de elite pero muy serio en su país de origen. Es claro que Pepe, que corre a nuestro nivel, estaba complicado para seguirlo. Hacia el final de esta, la primera jornada, Pepe se esguinzó para empeorar las cosas.
La segunda noche la hicimos en el mismo Camp 1, o sea el circuito era en “loop” o “redondo”. Otra vez, no faltó nada en lo que tiene que ver con comida, hidratación y afines. Hasta había vino y cerveza, todo a discreción. Tal vez podría decirse, sí, que los baños químicos no eran la cantidad necesaria, ciertamente muchos menos que años anteriores. Yo supongo que la organización no consiguió más en esa apartada zona del sur de Chile.
Llovió durante casi toda la noche pero las carpas del Club de Corredores son amplias y de buena calidad y no entró una gota de agua. La segunda jornada iba a ser tan larga como la primera pero con menos DVA (desnivel vertical acumulado, vea los perfiles altimétricos de todas las jornadas al pie del texto). La dificultad de Marcelo de seguirnos el ritmo a los demás se manifestó durante toda la subida que se extendió por 30 kms. Luego bajamos seis kms en buena velocidad con él en la punta. Pero seis kms no compensan nunca 30 kms corridos lentos. En el 36 más o menos, comienza un sendero tranquilo que termina en el km 41 en el lago Pirehueico, el mismo de donde todo partió. Veíamos al otro lado las instalaciones portuarias –nombre un tanto grandilocuente el que le doy a un simple muelle-. O sea, para terminar solo faltaba un “costering” (así llamamos la circunvalar o bordear un lago por su orilla). Lo que no podíamos adivinar era la dificultad de ese “costering”. Mucho meterse en el agua hasta la cintura, mucho saltar troncos, mucho subir y bajar, caminar por rocas de formas raras, superficies húmedas. Mucha gente se quejó de esta tramo final diciendo: “Tagle no debió habernos puesto algo tan duro al final de una jornada”. Yo pienso diferente. Para empezar no es Tagle el que pone las dificultades sino Dios o la naturaleza cuando se hizo el mundo, quien las dispuso. Y esto es una carrera de aventura, uno sabe que habrá de todo. Si no le gusta mojarse, saltar troncos, nadar un cachito, agarrarse de algo con las manos y seguir adelante a como de lugar, tal vez debería limitarse a correr en los bosques de Palermo, donde seguro estos obstáculos no se presentan. Finalmente, cabe decir que la organización –Tagle en última instancia- procuró evitar esto pasando por estancias. Pero los terratenientes, con esa soberbia muy propia del que se cree dueño de haciendas como en los tiempos de la colonia, a último momento cambiaron de opinión y negaron el paso. No había por tanto, otra alternativa. Relax, le decía yo a los que estaban al lado mío: disfrutá del paisaje y del baño inesperado.
La tercera y última noche transcurrió en el lugar donde se inició la competencia -o Camp 2-, donde esperamos horas el Ferry para partir. En sus playas se observan las imponentes ruinas de una construcción, que cual ballena encallada yace inerte y sin vida desde hace décadas. Supo ser un importante hotel de 60 habitaciones al que se llegaba en avioneta, tenía pista de aterrizaje propia. Primero se fundió y finalmente un incendio en los noventa terminó con su gloria de principios de siglo XX. Hoy se pueden ver azulejos de distintos colores, paredes cortadas como por un serrucho gigante e impiadoso.
Este año por primera vez, junto con el Cruce de los Andes, el Club de Corredores realizó en paralelo otra competencia de una jornada menos -o sea, dos días de carrera, no tres- llamada “Cham Race”. La idea era utilizar el concepto de “cama caliente”, es decir, que las carpas que nosotros dejábamos libres al abandonar Camp1 eran ocupadas a la noche siguiente por los corredores de la Cham Race sin tener que levantar nada. Pero debido al problema del ferry que narro enseguida, los corredores de la Cham nunca llegaron a Puerto Fuy, o sea, a la orilla occidental del lago Pirehueico.
Aquí fue donde el diablo metió la cola para si no estropear, ciertamente empañar el resultado. El ferry que describí al principio y que trasladó a todos los corredores en tres viajes, era obviamente el mismo que debía retornar nuestros bolsos. Pues se descompuso. La organización apeló a una balsa, mucho menor en capacidad de transporte, pero que probablemente hubiera “salvado las papas”. Pero quiso la ley de Murphy que también se descompusiera. Finalmente recurrieron a todas las lanchas y botes pequeños que cualquier propietario tuviera. Pero llevar 1500 bolsos más los de la organización de esta manera toma muchas horas. Cuando nosotros llegamos encontramos nuestro bolso que arribó en el primer viaje de la balsa chica –y el único que logró hacer-. Como además nosotros llegamos a las dos de la tarde, no pasamos frío alguno por la hora y por disponer de ropa seca. Muy diferente fue la situación de los que hicieron el “costering” a la caída del sol y llegaron para no encontrar su bolso con sus pertenencias, abrigo, bolsa de dormir, medias secas.
Es claro que la solidaridad que une a esta comunidad funcionó a pleno. Todos sacamos todo de nuestros bolsos –y todos llevamos ropa de más- y la compartimos. Pero no alcanzó. Eran más de la mitad de los corredores los que no tenían bolso. Fueron llegando de a poco, algunos lo recibieron recién a las cinco de la mañana del día siguiente. Markus Roessel, la “Máquina Alemana” llegó mucho antes que nosotros, que a su vez estábamos en el diez percentil superior. O sea que hasta su ropa de carrera estaba totalmente seca pese al “costering” cuando llegó el “malón” de corredores. Pues Markus prestó no solo lo que tenía en su bolso, prestó hasta las zapatillas secas que tenía puestas y se quedó hasta la nochecita en ojotas.
Se armaron dos grandes fogones donde los “sin ropas”, como cordialmente denominamos a los desafortunados que no se encontraron con sus bolsos, secaban lo que tenían puesto, compartían su miseria y, no lo dudo, maldecían un poco a la organización. Como en todo fogón argentino que se precie, surgieron melodías de Sui Generis, cuentos, anécdotas. Algunos trataron de dormir en las carpas ya que estas estuvieron siempre disponibles. Tenían ropa, prestada pero ropa el fin. Alguno hasta consiguió colchón, pero muy pocos. Aun así, es difícil dormir en la Patagonia sin bolsa de dormir aún en pleno verano. Uno se despierta cada media hora tiritando de frío.
La organización ofreció estas alternativas a los “sin ropas”: una fue dormir en el piso del comedor de una posada cercana –muy cercana, a media cuadra del campamento- donde había calefacción y hasta baño, baño de veras, no químico. Quien escogió esto hizo la elección acertada. La otra alternativa de que dispusieron fue ser trasladados a San Martín de los Andes (SMA), pernoctar allí en un hotel pago por la organización y volver a la mañana del día siguiente para correr la última jornada. Y aquí surgieron los problemas. SMA dista 47 kms de ripio, algo más de una hora de viaje. A esto súmele el tiempo que toma completar un bus de 42 asientos, el “check in” o registración en el hotel, y a la mañana siguiente todo eso de nuevo. Iban a dormir pocas horas seguro. Pero el diablo continuó haciendo de las suyas. Ahh Satanás, que malo eres. A algunas de las personas que llevaron a SMA no las pasaron a buscar al día siguiente, simplemente alguien se olvidó de hacerlo. A los demás, que habían salido de Chile clandestinamente o sea sin hacer migración (recordemos que entre el campamento y SMA está la frontera, el campamento está en Chile y SMA obviamente en Argentina) los carabineros o los oficiales de migración chilenos les negaron el acceso a Chile a la mañana siguiente, precisamente por no haber dejado el país en condiciones correctas. Se suponía que esto se había hablado con las autoridades del país hermano, pero o no se habló o no se habló con la persona correcta, el hecho es que no los dejaron entrar. Debieron esperar horas en la frontera a que la carrera pasara por allí rumbo a SMA y simplemente sumarse. Es claro que sin competitividad alguna.
Como les dije, nosotros no sufrimos por suerte ninguno de estos avatares. Así que arrancamos bien dormidos, comidos e hidratados lo que yo suponía sería un paseo por el parque. Eran apenas 21,7 kms de camino de ripio para autos, sin desnivel significativo y sombreado todo el tiempo por grandes arboledas. Era para pegarle de una, correrlo en forma. Pero el cansancio de Marcelo se acentuó en esta última jornada. Primero se nos escaparon Vicente y Ruben, luego empezaron a pasarnos “como alambre caído” (argentinismo por “nos pasaron muchos”) equipos de jóvenes pendex inexperientes y claramente en menor forma física que uno. Sabe, yo soy muy competitivo. Yo compito hasta cuando salimos el lunes luego de la carrera a hacer un regenerativo con el grupete, no sé a dónde voy a llegar primero porque esos entrenamientos no tienen destino, pero igual quiero ir primero. Yo compito hasta cuando corro solo alrededor de la Quinta de Olivos, inventándome que cada vuelta la corre un Berni distinto (los llamo Berni1, Berni2, Berni3 y Berni4) Así, pongo a los cuatro Bernis a competir entre sí y cada uno quiere ser el que haga la vuelta más rápida del día. Yo sé que mucha gente corre porque el hacerlo da salud. Otros porque es moda, muchos porque el tener “sport attitude” ayuda con las minas, varios porque aleja los médicos, unos cuantos para gozar de los “astonishing”, deslumbrantes, paisajes patagónicos. Yo corro para ganarle a tantos como pueda. Primero quiero ganarle a todos los conocidos –nada fácil, porque conozco y me conoce media comunidad- luego a los pibes nuevos recién incorporados al deporte. Finalmente, yo quiero ganarle en aventura a Gustavo Reyes y una maratón de calle al mismísimo Haile. En mi cosmogonía, el deporte sin competencia a full, es como el amor sin sexo o el póker sin apostar dinero de veras: una parodia de la vida. “Having said this”, habiendo dicho esto, se dará Ud. cuenta como sentía yo no poder poner cuarta y salir a matar. Pero esta es una carrera de equipos y de a dos se sale y de a dos se llega. Así que me dije, calma Berni, aunque sabía que el segundo puesto en el que estábamos al cabo de la segunda jornada se nos estaba escapando como se le va a uno el mercurio de entre los dedos.
La jornada terminó en el istmo del lago Lacar, de unos veinte metros de ancho y que ya fuera de competencia se atraviesa en lancha. Unos metros más allá, el arco de llegada en un “meadow” (pastizal grande y plano) donde al generoso calor del sol comimos guiso hecho por la gendarmería, brownies, bebimos cerveza y Gatorade y nos dedicamos al único deporte que yo amo tanto o más que correr: charlar con la gente desconocida de cualquier cosa. Franceses, brasileños –un 30 % de los 1400 corredores venían de ese hermoso país, que también es mi patria, una de ellas-, canadienses, uruguayos, obviamente chilenos, mexicanos, venezolanos, colombianos, sudafricanos, norteamericanos y vaya a saber de cuantos otros países, con todos se podía departir mientras se comía en el pastito.
Hora de darle números: Arrancaron 736 equipos de los cuales terminaron la carrera 560. Esto significa un 24 % de abandonos, guarismo alto para una carrera francamente no muy dura como es el Columbia Cruce de los Andes, pero que seguramente se incrementó por el problema de los bolsos y los equipos trasladados a SMA. El 24 % incluye todo, el que abandonó por ese motivo como el que se lesionó. El récord de abandonos lo tenía hasta ahora la edición 2010, en que llovió muchísimo durante dos jornadas y en ese año fue de 20 %.
¿Fue el más difícil de todos los Cruces hasta ahora como dicen varios?  Mire, yo he llegado a la conclusión de que los corredores son como los pescadores. Pescan una mojarrita y la cuentan como un tiburón azul de metro ochenta y 110 kgs. Tal vez haya sido el más largo, pues pasó los 105 km y creo que hasta ahora solo habían tocado los 100 km. Pero si fue el más duro no puedo afirmarlo con contundencia o seguridad.
Nosotros arrancamos en la posición 62 de la general para terminar en la 70, lo que es síntoma de una carrera que no ha sido correctamente corrida. Uno empieza y termina en la misma posición o casi, eso es lo ideal. En nuestra categoría competían 31 equipos y salimos terceros a 57 segundos del segundo y 31 minutos del primero. Hubiéramos podido fácilmente, y lo digo sin “agrandamientos” ni “boasting”, sacarle 20 a 30 mins al primero, pero no pudo ser. Es difícil imaginar que volvamos a tener una oportunidad tan clara de ganar esta carrera pues aunque parezca meritorio haber subido al podio, no lo es tanto. No corrían ninguno de los cuatro equipos que nos ganaron en 2010 y 2011. No corría ninguno de los equipos de veteranos de la que yo considero “the finest” cantera de corredores senior del país. Me refiero al grupo Le Group de MDQ (así llamamos a Mar del Plata, por su acrónimo de uso en aeronáutica). Estos veteranos durante años dominaron el podio de veteranos del Cruce. Sea que se cansaron de ganar o que están encarando otras competencias, este año ni vino ninguno. Por todo esto, la ruta al oro olímpico estaba más expedita que nunca.
Pusimos 14 hs y 52 minutos. Vicente y Ruben un par de minutos menos y también hicieron podio en su categoría –terceros como nosotros-. Markus obviamente llegó mucho antes y Pepe Mostaza, pese a su esquince completó la carrera, algo realmente increíble. Ganaron la carrera Gustavo Reyes (por tercera vez consecutiva) con Nelson Ortega con 9.25.22. En mixtos ganaron John Tidd y Luciana Moretti. John es un gran corredor norteamericano – uruguayo que en diciembre le ganó La Misión a Reyes. Tuve oportunidad de conocerlo en esta carrera y de agradecerle que haya elegido la bandera de mi país natal para correr pues difícilmente tendremos nunca en el paisito alguien con su talento para carreras de aventura.
Y aquí terminan estas líneas, pues poco más tengo para decirle. En una par de meses viajo a Marruecos a correr la “Marathon des Sables”. Nos veremos –o mejor dicho me leerá- a mi retorno. Mientras tanto, siga haciendo lo que dice el lema de la compañía patrocinadora del Cruce de los Andes (Columbia) y que refleja mucho más mi forma de entender la vida y el deporte que los lemas de Adidas (“Impossible is nothing) o de Nike (“Just do it”).
Try
Try often
Try harder
Try again